Borrando la mirada de un niño: El desafortunado adulteramiento

 In Marco Antonio González

Marco Antonio González Villa*

¿A qué edad debe un niño perder la inocencia?, ¿hay algo inadecuado, inapropiado, malo en la inocencia? Freire señalaba que eran papá y mamá quienes enseñaban a un niño a leer, ya que la primera lectura que hacemos, cuando niños, es la de la realidad, la del mundo y ahí los padres son determinantes, ya que transmiten y comparten sus propias significaciones y cada infante se las apropia por amor, por confianza o porque no tiene más opciones.
Ocurre entonces un proceso de adulteramiento, de verlo como adulto dirían Piaget y seguidores en un interesante juego de palabras, imponiendo la forma de ver todo como lo hace el mayor y borrando poco a poco la infantil forma de entenderlo.
El niño, en la visión psicoanalítica, tardará entre 2 y 3 años en entender, a base de frustraciones y regaños, que el mundo tiene reglas, que deben cumplirse para que podamos convivir y así empieza, al llegar a la escuela, a convivir con otros niños compartiendo juegos, momentos, pero también aquellas significaciones que les cargaron en su mochila para ir a la escuela.
Y poco a poco, entre los aprendizajes, su crecimiento y la maduración paulatina de sus habilidades cognitivas, va descubriendo que los adultos mienten y que los ejemplos que damos se contraponen y no ayudan en nada a lo que según inculcamos. Aquellos que fueron a iglesias les hablaron de un mundo moral, que ayudaba en su educación, pero también su papel se ha ido diluyendo.
Y con la soberbia característica del adulto ante el infante, el primero decide qué enseñarle y cómo guiarlo, sin tomarlo en cuenta: por eso cuenta más la calidad que la cantidad de tiempo con los hijos, para justificar el no dedicarles tiempo; por eso actividades deportivas y artísticas que muchos menores aman sólo merecen pocas horas en los planes de estudio; por eso no hay regulación de las caricaturas o contenidos a los que tienen acceso los menores en la TV o en algún dispositivo, porque lo que importa es lo que se gana por el tiempo de vistas; por eso tenemos a soldados matando a niños o a sus padres por motivos banales de adultos; por eso tenemos adolescentes de secundaria y preparatoria drogándose, teniendo relaciones sexuales irresponsables y agrediéndose física y psicológicamente unos a otros, sin consecuencias para quienes debían cuidarlos, porque finalmente lo logramos: adulteramos su forma de ver el mundo cada vez en etapas más tempranas.
El niño en su mundo juega, perdona, tiene esperanza, remordimiento y no hay en él discriminación, racismo, clasismo, desigualdad; eso se lo inculcan los adultos. El niño miente por compartir su mundo de fantasía o por evitar un castigo; el adulto lo hace por egoísmo. El niño aprende que ser el mejor académicamente en la escuela o el que corre más rápido o el que destaca en un deporte o bailando o con alguna cualidad artística destacará y tendrá reconocimiento en la escuela y en la familia, pero el adulto le muestra que eso no le alcanza en la vida “real”, en la vida construida por el adulto.
Pero una vez perdida la inocencia ésta ya no vuelve ni se recupera, así que en un mundo de adultos nada inocentes e incapaces de ver el mundo como podría verlo un niño ¿lograremos cambiar la sociedad educando a las nuevas generaciones? Sé que esto se lee mal, pero no seamos inocentes, cada vez se ve más difícil. La mirada infantil tiene cada vez menos duración, ¿no?

*Doctor en Educación. Profesor de la Facultad de Estudios Superiores Iztacala. antonio.gonzalez@ired.unam.mx

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