Zoológico
Rubén Zatarain Mendoza*
No son muchos los zoológicos visitados en mi historia de vida. No toda la infancia y adolescencia fue significación y apropiación de saberes; algunas veces avergüenza la ignorancia como producto de las propias resistencias al aprendizaje. No aprender es el ocio en ejercicio del derecho de los cerebros tan prolijos en el no pensar.
En materia de zoológico alguno, tal vez lo conocí en la etapa de madurez o con los lentes ya de apasionado profesor de temas científicos en la educación primaria y secundaria.
Cuento con los dedos la cantidad de animales en cautiverio que pude ver, escuchar, acariciar y tal vez oler en esos espacios diseñados para el esparcimiento y educación informal de citadinos y visitantes. Aunque dicen que la ciudad es la selva, un pedacito de ciudad y selva siempre tiene encuentro en los zoológicos.
Tal vez los zoológicos de Guadalajara, Chapultepec y Morelia estarían en la lista de los visitados, si acaso otros pequeños como el de La Tobara en San Blas. Cada uno en su momento y circunstancia, seguramente alguno de ellos visitado más de una vez.
Observar los distintos animales, los solitarios y los sociales, los carnívoros y herbívoros, los reptiles, aves y mamíferos, genera reacciones diferentes. Por ratos surge la veta de defensor de los derechos de los animales.
En general, no me gusta, no me agrada la condición de cautiverio de los animales.
No me gusta tampoco que pocas personas sean sensibles a su estrés, a lo que expresa el movimiento imparable de sus patas y la mirada triste, huidiza; las moscas implacables, los infranqueables barrotes y la insuficiencia de espacio y el sol que se derrama en verano para hacerlos jadear, salivar y respirar desesperadamente.
Los ojos sorprendidos de los niños y niñas, los índices que señalan y el diálogo informal de arriba a abajo, con padres, quienes ponen a prueba en general mínimos saberes sobre las especies.
En los zoológicos transitan a veces grupos escolares y hay trato especial y acompañamiento, pero también hay madres y padres solos que toman de la mano a sus pequeños hijos e hijas, campeones de su propio encierro y sobrevivientes de la cotidiana soledad.
Son niños y niñas de “La llave”, como las describió mi compañera, la maestra Elvira Alarcón. Niños y niñas que son puestos en las puertas de las escuelas de prisa, sin más dulzura que las loncheras cargadas de bebidas azucaradas y lonches infames nutricionalmente, y quienes traen colgada bajo su camisa o blusa la llave de su departamento o casa, para llegar por sí solos, abrir la puerta y encontrarse con sus hogares vacíos.
No son muchos los viejos que caminan por las calles y pasillos de los zoológicos, y aquellos escasos con quienes topas están en funciones compensatorias de abuelos. Me gusta ver la expresión facial de paz que transmiten y el cuidado que ponen para acompañar, sin invadir los intereses y decisiones de sus pequeños.
No me gusta la ausencia de libertad de los animales de los zoológicos y tampoco me agrada el adiestramiento que hacen de algunas aves como pericos y guacamayas. Me fugo a veces a la definición de libertad del color y el sonido de las parvadas de guacamayos, pericos y catarinas que emergen del follaje de grandes árboles y cruzan en original vuelo las hondonadas barrancosas de la orografía de las costas.
Tampoco me gusta el adiestramiento y las exhibiciones de monos y chimpancés. Los prefiero sociales, en sus propios conflictos de familia y horda, haciendo alarde de agilidad y competencia colgados de sus largos brazos y colas prensiles cuando hay oportunidad de observarlos en sus áreas con un poco más de espacio. A veces pienso que en el orden del zoológico los monos y chimpancés gozan de un poco de trato preferencial, su derecho a plátano, manzana y sandía, tal vez porque en ellos proyectamos hermandad, el espejo de nuestra débil humanidad o nuestra solitaria condición de humanos deshumanizados y competitivos.
Observar una familia o grupo de chimpancés o monos es una oportunidad de ver algunos liderazgos, el crecimiento, la urgencia de la sexualidad y los problemas que esto provoca, y tal vez aspectos de pertenencia o práctica del amor y cuidado maternal.
No me gusta la calidad de carne que se les provee a los felinos, los trozos lanzados de mal modo por los cuidadores sudorosos que tantas veces los comensales engullen resignadamente y ante el imperativo de su hambre física y emocional.
No sé mucho de la calidad de las semillas y el forraje que se les provee a granívoros y herbívoros, pero es placentero ver cómo se alimentan las cebras, búfalos, venados, jirafas y los elefantes, estos gigantes últimos, una especie que parece mejor adaptada al mundo del zoológico.
Caminar por los zoológicos es disfrutar y padecer de una buena asoleada; es generar la necesidad y la sed para que adquieras las bebidas caras de los puestos diseminados estratégicamente. Es transitar la avenida o calle de regreso donde transmutas en fiera, en cliente desesperado, materia de vendedores ambulantes de bebidas y alimentos, de gorras y sombreros, golosinas, frituras y mercancías del recuerdo.
Hasta el fin de mi primera infancia, de la que tengo dudas si se transitó de manera suficiente, no conocí los zoológicos, pero mi vivencia silvestre fue rica, muy rica tal vez, en convivencia con el mundo animal y vegetal.
En mis pies descalzos, en las manos curiosas, en los oídos y en la mirada infantil entraron texturas, sonidos, colores, vuelos, miedos, conocimientos imborrables e improntas de las cualidades de aquellos animales y plantas observados, pasados por el tacto algunas veces.
Fue verano alto algunos años, inicio de septiembre y fin de las vacaciones; era en aquellos días el inicio del grado escolar en perspectiva.
Antes de las mochilas y los libros, el verano y sus lluvias prodigaban una explosión de vida que guardaba en los bolsillos rotos de los pantalones.
El mundo de los animales que llegó a mí de manera directa o por referencia de adultos, hermanos, amigos y primos fue cualitativamente distinto a lo que más tarde serían las imágenes de la tele o de un zoológico que empezaba con el rutinario pago de la entrada.
La naturaleza te regala y sólo espera de ti las preguntas y el orden metódico de registros y observaciones.
Te platico un poco de aquellas clases de ciencias compartidas colectivamente entre amigos o de plano aquellas interacciones vividas en solitario y en los márgenes de la desobediencia controlada de las reglas de casa en materia de presencia y horarios.
En casa también es posible observar y pensar lecciones de cosas como lo plantea Comenio.
Por obvias razones, en algún momento el sonido nocturno de las besuconas tuvo que discriminarse del sonido que emitían los alacranes y “alacranas” (se diría hoy) y de los grillos, sapos y ranas, estos dos últimos anfibios o batracios que eran más fáciles de identificar en sus tonos graves y agudos.
Las besuconas y su lección de ciencias es un regalo que empieza con el cascaroncito vacío, cuando en la palma de tu mano descubres y observas un fragmento que has tomado del suelo e ilustra que hay un nuevo reptil en las paredes de casa y en el mundo. El cascaroncito es delgado y blanco como algunos huevos de gallinas y patos.
Las besuconas bebés son chiquitinas y huyen irremediablemente de tu presencia; en ningún momento de su vida les gusta tu compañía, seas niño o grande, seas el listo o el lento en tus clases; ellas huyen y se deslizan en sus grietas o bajo el marco de una vieja fotografía o litografía.
Antes de crecer y parecer un plástico transparente con vida, que hace autopista de las paredes, su color es brevemente gris o tiende al café verdoso oscuro.
Crecen rápido y es difícil seguirles la pista individualmente y bautizarlas, pero las puedes observar porque son cazadoras excelentes de los insectos voladores que se convocan al nacer la noche alrededor de la luz en los focos o las bombillas. Una pared enjarrada y blanca te facilita muy bien su observación.
Ahí se muestran en su capacidad estratégica de cazadoras y pulen progresivamente su habilidad. Poco a poco fallan menos en su intento. Frente a sus ojillos negros brillantes, cierta ocasión pude ver el aleteo de una palomilla atrapada en su pequeño hocico.
Otra vez me tocó encontrar un esqueleto de una de ellas y pude detenerme un poco en la columna vertebral convertida en joven fósil.
Ellas viven y mueren; descubrí y fue una revelación para mi pensamiento infantil.
Ellas son vertebrados, pensé, e instintivamente toqué mis huesos donde era posible encontrarlos.
Cuánta evolución guarda una columna vertebral; más tarde indagaría y leería un poco más al respecto.
La noche temerosa de mi infancia regresa a veces; arrullo al niño aquel mientras concilio el sueño. Sigo evocando a veces el canto de las besuconas, alacranes y grillos; evoco también los ronquidos humanos y su tranquilizante compañía, mientras con la despedida de un lejano ladrido de perro ajeno y el breve rayo de luz de luna, el sueño vence.
Me gustan parcialmente los zoológicos, pero prefiero las lecciones de vida y ciencia que se prodigan de manera libre y te acercan a la pluma, la escama, el pico de un ave o un pollito, el aguijón de una abeja, avispa o alacrán, el mordisco de una hormiga arriera o la frialdad de un gusano, el corazón casi inmortal de una tortuga, la fragilidad de la vida de una paloma, el frío de una pata de iguana o de cachora en la espalda.
Me gustan las lecciones de vida y ciencia de la infancia, aquellas que hoy reviso de manera retrospectiva para hacerlas un objeto digno de contar.
Tal vez en otro momento y si las velas del recuerdo siguen ondeando favorables, podamos contar nuevamente.
*Doctor en Educación. Profesor normalista de educación básica. zatarainr@hotmail.com