¿Y qué hacemos con los viejitos?
Luis Rodolfo Morán Quiroz*
A principios de los años ochenta, el gobierno del estado de Jalisco, por medio del Sistema de Desarrollo Integral de la Familia, estableció el Centro Jalisciense de Atención Integral al Anciano, en un edificio nuevo, ubicado en Ciudad Bugambilias. Alguien del gobierno del estado (ignoro quién) invitó a mi padre a dirigir ese centro, concebido como un centro de atención de día para personas en la tercera edad. Recuerdo que lo acompañé alguna vez, cuando se hacía el proyecto, a platicar con un par de señores en el fraccionamiento Las Fuentes, en un lugar cercano a la glorieta del quiosco. La idea no era que se convirtiera en un asilo en el cual atender a personas en sus últimos años de vida, sino proporcionar un espacio para que las personas de edad avanzada, pero con movilidad, pudieran acceder a actividades durante el día y regresaran a sus barrios y hogares por la tarde. Una idea que se mencionó en esas primeras reuniones fue la de generar oportunidades de educación continua y capacitación.
Cuando finalmente se inauguró el centro (conocido como simplemente como CJAIA), mi padre me explicó que buscaban establecer equipos interdisciplinarios de salud que funcionaran tanto en el centro como en visitas en los barrios de residencia de los ancianos, principalmente en zonas relativamente cercanas a los centros de las ciudades de la metrópoli. Básicamente, cada equipo contaba con un especialista en odontología, uno en trabajo social, uno en psicología y uno en medicina. En ese entonces se discutió la necesidad de preparar especialistas en gerontología y en geriatría, pero la carrera no existía como una disciplina reconocida en las instituciones de educación superior en Jalisco. Fue mi padre quien me informó que había vacantes en el área de psicología, pero no me di por aludido ante su insinuación de que asumiera ese puesto, sino que le informé a mi amigo Absalón Ávalos, quien acababa de regresar de una estancia en Estados Unidos, quejándose de que la comida del lado norte de la frontera no tenía la misma sazón que en el lado sur. Mi amigo y colega se integró en su respectivo equipo interdisciplinario y por él me enteré que existía también un nutrido intercambio entre los especialistas de cada área. La población atendida era trasladada cada mañana en un autobús desde las oficinas del DIF frente a la Glorieta de la Escuela Normal de Jalisco al centro de atención, que en realidad se ubicaba en la orilla suroeste de la ciudad; por la tarde realizaban el viaje de regreso. Poco a poco se unieron otras unidades de transporte y hubo que conseguir quién coordinara a los choferes y controlara horarios y grupos atendidos. Pues la atención se extendió también a otros barrios de la ciudad, a donde asistían los equipos interdisciplinarios a atender a los posibles pacientes. En el CJAIA existían cubículos equipados para la atención dental, médica, psicológica y de trabajo social. Recuerdo que quien coordinaba los esfuerzos del equipo de transporte había sido mi maestro de talleres manuales en la secundaria del Colegio Inglés, y quien tenía una ferretería en las calles Pavo y Morelos, frente a la cual tomaba yo el camión de regreso cuando salía de clases de la Preparatoria de Jalisco. Desafortunadamente, no recuerdo ya su nombre.
En algún momento, la intención de proporcionar educación “formal” en el CJAIA se estableció como un programa de “Universidad de la Tercera Edad”. Básicamente, se trataba de consolidar los acuerdos con el Instituto Nacional para la Alfabetización de los Adultos (INEA) y asegurar que hubiera más talleres en los que se promoviera no sólo actividades manuales, sino que hubiera interés en la lectura, la activación física, la expresión artística y la socialización entre los participantes. En algún momento, si mal no recuerdo, fue Eduardo Hernández, médico y subdirector, de origen arandense, quien propuso o dio cauce a la idea de la existencia de un coro. Para dirigirlo y para formar a los miembros del coro llegó contratado Rommel Winkler. El coro fue un éxito y recuerdo al menos tres presentaciones espectaculares, además de las habituales que realizaba en el CJAIA. No sé en qué orden temporal se realizaron esas presentaciones, pero sí recuerdo que el coro se presentó en una boda que se realizó entre una mujer y un hombre que se habían conocido y enamorado en el contexto del centro y de quienes fueron padrinos el gobernador Flavio Romero de Velasco y su esposa Yolanda Castillero. Otra de las presentaciones se realizó en el marco de la visita de la reina Isabel de Inglaterra a las instalaciones en Ciudad Bugambilias (se cuenta, por cierto, que el príncipe Carlos, hoy rey Carlos III estaba más interesado en platicar con el personal femenino que en seguir la visita guiada de las instalaciones). La tercera, en un segundo centro alternativo que se abrió para la atención de los ancianos en la zona de Puerto Vallarta, también ante la reina Isabel II (1926-2022). Rommel, en el contexto de los recientes conflictos por las islas Malvinas, dirigió la canción de “No llores por mí Argentina” cantada por el coro. Aparentemente, la reina no comprendió la alusión o sería que, simplemente, echó mano de su frialdad inglesa y no respingó ante tan atrevida selección musical.
En algún momento de 1982 o 1983 asumí la dirección del programa de la Universidad de la Tercera Edad y, sobre mi escritorio, mi colega y amigo Jesús Rodríguez (quien había trabajado en sus juventudes de estudiante de psicología en el ámbito del antiguo Hospital Civil, cuando mi padre era subdirector de ese nosocomio fundado por Antonio Alcalde, 1701-1792) puso un pequeño letrero hecho con cartoncillo en donde ponía el nombre del programa y, abajo, especificaba: “rector”. Una de mis inquietudes fue la de revisar las fichas de registro que realizaban las trabajadoras sociales para sistematizar, mucho antes del Excel o de que yo supiera de otros programas de computadora que pudieran ayudarme a ordenar esa información. La idea era ubicar los lugares de residencia, las edades, en qué talleres participaban los asistentes al centro, qué padecimientos reportaban, estado civil, escolaridad, sus ocupaciones del momento y previas, además de qué actividades les interesaba que se pudieran realizar con apoyo de los equipos del CJAIA. Recuerdo que en ese entonces llegó un grupo de estudiantes de la licenciatura en educación física, quienes organizaban las actividades en un espacio de gimnasio existente en el CJAIA y, a petición de los ancianos, también realizaban caminatas en la zona de Bugambilias a la llegada del autobús y las pequeñas combis de esa época. La queja de esos jóvenes solía ser que los ancianos se excedían en sus entusiasmos caminadores y algunas veces iniciaban la caminata antes de la salida oficial (con el grupo ya conformado y en formación), o que se lesionaban en su afán de mostrar que en su avanzada edad todavía podían moverse como en sus juventudes.
Más de alguna vez, los ancianos del centro me comentaron cómo la educación escolar que se impartía en primaria solía ser suficiente para la vida y que, desafortunadamente, con los años se han requerido cada vez más grados de escuela para poder “saber cosas” y acceder a empleos. Para mí, esos meses de estancia en el CJAIA representaron muchas horas de interacción con quienes impartían los talleres, con los miembros de los equipos interdisciplinarios y con los ancianos que llegaban a recibir, pero también a dar atención a los demás asistentes. Creo que fue en un mes de mayo de 1983 cuando asistí con una ponencia a un encuentro de educación en Culiacán, para hablar de lo que implicaba un programa de educación informal y extraescolar para las personas de la tercera edad.
En el camino a Culiacán llegué a visitar a mis primos y tíos Franco Quiroz en Tepic. Iba yo solo, en mi fiel Volkswagen y, sospecho que mi tío Joaquín Franco Góngora me vio muy ingenuo y decidió acompañarme. Para comenzar, me hizo consciente de que el hotel sede de la reunión resultaba mucho más caro (y más lujoso) que los que él conocía en el centro de la ciudad. Me acompañó al menos un día, se aseguró de que me instalara en el centro de Culiacán y regresó a Tepic en camión. En esos entonces, mi tío Joaquín era un jovencito (nacido en noviembre de 1934) de menos de cincuenta lozanos años, aunque yo lo veía como un señor respetable y con muchas experiencias; aunque no llegaba a la “avanzada” edad de sesenta todavía.
Años después de la experiencia en el CJAIA, la esposa de ese tío, la tía María Elena Quiroz Ramos, me recibió en la Ciudad de México y me comentó que se sentía joven a sus recién cumplidos sesenta años. Que esa noción de los sesenta años como edad avanzada le había parecido que se aplicaba a su madre (y seguramente a los ancianos del CJAIA), pero no a ella, quien acababa de bajar de una escalera de mano a la que subió para reparar no sé qué desperfecto (siendo ella ginecóloga) del calentador de agua en el departamento en el que vivía. El comentario resalta también esa sensación que solemos tener de niños de cuán viejitos son quienes tienen más de treinta años, como pude ver sorprendida a Luna, la hija de mi amigo Mustafá, cuando una de las hijas de mi amigo Enrique le confesó su edad: “¡oh! ¿Tengo una amiga de treinta años?”.
De los años ochenta para acá, gracias al envejecimiento poblacional, hemos aprendido, al menos los habitantes del área metropolitana de Guadalajara, a aceptar como jóvenes de la tercera edad a los mayores de cincuenta, sesenta, setenta. Si antes se decía o se escribía en las noticias “sexagenario” o “septuagenario”, ahora esa reacción de que se trata de una persona de la tercera edad en realidad se da más cuando se dice de alguien que es “octogenario” o “nonagenario”. Desafortunadamente, las estructuras de las ciudades y las actitudes en general no han seguido el mismo ritmo. Todavía desconfiamos cuando vemos una cabeza canosa detrás de un volante y decimos “cuidado con el viejito/la viejita”, pero mostramos poco respeto cuando esas personas de edad avanzada necesitan ayuda para cruzar la calle (aunque sea, detener brevemente el vehículo que ocupamos) o para dar alcance a los miembros del grupo familiar al caminar.
Nuestros edificios y nuestras ciudades todavía no se han convertido en ejemplos ideales de lo que debemos aprender: estimular que las personas de edad avanzada sigan acudiendo al espacio público y a gozar de calles, parques, centros comerciales y plazas, para interactuar socialmente, activarse, pensar, dialogar, buscar más oportunidades de aprendizaje. Nuestras calles y aceras, y muchos de los sistemas de transporte colectivo, todavía están diseñados para ser funcionales únicamente para personas jóvenes que ven, pueden levantar las extremidades, que oyen perfectamente, que reaccionan con rapidez. Falta todavía mucho por aprender de las generaciones actuales de ancianos, pero también falta por aprender que, como ha insistido mi amigo y colega Miguel Casillas, quien se traslada en silla de ruedas, eventualmente estaremos expuestos a esas infraestructuras que resultan de difícil acceso a personas con problemas de movilidad, sean de la edad que sean.
Así que, a la pregunta de ¿qué podemos hacer con los viejitos?, podríamos añadir matices como los viejitos actuales y los viejitos que seremos, los que hemos de atender y aquellos que requeriremos de cuidados, dentro y fuera de nuestras viviendas. Por cierto, poco antes de terminar el año 2025 volví a reunirme con Rommel Winkler y lo primero que le conté fue que la casa de mi madre sigue tan desordenada como en los años ochenta en que nos reunimos en esa casa y él comentó: “¿te acabas de cambiar de casa?”. La pregunta se aplica a la situación de cómo los propios ancianos no son ya capaces de atender la limpieza, el orden y las reparaciones y acciones de mantenimiento de sus viviendas como lo fueron (quizá) en algún momento de sus vidas laboras y sus años más productivos y móviles.
Cabe preguntarse ¿qué estamos haciendo para asegurar una calidad de vida digna y aceptable en la ancianidad ajena y en la propia? Rommel propuso, en esa reunión, lo que sería el tema central de nuestra charla: ¿cómo, en dónde y con qué recursos hacer posible que exista una casa para los profesores jubilados, específicamente de la Universidad de Guadalajara? La pregunta podría generalizarse a las poblaciones de edad avanzada en las ciudades y pueblos de nuestro país: ¿tenemos idea de qué haremos cuando lleguemos (si llegamos) a la vejez? Como decía mi padre: “¡qué feo es llegar a viejo! Pero más feo es no llegar”. Parecería que todavía nos falta mucho por aprender, dentro de los márgenes de la atención transversal y la interdisciplina, para la atención de las personas de la tercera edad. Afortunadamente, ya existen las carreras universitarias de gerontología y geriatría y habrá seguramente quienes las aplicarán en el ánimo de la medicina y la salud preventiva y pública, en los diseños de espacios privados y públicos y en el diseño urbano. Falta que los ancianos de nuestras épocas lleguemos a experimentar los beneficios.
*Doctor en Ciencias Sociales. Profesor del Departamento de Sociología de la Universidad de Guadalajara. rmoranq@gmail.com