De parentalidades, hijos y la pérdida del orgullo familiar

 en Marco Antonio González

Marco Antonio González Villa*

La educación, en su sentido más amplio, implica la formación de un individuo mediada por diferentes actores de la cultura que dotan de una serie de significaciones que le permiten aprender, asimilar y aplicar códigos y patrones de comportamiento y lingüísticos para interactuar con otros dentro de una sociedad de una manera adecuada y pertinente.
Obviamente, serán el padre y la madre los primeros encargados y responsables de llevar a cabo dicha función, dado que ellos representan la mejor opción dado el vínculo primario a nivel biológico, pero sobre todo afectivo que existe entre ellos.
Lamentablemente, los últimos años han empezado a marcar una tendencia en la que observamos que este lazo social, la familia, es cada vez más frágil, ha empezado a romperse e incluso, en muchos casos ni siquiera se tiende o se construye para unir a dos partes. La familia, el apellido, son significaciones que empiezan a perder sentido y valor, lo que resulta en no considerarlos como elementos o factores motivacionales.
Es evidente que podemos seguir encontrando historias de vida en las cuales padres, madres, hijos o hijas realizan un sinfín de acciones teniendo siempre en mente que nada les gustaría más que los demás miembros de su familia pudieran sentirse orgullosos de lo que hacen, que alguien pueda valorar su esfuerzo y apreciar sus logros, pero, sobre todo, hacerles saber que cada uno de ellos se encontraban detrás de su actuar, como una fuente de inspiración. Esto ha dado pie a películas, canciones, poemas, historias, mitos y narraciones que hemos compartido a través de la palabra hablada o escrita, que buscan no sólo dar testimonio de la vida destacable, real o ficticia, de una persona, sino también mostrar un ejemplo y un polo de identificación para que muchos quieran emular sus pasos.
Sin embargo, lejos de estas historias que nos sensibilizan y nos pueden llevar a ser alguien mejor, queda claro que cada vez es menos importante ser un orgullo para la familia. El incremento de la criminalidad, de la delincuencia, de las violaciones, de los asesinatos y del uso irracional e injustificado de la violencia hacia otros deja en claro que hay personas para las que ser un orgullo y ejemplo para sus hijos o ser un orgullo para su padre y/o madre y poner en alto su nombre, no es significativo o importante, por lo que, evidentemente, como ya señalé, ese vínculo está roto.
Puede leerse reduccionista o limitada mi visión, sin embargo, puede plantearse como hipótesis que el fortalecimiento del vínculo familiar podría disminuir la manifestación de conductas inapropiadas para una persona y la sociedad, ya que tendríamos un actuar y desempeño social afectivo, pensando en que los que amamos se sientan orgullosos de nosotros. Es un fundamento ético ¿no?

*Maestro en Educación. Profesor de la Facultad de Estudios Superiores Iztacala. antonio.gonzalez@ired.unam.mx

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