Buscadores

 In Jorge Valencia Munguía

Jorge Valencia*

El oficio de muchos mexicanos (cada vez más) consiste en buscar cuerpos. Padres de familia, abuelos y hermanos, cónyuges y amigos combinan su trabajo remunerado con el de rastreadores de cadáveres.
Los inexpertos acuden en primer lugar a las autoridades. Dan santo y seña, lugares y fechas que se atenúan por la frialdad de los formatos oficiales y la voluntad de los funcionarios.
La celeridad es la antítesis de lo que se obtiene. A la incertidumbre y la pena, los familiares y amigos deben incluir el enojo, el asombro, la desilusión. Los servidores públicos poseen relojes donde el tiempo transita más despacio. Tal vez su genética esté alineada con la gravedad de un planeta foráneo a la Vía Láctea. Por eso su mala leche. Antes de firmar de recibido el oficio para formalizar el expediente de un desaparecido, los burócratas con resiliencia intergaláctica se despachan una torta ahogada. Eructan en público, se asean las axilas en el baño.
Cuando por fin reciben la carpeta, la colocan detrás de una pila de expedientes que quiebra la esperanza de los más crédulos. Esto se confirma al paso de los días (terrestres), el cambio de las estaciones y los sexenios. Los desaparecidos nunca existieron, dicen las autoridades calderonianas: los deudos los soñaron.
Los familiares y amigos se acostumbran a la ausencia de su ser querido (aprenden poco a poco otra vez a sonreír) antes de recibir una noticia. Funesta o no, cualquier noticia.
Entonces, saben que conformamos un país construido de una madera en la que hay que rascar con las propias uñas.
Se convierten en padres (o hijos, hermanos, cónyuges o amigos…) “buscadores”.
Los buscadores de cuerpos aguzan sus oídos a los secretos. Oyen pistas. Olfatean. Alguien les confiesa un sitio al que acuden con fotos de sus hijos (o hermanos, cónyuges, tíos…), una pala y uñas fuertes. Rascan la tierra, rezan. A veces encuentran un zapato, una credencial, una mochila a medio abrir. Buscan en baldíos, en patios de casas aún habitadas, en el estacionamiento de la propia Fiscalía de Nayarit. En cementerios, carreteras, parques…
Los buscadores se agrupan. Se comparten información, lloran en corro, renuevan y vuelven a perder la esperanza.
Nuestro suelo es suelo fertilizado con ilusiones. Con sueños truncados, corazones en sacrificio. Lo único que tenemos es la memoria persistente y la amenaza de olvido como una obsidiana sin ritual. Una vuelta a la barbarie.

*Director académico del Colegio SuBiré. jvalencia@subire.mx

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