Convivencia, reto para la educación

 In Miguel Bazdresch Parada

Miguel Bazdresch Parada*

Iván Illich en su libro “La sociedad desescolarizada” (1) propone:

“La educación universal por medio de la escolarización no es factible. No sería más factible si se la intentara mediante instituciones alternativas construidas según el estilo de las escuelas actuales. Ni unas nuevas actitudes de los maestros hacia sus alumnos, ni la proliferación de nuevas herramientas y métodos físicos o mentales (en el aula o en el dormitorio), ni, finalmente, el intento de ampliar la responsabilidad del pedagogo hasta que englobe las vidas completas de sus alumnos dará por resultado la educación universal” (1985, p. 5).

Illich había llegado a la convicción de que la institución escolar no podría, con la estructura conocida desde el siglo XIX, ofrecer a las personas de cualquier sociedad una formación con la cual “liberarse” de la economía moderna que los condenaba a trabajar toda su vida sin posibilidades de modificar su estatus. Esa situación impedía una sociedad convivencial, pues escindía a la sociedad en grupos antagónicos o al menos impenetrables.
En estos últimos meses, las noticias del acontecer mexicano y de otros países se leen, sienten y escuchan llenas de actos o sucesos violentos en diversos campos. Guerra territorial por ganar el control del subsuelo entre Ucrania y Rusia. Guerra de exterminio de Israel contra Palestina. Amenazas entre Estados Unidos y Dinamarca por Groenlandia. Guerra no declarada así contra los grupos traficantes de estupefacientes, frente al gobierno mexicano. Guerra disfrazada contra los migrantes llegados a Estados Unidos, atrapados, enjaulados, apartados de su familia, regresados a sus países o al país hacia el cual haya un vuelo de avión disponible. El trato y el maltrato para con los migrantes y sus familias es denigrante. Lejos de cualquier atisbo de convivencia.
Ante esta situación es común voltear a ver a la escuela. ¿Qué pasa en la escuela? ¿Por qué los estudiantes no aprenden a convivir? Ante la situación social, de pronto se quiere que la escuela resuelva el problema de la sociedad. De hecho, se demanda de la autoridad la enseñanza de los contenidos necesarios para que los estudiantes sepan respetar, no se golpeen, no se insulten o se pongan trampas. Incluso se piden castigos ejemplares para los estudiantes “violentos”, incluso la expulsión del estudiante. Al mismo tiempo, se instruye a los maestros a dar una clase de una hora a la semana con base en material de la Secretaría de Educación Pública en el cual se habla de las virtudes, de las bondades de tener amigos, de cómo tratar a un compañero violento con los demás… y un buen de material para tratar el tema. Sin embargo, el problema no se acaba.
La situación del convivir en la escuela es sólo una consecuencia de la situación del convivir en las sociedades de hoy. Convivir no es fácil ni en la escuela ni en la sociedad. De ahí la importancia de aprender a convivir en la casa paterno/materna, en la cual los niños y niñas desde muy temprana edad viven en medio de un grupo con actividades, ritos, gestos, deseos y frustraciones, todo lo que la vida humana es y puede ser. A veces con conductas violentas física y psicológicamente, a veces con cariños inefables. Los escolares convivirán en la escuela tal y como lo aprendieron en la casa y en la sociedad que la rodea.
De ahí, de la violencia casera, por breve o leve que sea, y de la violencia del ámbito social que lo rodea, el/la infante y aun los jóvenes aprenden a conseguir lo que quieren con gritos, manotazos, reprimendas, castigos, las amenazas y la manipulación. Y lo grave e interesante de esa violencia casera y social es que es posible aprender a rechazarla y movernos a otros modos, pues la violencia solo da frutos temporales y casi instantáneos, de modo que ahí en lo efímero de la satisfacción violenta está la posibilidad de aprender a encontrar en el respeto, la colaboración, el cuidado, el trabajo conjunto, el logro común y más… una nueva posibilidad: tratarnos, oírnos, aceptar las diferencias sin rechazarlas; aceptar la colaboración y los conocimientos de otros como fuente de ayuda a mis retos. ¿Ilusión? Quizá.
De lo anterior, la importancia del trabajo de Jacques Delors titulado “La educación es un tesoro”. Elaboró cuatro propuestas para fortalecer la tarea educativa con cuatro aprendizajes. Uno de esos es, justo, “Aprender a vivir juntos”.
La idea principal es vivir juntos. Implica descubrir al otro para relacionarme con él y cuya condición de posibilidad es descubrirme a mí mismo, primero. La episteme de este pensar asume al ser humano como un misterio, el cual sólo el mismo ser humano puede revelar en la medida de ser capaz de identificarlo, mediante procesos autoemprendidos o iniciados y mantenidos con ayudas de sus próximos. Con esta base, vivir juntos no es cercanía física, sino capacidad de comprender al otro como otro, y así se puede coincidir en modos de ser o se puede discrepar y en ninguna de las dos hipótesis habrá ruptura, sino convivencia en la diferencia. Desde luego, implica esfuerzo y descubrir lo insólito y aun cualidades propias necesitadas de apropiación por el ser de cada uno, para construir un modo de ser humano, convivencial.
De ahí aprender a vivir juntos, a convivir, sea una tarea educable e interminable del educador y, desde luego, del estudiante.

(1) Biblioteca anarquista anti-copyright. México, 1985.

*Doctor en Filosofía de la Educación. Profesor emérito del Instituto Superior de Estudios Superiores de Occidente (ITESO). mbazdres@iteso.mx

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