Ayotzinapa y 2 de octubre: luto y falta de empatía
Marco Antonio González Villa*
La mayoría de los psicólogos, así como muchos profesionales vinculados a la salud emocional, han señalado que el dolor más profundo e intenso que puede sufrir un ser humano es la pérdida de un hijo: el argumento biológico podría ser el más simple para explicar esto, pero es desde una explicación y justificación emocional que esta idea cobra mayor sentido.
Un, una joven o adolescente, estadísticamente sólo pueden morir antes que su padre o madre si sufren algún tipo de enfermedad o en algún accidente; otros más perecerán producto de un encuentro desafortunado con criminales inhumanos, que no tienen ningún tipo de respeto por la vida de los demás. En estos casos se presenta siempre una sensación de impotencia y de injusticia que no se borra y en muchos casos no logra obtener descanso o resignación.
La situación es aún más difícil de entender cuando una persona o institución, responsables de velar por los derechos y el cuidado de las personas, se encuentran directamente involucradas con el filicidio, miembros de nuestra patria.
Nuevamente en estos días conmemoramos la desaparición forzada de los 43 estudiantes de Ayotzinapa en septiembre de 2014, así como a los estudiantes asesinados en la Plaza de las Tres Culturas aquel 2 de octubre de 1968, que no encontró ningún responsable, momentos que han dejado una herida en el país y en cada uno de los familiares de las víctimas; en esas fechas se llevan a cabo marchas donde sigue habiendo señalamientos y se sigue exigiendo justicia, pero nadie parece escuchar estos reclamos; tal parece que cuando existen evidencias de intervención del gobierno en actos criminales, nadie pagará como sería justo por estos crímenes: algunas autoridades fueron apresadas, pocas, pero sigue sin esclarecerse lo que pasó en realidad en ambas fechas, por lo que una fuerte incertidumbre e intranquilidad se hace presente en las familias. No saber coloca a las personas en un limbo y en un lugar entre las falsas esperanzas y las peores expectativas, tal como están viviendo aún madres y padres de los desaparecidos de Ayotzinapa; el saber da certeza, por eso alargar la promesa de justicia y de búsqueda evita comprometerse con la verdad, con la responsabilidad, pero, sobre todo, con la no aplicación de la justicia; es cómodo y cobarde a la vez. Políticamente se gana tiempo, mientras que para las familias sólo hay pérdidas.
Ha habido una total falta de empatía ante el luto y el dolor de cada padre y/o madre que perdió un hijo en esos días lamentables. Podemos asumir que esta lejanía que se toma con aquel que sufre es porque no se ha experimentado ese dolor; los grupos privilegiados cuentan, regularmente, con estructuras y personal de protección que hacen intocables a sus hijos; no vivirán ese limbo nunca.
La muerte de un hijo, como referí, es sumamente dolorosa, pero si esa muerte es de alguien que no es hijo de alguien social, económica o políticamente importante, entonces se minimiza su impacto y el valor que se le da: la empatía difícilmente se da de una figura posicionada en lo alto con una persona que se encuentra en estratos inferiores. ¿Acaso su duelo o su luto es menos doloroso? No, sólo se evita la empatía con ellos, de ahí el silencio, el encubrimiento, la mentira y con ello la injusticia; al final sólo queda un alejamiento y una insensibilidad que seguirá por mucho tiempo: las calles se seguirán llenando de personas y de demandas, pero no de respuestas y soluciones. ¿Aún habría incertidumbre o impunidad si un hijo muerto hubiera tenido linaje político? No lo creo.
*Doctor en Educación. Profesor de la Facultad de Estudios Superiores Iztacala. antonio.gonzalez@ired.unam.mx