Autoaprender una fuerza por descubrir

 en Miguel Bazdresch Parada

Miguel Bazdresch Parada*

Ante las nuevas situaciones educativas provocadas por la pandemia, surgen preguntas entre los diversos actores en el mundo educativo. Se pueden redactar de diversos modos. Una propuesta es: ¿estamos ante el principio del fin de los supuestos educativos que hasta hoy han definido la organización de la educación mediante la escuela? Esto es, no más edificios-escuelas con salones cerrados, presididos por un pizarrón (o sus sucedáneos) con asientos y mesas (de diversos modelos) para los estudiantes, tiempo para entrar y tiempo para terminar, materiales para facilitar la enseñanza y materiales para facilitar el aprendizaje, y un ritual, variado por cierto, para desarrollar las actividades, en salones y en el patio de juego.
Hoy, los estudiantes pueden estar en su casa o en otro lugar a su elección y “asistir y participar” en las sesiones mediante una conexión inalámbrica remota. También el profesor puede ofrecer su trabajo desde cualquier lugar sin requerir un edificio particular. Dispone de programas cibernéticos diseñados para poner en contacto, asistido o no, a los estudiantes con el contenido por aprender, o con actividades grupales con sus compañeros también en contacto remoto. Y de otras muchas rutinas parecidas a la descripción anterior.
Se cuestiona así, el supuesto de contacto personal presencial. También el supuesto de vigilancia del profesor frente a los estudiantes. El supuesto de la importancia del currículo con el cual se define el contenido, se definen secuencias y segmentos de éste, se establecen tiempos definidos para cada tarea, y se organiza la contribución del profesor para presentarlos de manera didáctica para facilitar su comprensión. También el supuesto de asignaturas, pues no es necesario separar los aprendizajes de una y otra pues se pueden integrar en las actividades en las cuales aparezcan los diversos contenidos (lo que se ha llamado aprendizaje integrador) Y otros supuestos, los cuales el lector puede descubrir fácilmente.
Además, los profesores pueden diseñar actividades para que los estudiantes “vayan” a su comunidad o con personas, empresas, lugares de cultura del lugar donde viven, o bien revisen “textos, imágenes, conferencias, videos, juegos y más” digitales disponibles en miles de sitios de la web. Y reporten al profesor sus aprendizajes, sus sorpresas, los encuentros con otras personas, el intercambio entre los compañeros, las preguntas (sobre todo) surgidas en el proceso. En otras palabras, la ruta ya centenaria de asistir a la escuela cinco días a la semana, unas horas, y recibir del profesor o profesores una “lección” para ser aprendida, a veces sólo memorizada, está en cuestión.
¿Se acaba la escuela? ¿O sólo se transforma, por ejemplo, en un lugar para que los estudiantes asistan una vez por semana, de tiempo completo, se conozcan y colaboren en actividades colectivas de desarrollo corporal, socioemocional y de socialización? También evaluar, junto con sus profesores, los aprendizajes, avances y atrasos para atenderlos y resolverlos.
El lector se dará cuenta del mensaje de este texto. La pandemia nos ha enseñado lo que ya no veíamos (o no queríamos ver) en la escuela, y también la fuerza educadora de la acción de autoaprendizaje de los estudiantes. Algo para profundizar y reflexionar.

*Doctor en Filosofía de la educación. Profesor emérito del Instituto Superior de Estudios Superiores de Occidente (ITESO). mbazdres@iteso.mx

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