Domingo negro
Jorge Valencia*
En unos cuantos años, los mexicanos hemos vivido la experiencia de la reclusión domiciliaria debido a las dos amenazas de muerte más poderosas que nos aquejan: la pandemia y el homicidio.
Los medios de comunicación difundieron el domingo 22 la información que la población civil ya sabía parcialmente. Que los líderes de la delincuencia organizada iban a ser aprehendidos. Nadie sabía cuándo ni cómo, pero todos lo esperábamos.
El presidente de los Estados Unidos (Donald Trump) ha puesto como condición de una buena vecindad la obediencia del gobierno mexicano con respecto al freno del trasiego de drogas.
Era cuestión de tiempo que el más poderoso cabecilla fuera ofrecido a la justicia estadounidense como un acto de colaboración y eficiencia.
El domingo negro, los grupos delincuenciales usaron la violencia como forma de expresión y las corporaciones de seguridad a cargo del Estado hicieron lo que pudieron para contenerla. Es decir, poco. Trescientos incidentes ocurrieron en Jalisco. Despojo e incendio de automóviles y de tiendas, a los cuales se sumó la rapiña perpetrada por los oportunistas.
En un país donde la integridad consiste en definir cuántos días hay que permanecer encerrados en casa, se confirma que algo no marcha bien. El hampa determina nuestras libertades y el virus, como dos caras del mismo pecado, invita al aislamiento y al miedo.
¿En qué momento asistir a la escuela se convirtió en un acto de vida o muerte?
Los niños y los maestros agradecieron los días libres como un premio a su resiliencia inconsciente. La educación virtual activó sus falencias. Aprender en pantuflas tiene sus contraindicaciones.
Bajo el criterio del sentido común, los líderes del narcotráfico hacen carrera en la delincuencia con el contubernio de quienes tienen la autoridad para no ver. En un pueblo, todos saben quiénes son y dónde viven. Excepto los policías y sus jefes, con conciencia selectiva.
El crimen define las reglas de convivencia y los estratos de la sociedad al punto de fomentar entre la población, como estrategia de supervivencia, el anonimato. Mejor no comprar coche. Mejor ser discreto. Mejor desconocer al vecino.
El domingo “negro” nos volvió a recordar que la seguridad depende de la sociedad civil, y que lo mejor es esconder la cabeza. Y rezar para que una bala perdida no nos la encuentre.
*Director académico del Colegio SuBiré. jvalencia@subire.mx