Divorcio

 In Jorge Valencia Munguía

Jorge Valencia*

El divorcio es el reconocimiento de una equivocación.
En una época influenciada por Marga López, el divorcio era un estigma que se procuraba evitar a toda costa. Aunque ello significara convivir bajo las formas de la aversión y el fingimiento. “Por los hijos”, casi siempre la mujer era capaz de aguantar cualquier ultraje. Y el marido, mantener dos casas con dos caras y vástagos cultivados con culpa y mentiras. El “bastardo” fue el resumen ignominioso que pagó el tabú social con su propia inocencia.
Como una maldición, la familia vivía el desdoro con lástima:

—Es hijo de divorciados —solía decirse. Motivo suficiente para obtener 8 en la escuela (en rigor merecería 5) y el azúcar fiada en la tienda de la esquina.

Especialmente las mujeres divorciadas eran blanco de inmoralidad que motivaba la lujuria de cualquier aventurero. Los hombres, en cambio, sólo eran víctimas con el derecho para rehacer su vida. “El pobre es divorciado”…
A partir del cine a color, el divorcio dejó de ser motivo de vergüenza. Se asumió como una posibilidad —quizá no la ideal, pero plausible en ciertas situaciones— que provocaba una anécdota, una explicación breve o una consideración menor: “me salió borracho” o “la encontré con mi mejor amigo”. Eso era suficiente.
Hoy día, en cambio, divorciarse es una costumbre común. Los cónyuges que tienen claramente asumidas sus prioridades llegan a acuerdos que facilitan la separación con la subsecuente atención a los hijos. Quienes no, pagan abogados que alegan toda clase de perversiones para beneficiarse del caudal económico o transigir con la patria potestad. El divorcio se convierte en una guerra mínima que mide la cantidad del rencor. Ahí sí, los infantes (etimológicamente “los que no hablan”), los que no opinan, terminan convertidos en moneda de cambio.
En su infinita sabiduría, los legisladores de nuestro estado han propuesto regular el matrimonio de modo que se contemple su vigencia: las nupcias podrían celebrarse a sabiendas de que, después de un lapso pactado, automáticamente ocurriría el divorcio. El matrimonio, considerado como un contrato cualquiera, ahorraría pleito, desgaste familiar y sorpresas. El amor, supeditado a un acuerdo legal.
La moral, entendida como el conjunto de las costumbres, se adapta y define por la sociedad de un tiempo y espacio. Puede que el amor un día se convierta en una experiencia efímera (tal vez ya lo sea), como ir al cine o adquirir unos pantalones. Decidir con antelación el tiempo que ha de durar el amor podrá prevenir a los amantes del peligro de la compasión, la atracción, el respeto…, facetas adheridas a lo que entendemos aún por amor, y que convierten a los amantes en uno solo, donde dar es recibir y querer es ser querido. Será un mundo sin literatura, sin sueños (pura vigilia), ni posibilidad de equivocarse. Es decir, sin libertad.

*Director académico del Colegio SuBiré. jvalencia@subire.mx

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