Y cuando despertamos, la escuela aún seguía ahí
Miguel Ángel Pérez Reynoso*
La escuela es una institución que tiene las puertas abiertas de manera permanente; todavía es un espacio seguro y confortable que brinda cobijo, contención, seguridad personal y colectiva a los sujetos que asisten.
Si bien la escuela se ha reconfigurado, sus formas de atención tienen el compromiso permanente de facilitar aprendizajes para toda la vida y que la adquisición de conocimientos se viva a través del vínculo entre pares, la socialización y el intercambio de saberes.
La escuela es hoy lo que no fue en otro tiempo: un espacio de refugio y de contención, con tiempos definidos, con reglas y con modalidades de atención diversa; aun con todo ello, la escuela garantiza que niñas y niños la pasen bien ahí y no tanto por lo que formalmente la escuela aporta a los sujetos, sino más bien por el tejido social que se construye a partir del conjunto de relaciones y el intercambio cultural que se vive de manera esporádica y muchas veces asistemática. La escuela es entonces, como dice Pérez Gómez, “un entramado de culturas”.
Pero ¿qué pasa cuando la escuela se niega a sí misma, cuando renuncia a su cometido de ser un espacio de socialización y de desarrollo personal y social? ¿Qué pasa cuando las escuelas cierran sus puertas y con ello cancelan su proyecto institucional, negando con ello lo que se vive tradicionalmente y dejando de cumplir con su vocación formativa?
Todo esto está pasando con esta apresurada culminación del ciclo escolar.
Como dicen Silvia Duchastky y Diego Sztulwark (Imágenes de lo no escolar. En la escuela y más allá. Paidós Tramas Sociales 66). Cuando esto sucede, la escuela se niega a sí misma, se diluye y entonces pasa que lo que estaba pensado para edificar, junto con la capacidad de proponer y de construir desarrollo social y personal, queda difuminado en la nada, en el olvido, en la negación de no cumplir para lo que fue hecha, para cumplir para lo que fue construida, edificada y levantada social e institucionalmente. Cuando las escuelas cierran sus puertas, se niegan a sí mismas.
La escuela es el dispositivo formativo por excelencia en la medida en que abre sus puertas y está dispuesta a recibir a los usuarios, a la gente sencilla y común, a niñas y niños, a maestros y directivos. La escuela es en la medida en que se vive a partir de un entramado de inclusión de manera permanente y en todos los días. La escuela es (o debiera ser) el espacio formativo de tiempo completo, abierta, dispuesta y preparada para responder favorablemente a todo tipo de demanda formativa. Si la escuela no es esto, entonces es nada.
*Doctor en Educación. Profesor-investigador de la UPN Guadalajara, Unidad 141. safimel04@gmail.com