Derechos

 en Jorge Valencia Munguía

Jorge Valencia*

Antes del siglo XVIII, a nadie se le ocurrió que las personas tuvieran derechos. Los principios que fomentaron las revoluciones liberales, encabezadas por Francia y los Estados Unidos, luego los países hispanoamericanos, replantearon la manera como las sociedades se estructuran y organizan. Declararon la dignidad de lo que por esencia somos.
En México, el Movimiento del 68 dejó claro el punto de vista de los gobernantes. No es sino hasta la democratización de los procesos sociales de hace menos de 20 años que las minorías han encontrado la forma de manifestar sus posiciones. También tienen derecho a existir los que no poseen etiquetas colectivas. Es irónico que el primer gobierno de izquierda de la era reciente –tal vez el único– encuentre una oposición tan radical. O que no sepa concertar los intereses de los distintos frentes.
Influyen los medios digitales. El internet ha permitido que todos opinen. A través de la red, hasta el más solitario encuentra un grupo que lo dota de identidad y enarbola una causa que amerita la exposición de un argumento. A veces, con encono. Lo malo de la escritura es que permanece. Lo bueno del internet es que a nadie le importa.
Que las mujeres se manifiesten contra la violencia masculina es una actitud no sólo plausible sino necesaria. Con mayor razón si es infligida por las fuerzas públicas. El medievo debió superarse hace mucho.
Lo preocupante está en el ejercicio de la violencia como protesta en contra de la violencia misma. Se trata de contar un chiste para negar la posibilidad de la risa. Una sociedad donde las opiniones se defienden a balazos es una sociedad sin fundamentos: lo que no promueve respeto no es justificable. La agresión es el último recurso y las mujeres como género acaso estén en la raya.
El panorama mexicano no es halagüeño. Ofrece guerras intestinas contra la delincuencia, la miseria, la ignorancia, la inequidad, la falta real de democracia. Cada quién su batallón y trinchera. El foro de los cocolazos es la calle: la fachada de una casa y el cristal de un negocio. El niño que se come una hamburguesa y el transeúnte que acude al trabajo. Nadie escapa de la posibilidad de un petardo en aras de la justicia.
No parece haber consensos ni nadie que lidere el diálogo. Vivimos bajo fuego cruzado. A expensas del que grite más fuerte, el que tenga más dinero, el que meta más goles. Sociedad sin rumbo ni horizonte, andamos patas arriba, como pollos descabezados. Todos protestan. Todos se enojan. Todos pintan la pared de su preferencia. No importa que esa pared sea una casa, un monumento, un cuerpo tendido por otra reyerta.

*Director académico del Colegio SuBiré. jvalenci@subire.mx

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