Apantallados
Jorge Valencia*
El mundo tiene formato cuadrangular. Pasa por una pantalla, si pasa. Y si no pasa por ahí, no existe. Con programas oportunos, el mundo admite mejoras a través de esos rectángulos: modificaciones, distorsiones, deformaciones. Podemos afirmar que un cielo pintado de rojo en una tablet es el cielo y es rojo. La referencia no existe ni interesa. La realidad es digital. Se alimenta de la “inteligencia” artificial y el capital de información que los programadores definen y los internautas completan. McLuhan acertó: el medio es el mensaje.
De manera que nuestro conocimiento de las cosas está determinado por discos duros y “experiencias de usuarios” que no admiten cuestionamiento ni pensamiento crítico. Si lo dice la “IA”, eso es. Eso “parece” (por lo tanto, eso “es”).
Las pantallas a las que vivimos sometidos configuran nuestros hábitos y costumbres. Las deficiencias de nuestra visión y nuestras carencias sociales. Gracias a la magia del internet, los oftalmólogos operan más temprano las cataratas y los psicólogos recurren a recomendaciones ericksonianas para justificar nuestra soledad. En TikTok no existen los feos ni los aburridos. Al éxito y la belleza los definen la mentira y el pixeleado virtuoso. La pantalla define y significa.
El cine también lo anticipó. La cámara narra. El director de fotografía fue el primer dios de lo posible. Eligió por nosotros. Nos hizo ver un ángulo, un plano, una secuencia.
Luego vino la tele, educadora de varias generaciones. Nos acostumbró a recibir mensajes; no a producirlos.
El internet y los dispositivos digitales liberaron el autismo de una civilización obediente y aburrida, acostumbrada a ver y callar.
A través de las redes, todos tienen algo que decir y que mostrar: la adhesión política o las enfrijoladas con queso. La adicción del “therian” y el rencor del “troll”.
Los mensajes se teledirigen a través de las “redes” (redes tenían que ser, que sirven para pescar cardúmenes de incautos). “Estar” en la pantalla es “ser”. La gente se muestra para anunciarle al mundo (al mundo digital) su existencia.
Y el mundo digital nos apantalla: nos hace existir en la pantalla y nos pasma. Estamos frente al ser omnipotente que todo lo sabe y todo lo crea. Somos criaturas digitales. Creyentes de la red.
El algoritmo nos juzgará.
*Director académico del Colegio SuBiré. jvalencia@subire.mx