De balnearios
Jorge Valencia*
Los balnearios tienen el sello socioeconómico de los que no alcanzan a pagar unas vacaciones completas. El descanso se reduce a un solo domingo; la exclusividad, a un tiempo exhaustivamente compartido.
No hace falta comprar un boleto de avión ni de autobús para disfrutar de sus encantos. El costo es módico; proporcional a la saturación de los usuarios.
Entre la muchedumbre que disfruta el paraíso de entrada por salida, lo único que está prohibido de facto consiste en meterse a la alberca con zapatos de calle. Lo demás se tolera. A diferencia de los destinos turísticos reputados, los balnearios no exigen cuerpos esculpidos por cirujanos o modelados por abrumadores horarios en el gimnasio. Se admite a la abuelita con camiseta del Atlas, lo mismo que al burócrata orgulloso del perseverante consumo de garnachas. Se ejerce la democracia del cuerpo y se exhibe la libertad de los excesos.
Las puertas de los balnearios se abren como una recompensa de consolación. Aunque hay quienes lo intentan, los asistentes no pretenden un bronceado para la presunción ni las miradas de lujuria de los voyeristas. Van para refrescarse con la inmersión en el agua clorada y deglutir el afecto con sus cercanos. Se repiten los sándwiches, el pollo frito en cubeta y la comida fría resbalada con el gas de los refrescos puntuales.
Unos a otros se miran con la fraternidad de una logia. Se ayudan para trepar y bajar del tobogán y se comparten más que una tostada: la resignación existencial. “Nomás alcanzó para esto”.
Los tempraneros apartan pedazos de pasto seco para tender toallas con desvarío (unas azules, otras chicas, ya raídas) o así nomás, sobre el pasto.
Los balnearios dan fe de la civilización. “Esto es lo que somos”, declaran entre bocinas multiplicadas y pañales a medio desechar. Entre envases de plástico y restos de comida orgánica que criaturas diversas reciclan en vilo: perros furtivos, gusanos rastreros, moscas, pájaros bravos… El ser humano se divierte, descansa, se declara abolido del trabajo, se solaza en compañía y se reconoce y dimensiona. Son los seres libres. Sin prejuicios ni más obligación que la risa. Con derecho para el ocio y obligación para volver a casa.
El regreso tiene la incomodidad de un coche compacto y el traje de baño húmedo. La migraña de la abuela y el romance inconcluso de la hija menor perpetrado contra un mancebo anónimo, afecto a la Corona y partidario de Bad Bunny.
El balneario perdura como un recuerdo colectivo. Es la memoria de todos: una excepción de la rutina y una intención de felicidad con límite. Se trata de un ritual de placer restringido, hacinado, fugaz.
*Director académico del Colegio SuBiré. jvalencia@subire.mx
Tal cual.