2 de octubre, 43 de Ayotzinapa y CCH Sur: La sangre de los estudiantes
Marco Antonio González Villa*
Esta semana diferentes planteles de la UNAM decidieron suspender clases y actividades, así como otros decidieron migrar a clases en línea. Estas medidas fueron tomadas como consecuencia del asesinato del estudiante de CCH Sur a manos de otro estudiante y porque en redes sociales empezaron a circular mensajes que anunciaban otros posibles ataques a la población y comunidad al interior de las escuelas; sin tener claridad sobre la veracidad o no de la información que corre, no acudir a los planteles es una medida preventiva para evitar alguna otra desgracia y para calmar la angustia y zozobra que están viviendo madres, padres y estudiantes ante las amenazas. La medida tiene todo el sentido, considerando también la implementación de la propuesta del rector de fortalecer la seguridad y vigilancia de cada escuela de la UNAM.
En estos días nos encontramos en un escenario en el que se conmemoran la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa y un año más de la matanza de estudiantes el 2 de octubre de 1968, y resulta difícil no reflexionar y hacer una lectura sobre lo que estos sucesos representan para nuestra sociedad. Sin un afán o intención de hacer una lectura o interpretación superficial, el 2 de octubre es un momento icónico en la historia de nuestro país que representa a una sociedad, estudiantes, civiles y trabajadores, luchando por sus ideales y sus derechos ante un gobierno opresor y carente de respuestas que cobardemente decidió teñir de sangre de jóvenes las calles: fue tal el cinismo del presidente que posteriormente refirió estar orgulloso de sus decisiones porque, en sus palabras, había salvado y servido al país.
Años después, en 2014, la policía municipal y el ejército mexicano están implicados en el ataque y desaparición forzada de 43 estudiantes de la Normal de Ayotzinapa, que, al igual que con lo acontecido en el 68, no ha ofrecido respuestas claras y castigo para los responsables.
Gobiernos reprimiendo, desapareciendo y atacando a estudiantes es una constante en varios países y una marca lamentable en la historia de varios países. Pero ahora es diferente: estamos en tiempos en que los estudiantes están matando a otros estudiantes. Antes lo veíamos lejano y ajeno a nuestra circunstancia, pensábamos que era algo particular de sociedades agresivas como la estadounidense, pero ya nos alcanzó esa realidad: cada vez hay más estudiantes atacando a otros en nuestras escuelas.
Las preguntas son obligadas: ¿En qué momento cambió la sociedad mexicana?, ¿quiénes son los responsables de esta lamentable transformación?, ¿qué medidas serias se están tomando para revertir este problema?, ¿cuándo los jóvenes dejaron de luchar por sus ideales y el cambio social? Varios hemos denunciado este incremento de agresión y violencia de parte de estudiantes, pero siempre hay quienes desvían la mirada y hacen señalamientos y propuestas más de carácter personal y/o político que no brindan soluciones válidas y pertinentes. Buscar soluciones sin estudiar ni atender a la población agresiva sólo nos llevará (en una analogía) a intentar curar una enfermedad sin considerar las características y condiciones de vulnerabilidad de los enfermos. Hace falta investigar qué tipo de estudiante es o sería capaz de privar la vida de otro. Estudiantes agresivos consiguieron parar las clases de estudiantes que anhelan un mejor futuro: ser quienes cargan con el síntoma de una sociedad enferma hace víctima a un menor, pero actuar decidiendo no respetar y poner en riesgo la vida del otro les quita ese rol; muchos estudiantes sufren o viven lo mismo que el estudiante asesino o los que amenazan, pero han decidido no actuar en contra de sus pares. Tenemos en ellos información relevante para resaltar sus fortalezas y cultivarlas en todos, así como también falta un diagnóstico amplio de aquellos identificados como posibles agresores. Sólo queremos cambiar la historia y que no haya más sangre y estudiantes muertos: velemos por las futuras generaciones, nos necesitan, ¿no?
*Doctor en Educación. Profesor de la Facultad de Estudios Superiores Iztacala. antonio.gonzalez@ired.unam.mx