Un Día del Niño

 In Cuentos y relatos del magisterio, Videos

Rubén Zatarain Mendoza*

De los sabores de la infancia que evocan los buenos recuerdos están el aromático pozole y el dulce del agua de tamarindo.
Los días del niño en la escuela primaria “Jesús Romero Casillas” eran propicios para compartir ese banquete.
El maestro Faustino, de cuarto grado, ese día en particular, había transformado el aula el día 30 de abril de 1973 en comedor comunitario, con globos y toda la cosa; él se había transformado en mesero al servicio de sus alumnos.
Repartía a ojo de buen cubero las raciones de pozole y agua fresca, apenas enfriada por el escaso hielo. El hielo entonces era escaso y caro porque los refrigeradores eran tecnologías inexistentes en el pueblo. El hielo era un negocio que pertenecía a Baby, a un lado de la esquina de la familia de las Mollejas. La gente a petición específica se surtía a trozos.
No recuerdo quiénes de las madres ayudaron a confeccionar y trasladar el pozole; lo que sí recuerdo es que el agua de tamarindo la elaboró la mamá del Takechi.
Una tarde antes había participado en la recolección de tamarindos en el árbol en producción que había en los límites del camino y la orilla de la huerta de limones de Poncho Naranjo, allá después del estero de los Ranchitos.
Ya sabía que el mes de abril tenía días de cosecha de este maravilloso árbol que producía las vainas mágicas que encerraban agridulces sin igual.
La cosecha de las vainas implicaba subir al árbol de tronco rugoso, pues trasladar una lata para cortarlos era inviable por lo lejano. Con el respectivo cuidado, de manera táctil, había que seleccionar vaina por vaina para verificar si estaban maduras.
Para saber sobre el estado de maduración presionas ligeramente la vaina y si truena y cede la cáscara al apretón de los dedos, está lista. El ruido de la corteza era señal de que el fruto estaba maduro y que lo podíamos jalar bajo un confeti de las hojitas del árbol que parecía renegar de esa manera; enseguida era poner en la bolsa de jarcia que traíamos colgada entre el cuello y bajo el hombro.
Los muy tiernos de pulpa, iguales en color café en la cáscara, los ignoramos, el color no siempre era certeza de madurez. Recuerdo que algunos en la madurez media eran una delicia por la mixtura del ácido y dulce, del verde y café que acariciaba la lengua exploradora. Degustarlos mientras veíamos algún nido de cocochita, era un premio intermedio en la tarea.
Llevar los tamarindos a la casa del profe fue mi contribución al festejo.
El agua de tamarindo que estaba en una olla de peltre grande de color verde aguamarina llamaba nuestra atención. Ahí acercamos la mano con el vaso; pronto bebimos en nuestros viejos vasos de plástico de oreja o de aluminio sin oreja. Creo que a alguien se le derramó en el trayecto, provocando hilaridad. Qué bueno que le dieron más una vez que trapeó su pequeño desastre.
Ese día, mientras esperaba turno, que por orden alfabético tocaba al final, observé que la niña de ojos azules recién inscrita, presuntamente de Mazatlán, tomaba con alegría el agua de tamarindo cuyos frutos yo había recolectado el día de ayer.
Todos en el mesabanco, todos con su porción de pozole raquítico en carne, tapizado de repollo y ya escasamente humeante, fueron un pleito los escasos limones; rostros felices y en silencio, el festín de los participantes que permitía escuchar platos metálicos y cucharas, todos bajo la vigilancia de los ojos detrás de los lentes gruesos del maestro.
En ese momento especial olvidamos el problema de aprender a sumar y restar con decimales, de estirar nuestro léxico y auxiliarnos del diccionario Academia o mini Sopena para entender los fragmentos del libro de lecturas, todos prófugos de la letra cursiva; olvidamos la complejidad de los temas de Ciencias Sociales y Ciencias Naturales, que a pesar de su colorido, a muchos nos parecían difíciles de comprender. Todos ajenos a los comentarios en la hora del recreo de que el próximo grado, o sea quinto, estaba muy difícil y sólo los iniciados aprenderían los números romanos, los problemas de áreas y volúmenes y las terribles fracciones y raíces cuadradas.
Nos olvidamos también de que Jando había sido expulsado y no asistió al convivio porque le mentó la madre al profesor, por el pleito de la propiedad de una liga con el Julio.
La palomilla con la que me juntaba estaba en modo tranquilo y ese día no teníamos plan a la hora de la salida. Ese día no iríamos a los frutillos o a asaltar la huerta de los mangos corrientes en estado sazón de la huerta de Naranjo. Abril tenía días también de arranque de maduración de los mangos adelantados. Goyo Bucles el cuidador, que nos correteaba y ofendía, ese briago descamisado que nunca nos alcanzaba, ese día, porque estábamos de fiesta, se iba a ahorrar la frustrada persecución.
Después de vaciar plato y vaso, los más glotones repitieron granos de maíz y caldo; una vez que nadie más quiso y revoloteaban ya algunas moscas, se sirvió en los vasos un trozo de gelatina verde que no sabía a limón.
Fuimos convocados a quebrar dos piñatas en el área de los pinos. Yo alcancé a golpear la piñata, pero sin suficiente fuerza, el Coples rompió una hecha con una vieja tinaja, en forma de estrella de puntas blancas y barbas colgantes de color azul metálico.
Con todo y pisotón pude rescatar un chicle Motita sabor plátano que a la salida le llevé a mi madre.
Después de apalear, quebrar tres palos y romper dos piñatas entre risas y algarabía, el profe nos convocó a fila y nos regaló una bolsita de rositas y galletas de animalito que muy allá, perdido entre el montón de rositas y una naranja rompe uñas casi seca, encontrabas tres chicles Yucatán, una bolsa de polvo de chocolate Paquín, una bolsita Piquín y un par de dulces Tomy, los más codiciados.
Era la despedida, el final del festejo del Día del Niño, había que regresar a casa a paso lento y con la loza apenas enjuagada en una de las llaves del maloliente baño, a veces tamboreabas la cuchara en plato y vaso, lo bueno es que ese día no llevamos la mochila y los pesados libros.
En mi retorno a casa, bajo el radiante sol del mediodía, me encontré a don Yaverás descansando en la sombra de un cuastecomate. Sentado en una banqueta, con una carretilla cargada de leña a un lado, respirando profundamente y secándose el sudor con un viejo pañuelo. Nos saludamos a gestos y tal vez alguna onomatopeya; me aceptó un poco de rositas y galletas de animalitos, metió la mano a mi bolsita transparente.
Regresé a casa feliz y al entrar sentí el agradable fresco del piso de mi casa, una vez que desde hacía rato, había botado los odiosos zapatos.
El rechinido de la puerta de ingreso a casa alertó a mi madre y entonces escuché lo que temía: –“Hijo, anda a las tortillas”.
Estaba claro que el Día del Niño no exentaba de obligaciones y, sin entusiasmo, respondí: –”Ahorita voy”.
Salí al corredor, pude ver una chachalaca en el guamuchil y el cortejo de un zanate macho ante un par de hembras, entré de nuevo a casa, tomé la servilleta y un poco de dinero que estaba sobre la mesa y de nueva cuenta puse pies en la calle.
Ahora con un short, descamisado y con la pata a raíz, sentí el calor de la sedienta tierra y el pie se cubrió hasta los tobillos del polvo suave que tapiza las calles de mi pueblo en tiempo de secas.

*Doctor en Educación. Profesor normalista de educación básica. zatarainr@hotmail.com

Showing 3 comments
  • Martín Linares Ramos
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    Remembranzas. Recuerdos viejos que provocan aromas que se perciben frescos; como si fueran de hoy.

    Surgen imágenes de pueblos hermanados por la tierra de la costa de oro, de esa tierra bendita de Dios; pueblos que comparten -además de flora y fauna- visiones del mundo y de la vida. Percepciones que conforman al ser de manera sencilla, sin más pretensiones que integrarse al entorno fluyendo al ritmo de las estaciones del año.

    Gracias por estimular la memoria. Saludos Rubén.

  • Patricia Arellano Zatarain
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    Hermoso relato!! Y cuantos recuerdos de un día en específico de la tranquilidad, pero amigable vida de ese pueblo; aunque en esa época, para nosotros, la vida ahí era normal y pura felicidad. Excelente memoria hicieron posible este relato! FELICIDADES!!

  • Gris Gómez
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    Añoranzas

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