Bienestar docente
Miguel Bazdresch Parada*
Es común escuchar en el medio educativo la expresión “el malestar docente se ha incrementado”, pues los maestros y las maestras han quedado “atrapados/as” entre una idea valiosa, tal como es vincular la docencia con la comunidad humana referente de los estudiantes, y aprender la cultura universal contenida en libros, en las historias y los saberes de las personas.
La vinculación con la comunidad y sus prácticas, que revelan sus saberes, es una manera de lograr aprendizajes no sólo desde un saber libresco del estudiante, sino desde la disposición e interés por recuperar y vivenciar la vida de las comunidades. Así, los estudiantes reciben un poderoso aviso de “la comunidad en la cual vives y participas posee una cultura de aprendizaje valioso, útil y democrático” y, a la vez, una propuesta de aprendizaje mediante el proceso de recuperar el modo de pensar y hacer de la comunidad, sea por detectar las necesidades con las cuales vive esa comunidad y el disponerse a colaborar con la comunidad en la mejora de esas situaciones.
Sin duda, se ha producido una tensión entre la didáctica, reina durante muchos años, propuesta en los libros de texto, cuyo contenido dirige las actividades y tareas de los estudiantes, sostenidas en los programas de las materias con los cuales los maestros tenían una guía para su quehacer cotidiano; y el modo nuevo propuesto de aprender a partir del conocimiento de los estudiantes de las características de su comunidad, con el cual los estudiantes tienen un doble reto: comprender el saber comunitario y construir una contribución a la comunidad desde sus saberes.
El nuevo modo tiene un enfrentamiento con el anterior, pues la problemática comunitaria no guarda una lógica de trabajar con temas, sino una lógica narrativa. Y claro, si el docente no ha aprendido a aprovechar una situación descriptiva, real y vivencial, para construir preguntas y reconocer lo que la comunidad ya “sabe”.
Es la diferencia entre conocer una lección con el maestro en la escuela, con pizarrón y libro de texto, frente a una situación de vida, naturalmente compartida por los miembros de una comunidad cuando se les pregunta por sus intereses, sus luchas, sus logros y sus fracasos, sus necesidades y sus posibilidades. Lo primero ya tiene un arreglo de quienes deciden; lo segundo tiene el contenido, el orden, la urgencia y la importancia que le dan los protagonistas miembros de la comunidad.
En este segundo modo es “natural” el malestar del docente, pues cómo le costará trabajo relacionar una problemática popular con una clase de biología o de historia. ¿Qué y cómo se aprende si se utiliza el libro de texto como instrumento central? Cualquier maestro normalista nos lo puede decir sin mirar nada. Lo aprendió y lo sabe hacer, y reconocer cuándo se logró el aprendizaje y cuándo no.
¿Y qué y cómo se aprende con la problemática de una comunidad, expuesta con la base de la vivencia de los propios miembros de esa comunidad? Bueno, los maestros pueden recurrir al muy antiguo método del “Desarrollo de la Comunidad” Técnica y espíritu”, construido por la Organización de las Naciones Unidas; a la propuesta de “Promoción Popular” creada y divulgada por la organización Desarrollo Social para América Latina (DESAL); a la “metodología dialéctica” asociada a las propuestas de los grupos de la Teología de la Liberación y la corriente de la “Educación Popular” y veinte métodos más. Todos basados en “escuchar a la comunidad, reconocer las causas, organizar la comunidad para reducir las causas y, al fin, organizar la acción de la comunidad para buscar, decidir y actuar su propio camino”.
No es algo desconocido para los mexicanos. Las mil y una fallas de los servicios públicos permiten aprender que tales fallas no se resuelven por la eficiencia de los organismos públicos (pagados con los impuestos), sino por la protesta a ratos callejera, a ratos en las mismas oficinas responsables, de parte de los ciudadanos cansados de recurrir a los sistemas de quejas, cuanto más grandes, más inútiles.
Y los maestros no están para ser promotores de la comunidad; están para ayudar a los estudiantes a conocer las ciencias y las letras creadas por la humanidad para conocer y vivir en este mundo, conocer y vivir en grupos sociales, conocer aquello aún no resuelto por el saber y, quizá, estudiar para encontrar solución. Todo eso, sí, puede ser ayudado por el libro de texto, aunque es obvio lo insuficiente que resulta cuando aprender implica conocer la comunidad y su vida práctica.
Sí. Hoy está extendido el malestar docente. Por eso es conveniente encontrar las causas y eliminarlas, no con medidas retrógradas, sino con propuestas de mejora, de aceptación del estudiante como responsable de aprender y del maestro como ayudante importante para que no fracase en el intento. Metodologías activas, sí. Estudiar problemas de la comunidad, sí. Libros, todos los posibles: papel, electrónicos e inteligentes. Bienestar docente, sí. Tareas de largo plazo y a iniciarlas ayer.
*Doctor en Filosofía de la Educación. Profesor emérito del Instituto Superior de Estudios Superiores de Occidente (ITESO). mbazdres@iteso.mx
“Y los maestros no están para ser promotores de la comunidad…” ¿No? ¿Entonces los saberes que son propiciados por el maestro…dónde y para qué serán aplicados por el alumno?¿Entonces la escuela no está orientada a las necesidades de la comunidad?…