Dormir, soñar, vivir

 In Jorge Valencia Munguía

Jorge Valencia*

Dormir es una actividad reparadora. Compensa el desgaste de la jornada: el estrés, el fastidio. Cuando dormimos, nuestras funciones (excepto las esenciales como la cerebral, la respiratoria, cardiovascular…) permanecen en estado de latencia. Nos olvidamos del mundo y su vorágine. Suspendemos la conciencia con el propósito de recuperar la energía y el ánimo. Recargamos “pila”. Nuestras células se reactivan. La incorporación al mundo se renueva.
Los que de esto saben, dicen que nuestra identidad se define por la forma (y cantidad de horas) en que dormimos: con la cara al techo o de lado; en posición fetal o bocabajo. Cinco horas o diez. Idealistas y pragmáticos, osados y temerosos, todos soñamos, lo recordemos o no. Ahí, durante el sueño, somos los protagonistas de las historias. Buenas o malas, felices o angustiosas. El despertador nos vuelve a la realidad, donde sólo somos un conjunto de átomos del universo. Personajes secundarios de la civilización. Seres vivos sin medallas.
Todos los mamíferos soñamos. Quizá se trate de una de nuestras ventajas en la selección natural. Cuando soñamos, experimentamos situaciones inconscientes sin saber que lo son. El que sueña “vive” una realidad que cree real. Es, de hecho, real. Como el piloto de aviones aprende a volar en simuladores, el que sueña aprende cosas que en la vida le resultarán imprescindibles: huir de un depredador, la gacela; soportar al jefe, el oficinista… Se trata de experiencias que constituyen anécdotas oníricas y nos preparan para la eficiencia existencial. Soñar nos hace más aptos para la supervivencia. Lo vivido en el mundo de los sueños también es parte de la memoria que nos identifica. Es decir, nos construye una identidad. Hay quien sueña que vuela, que lucha con fantasmas, que ama a quien no debe… Soñar es un acto de catarsis: libera nuestras pasiones, como en la tragedia griega. En ese trance somos (y hacemos) lo que no nos atrevemos en la vigilia. Nos capacita para enfrentar la adversidad.
A veces, soñar es un acto premonitorio. Nos advierte de situaciones que ocurrirán. Dios habla a los profetas a través de los sueños, como lo comprueba el Antiguo Testamento. Freud categorizó la experiencia simbólica del trance. Sus teorías explican quiénes somos a partir de nuestros anhelos.
A veces, inspira la producción estética. Se sabe de artistas que basan su creación literaria, plástica o musical en situaciones oníricas. El surrealismo hizo de esta aventura una metodología. La poesía demuestra la cercanía entre el sueño y las emociones. El arte da cuenta de esas ambiciones y temores.
Dormir y soñar también forman parte de la vida. Lo que somos; lo que no y deseamos. El sueño es la mejor y la peor parte de la vida. Nos muestra con transparencia y sin inhibiciones. Si pudiéramos recordarlo, sabríamos con exactitud quiénes somos.

*Director académico del Colegio SuBiré. jvalencia@subire.mx

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