Vidas de papel

 en Rubén Zatarain

Rubén Zatarain Mendoza*

Vidas de papel es el título de una de las películas que se ofrecen en la programación de Netflix cuyo estreno data del 12 de marzo de este año.
Parte del contenido presenta la compleja forma de sobrevivir de las personas recolectoras de cartón, papel, vidrio y otros desechos comercializables.
La forma como viven en grupo, la forma como se protegen, como luchan por el territorio de dónde obtienen el sustento, la descarnada forma de vida de los sin hogar que enfrentan el flagelo de la lucha permanente por un sitio, por el pan.
El riesgo de caer en el mundo de las drogas es inmanente, es dramático ver niños que inhalan resistol cuya edad no rebasa los diez años.
No se requieren muchas escenas para interpretar el fenómeno, la niñez y luego los adultos que surgen de esa condiciones materiales de privación confirman el complejo submundo en el que deviene el crecimiento de las personas en condición de calle.
Independiente del espacio geográfico, la cultura, las religiones, el idioma; la pobreza y sus múltiples manifestaciones se ensaña con la niñez, con la adolescencia.
No importa que tú observatorio sea Nueva Delhi, Calcuta, El Cairo, Lima, las favelas en Brasil, la Ciudad de México, Monterrey o Guadalajara, o el caso de la película que comento: Estambul, Turquía.
Las imágenes de Estambul son distintas a las imágenes que narra Dan Brown en su novela y luego película “Inferno”. La escena de la Cisterna –lugar icónico también– y la no materia, la ciencia ficción y la acción, son distintas como tema a los rostros del dolor humano explícitos en esta propuesta cinematográfica.
La universalización de la marginalidad, las dificultades de los más pobres entre los pobres. En este caso atribuible al abandono de Ali por su madre, quien fue arrojado a un costal de desechos.
La película de vidas de papel (“Kagittan Hayatlar”, “Paper lives”), sin matiz ideológico, pero irremediablemente ilustrativa, retrata en imágenes el costo colateral de las políticas de centro neoliberal, el reacomodo de la geopolítica de la dominación, que parecen tener como víctima recurrente a los niños y las niñas.
La figura nutricia de la madre brilla por su ausencia, y más ausente aún el padre del pequeño Ali, el padrastro sustituto de la figura paternal representación de la violencia.
Casi medio siglo emergente a favor de políticas públicas protectoras de la infancia no han impactado su condición; la cinta, con la mediación de la actuación, lo manifiesta en su propio lenguaje.
Así como exponencialmente el número de pobres se reproduce, así también de manera paralela se acotan las condiciones de zona vital para una enorme franja de menores de edad, los de la fragilidad de una vida de papel.
Los invisibles de las políticas de desarrollo, los invisibles para los discursos electoreros de países como el nuestro que no es capaz de producir la generación de políticos locales que coadyuven a la mejora de las condiciones materiales para la infancia.
Volvamos a la película de referencia.
Organizados por una especie de tutor benefactor (el personaje Tahsin) la historia se ambienta en los barrios de Estambul.
Estambul, la antigua Constantinopla en un punto estratégico geográfico, económico, político, religioso y permanentemente militar; el punto donde el personaje central de la historia Mehmet-Ali es protagonista del liderazgo de un grupo de personas de distintas edades que tienen como punto de encuentro la orfandad, el abandono y la marginalidad.
Sin caer en el moralismo fácil y en la culpabilización al ente ideal de la figura materna, el guión devela la compleja problemática que ha de enfrentar la sobrevivencia de esos niños en condición de calle.
El principio biológico-social de que todas las madres aman a sus hijos, se fragmenta en pequeños trozos de tejido al viento en cada uno de los personajes, que al empujar o jalar un diablito y el saco de recolección de desechos en plena lluvia o sol sobre las calles, expresan el abandono, la carencia del mínimo de amor.
Si no hay madre ni padre, si no hay patria que abrace a los niños, a los más débiles, la viabilidad de nuestra “humanidad” se condiciona.
Mehmet-Ali, el personaje, echa de menos a su madre y se aferra a una vieja fotografía como bastón psicológico en los malos momentos.
Su vida transcurre en la esperanza vana, en la utopía de volver a reunirse con su madre que ha sido capaz de abandonarlo por seguir al padrastro violento.
Quiere reunir dinero para traer de nueva cuenta a su lado a la madre perdida, lo hurta, atesora y oculta.
El corazón de Mahmet es generoso y al construirse una historia paralela como protector de Ali que llega a su vida frágil y vulnerable, con moretones en la espalda, a contrapunto del corazón humano, fortalece el ideal de que todos los hijos pueden amar a sus padres, al menos con una fotografía entre los dedos, a través del alter ego del yo destrozado.
“Construiamos nuestras vidas con lo que los demás desechaban” refiere la voz narradora del entrañable amigo Gonzi (González).
Vivir con las escasas sobras de los demás, expresa a la sociedad que excluye, que margina sin sentimiento de culpa.
Comer arroz con catsup como uno de los banquetes, acceder al baño, como lujo inmerecidos de los personajes recolectores.
Disfrutar en colectivo el calor matricial de un baño turco como máxima aspiración o aprender a nadar en las aguas del mar de una de las playitas del estratégico mar que divide dos continentes.
Menudo reto para nuestras sociedades trabajar sistémicamente para abatir la universalidad de la violencia simbólica con que se naturaliza la exclusión.
El niño de la calle que no tiene siquiera una mamá que lo acostara y que borda en la frontera riesgosa de la drogadicción, el consumo de inhalantes como medio de convocatoria a la madre añorada.
Son varias las escenas de entretelón del fondo de la Mezquita Azul y sus minaretes, ese hermoso conjunto que ocultó bajo yeso las pinturas de la antigua Catedral de Santa Sofía.
Los minaretes, los cultos cristiano y musulmán sucesivos; la historia que se vende al turista de ese lugar muy visitado, las masas extranjeras a las que se oculta la historia social en esa ciudad donde entre el olor a las especias y el odio acérrimo entre turcos y griegos, los fragmentos del otro imperio Turco Otomano se invisibiliza el extensivo costo de la miseria, los Miserables de Víctor Hugo del siglo XIX, los Miserables de las vidas de papel en el siglo XXI.
La miseria y sus efectos secundarios que nadie quiere ver, las políticas internacionales y nacionales tibias, el robo de los derechos de ser niño.
Otro acercamiento al mundo de los niños de la calle, el drama de los problemas que a veces se piensa sólo son de Occidente. El Medio Oriente y Oriente también son espacios geográficos de reproducción de lo subalterno, la universalización del abandono, la pobreza.
El drama y la elocuencia del cine como un elemento más de posible conciencia.
La necesdiad de recobrar la mirada sobre los asuntos sociales importantes, la urgencia de poner lentes y atenuar nuestra ceguera pandémica, nuestra mirada indiferente de papel.

*Doctor en educación. Profesor normalista de educación básica. zatarainr@hotmail.com

Comentarios
  • Griselda Gómez de la Torre
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    Agradecer siempre, la donación de su palabra y la visión desde el pensamiento crítico que nos invita a reflexionar y cuestionar la imperante necesidad de justicia social para los niños de la calle, los usados por sus propios padres como medio y uso de explotación en las esquinas y en los semáforos, los explotados en el campo, los usados, los olvidados, cuestionar si el modelo social corresponde a las necesidades sociales, evoca a Eduardo Galeano y “Los nadies” : “ “Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto
    la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la
    buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en
    lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los na-
    dies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba.
    Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada.
    Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos:
    Que no son, aunque sean.
    Que no hablan idiomas, sino dialectos.
    Que no hacen arte, sino artesanía.
    Que no practican cultura, sino folklore.
    Que no son seres humanos, sino recursos humanos.
    Que no tienen cara, sino brazos.
    Que no tienen nombre, sino número.
    Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica
    Roja de la prensa local.
    Los nadie, que cuestan menos que la bala que los mata.”

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