Uso de dispositivos móviles
Carlos Arturo Espadas Interián*
Vamos detrás de otros países, con algunos 30 años y con otros un poco más; sin embargo, para lo vertiginoso de la aplicación de la tecnología, esa brecha temporal se ha reducido, propiciada por la masificación del mercado que abre el acceso para su beneficio, exigencias escolares y condiciones producto de geoingeniería, bioingeniería y necropolítica.
En otros países, los impactos del uso de dispositivos móviles en las escuelas han pasado factura. No es que en las nuestras no lo hayan hecho, simplemente que aún no nos dábamos cuenta. Veíamos los resultados, pero como siempre, al interior de la comunidad educativa nacional, únicamente se abordaba como queja, como rumor, no como investigaciones profundas, no por incapacidad del magisterio nacional, sino por las condiciones de trabajo que lo mantienen frente a grupo y con grupos –para la actualidad– gigantescos, así como falta de financiamiento para que el profesorado de básica realice investigaciones –no en el marco de posgrados, sino dentro de su práctica y para su práctica educativa como algo cotidiano–.
Así, nos ha llegado nuevamente de otros países noticias de los impactos, consecuencias, regulaciones y acuerdos.
Nuestro país, con sus autoridades, de forma tímida ha tomado el asunto en sus manos y está analizando, desde consultas multitudinarias y por consenso, lo que se va a realizar. Eso es bueno; sin embargo, falta formación que surja de la base, de nuestros contextos, nuestras situaciones; es necesario formar al magisterio antes de consultarle…
Por ejemplo, resulta irónico que durante la “pandemia”, los centros escolares hayan promovido el uso de dispositivos móviles y ahora los restrinjan. Es decir, nuestro gobierno –sea del color que sea– se mueve al vaivén de las tendencias internacionales promovidas por los mismos de siempre; así se promueven los ODS de la UNESCO, políticas ambientales, género, neurodivergencias… y ahora la problemática del uso de dispositivos móviles.
Hubo un tiempo donde nuestro país resultaba como ejemplo para la educación. A nuestros congresos pedagógicos asistían educadores de EEUU para nutrirse de nuestras experiencias; Japón analizó las estrategias educativas nacionales para modificar su educación formal… Se tenían escuelas fábricas, escuelas con oficios –estas últimas promovidas desde la colonia por la Iglesia Católica–, la educación racionalista –durante el modelo social de nuestro país–, sólo por mencionar algunos, pero la lista es gigantesca.
Es decir, las experiencias educativas no se limitaban a una ideología, modelo o visión; se tenían diversas plataformas para el trabajo educativo y se exploraban opciones no desde el centro, que por cierto sigue siendo el que más recursos y privilegios tiene, sino desde la base del magisterio.
¿Será hora de eliminar la zozobra al ritmo del vaivén de otros y decidir nuestro rumbo en la educación nacional?
*Profesor–investigador de la Universidad Pedagógica Nacional, Unidad 113 de León, Gto. cespadas1812@gmail.com