Tardío amanecer de la legitimidad para representar a los maestros

 en Moisés Aguayo

José Moisés Aguayo Álvarez*

En alguna muestra de cine internacional, en Guadalajara, tuve la oportunidad de apreciar la obra “El tardío amanecer de un fauno (1983)” de Vera Chytilova. Se trata de una especie de tragicomedia de origen checo, en donde se plantea la tensión entre un protagonista maduro y su afán por seducir mujeres jóvenes. En algunas críticas de la obra, se asume que el miedo a la vejez y a la muerte le llevan a reafirmarse como un tipo atractivo aún; no obstante, y aplicando a los cinéfilos que leen, algo de spoiler, el personaje finalmente queda reducido a una figura innecesaria, intrascendente e irrisoria.
Sirva de analogía el párrafo anterior, para elucidar brevemente, cómo las entidades que “representan” o dicen representar a un sector, a un gremio o a un segmento de la sociedad, están, en el marco del devenir contemporáneo, con un pie en el umbral de lo superfluo; es decir: están, al igual que el fauno, a milímetros de convertirse en organismos vacíos de sentido, extraviada su razón de ser, o cuando menos, irreconocibles por parte de las bases que, se supone, los constituyen y legitiman.
Y es que ese delicado umbral se viene dibujando con particular temeridad en las instituciones que derivaron, o bien de los adelantos que maravillaron a las masas, o bien de los movimientos sociales (acciones colectivas organizadas), que a la sazón, canjearon su poder de convocatoria, por insignias y espacios en el engranaje político y económico de los estados; es decir, lograron sublimar el poder de movilización (paro, huelga, toma de las calles, posibilidad de sitio y capacidad de despliegue, capacidad de concentración de la atención).
Para ejemplificar el primero de los casos, tómense como botón de muestra, los actuales medios de comunicación, en tanto que instituciones. En ellos se ha tornado más perceptible el vertiginoso giro cultural de la modernidad tardía (Giddens) o de lo que muchos estudiosos llaman posmodernidad (Lyotard, Derrida, Bauman); esto es, que en el contexto contemporáneo, los medios masivos, a fuerza de tensiones continuas, han tenido que ajustar sus lógicas de producción simbólica, acción, comunicación y comercialización, a los nuevos valores y preceptos de la sociedad a la que se deben, o de la cual se sirven. No son ya los centros neurálgicos de la atención de la opinión pública, ni convocan en la misma proporción a las masas, como antaño. En el ámbito nacional, considérense aquí como ejemplos paradigmáticos a las televisoras, cuya entropía las tiene cada vez más cerca del cementerio de los pasatiempos.
Por lo que toca a las instituciones estatuidas a partir de la conclusión de convulsiones y movilizaciones sociales, se pueden señalar al menos dos órganos de la vida social, que bregan, en el mejor de los casos, atisbando apenas visos de un inminente resquebrajamiento: los partidos políticos y los sindicatos; y es en este último segmento, en donde pretendo centrar la exposición, partiendo de una tesis muy básica, en la que asumo que la crisis de las instituciones parece no ser un fenómeno que adviertan con suficiente claridad, las entidades encargadas de la representación de los intereses de la colectividad que trabaja: o se contienen añorando un liderazgo fuerte, novedoso y espontáneo como Deus ex machina; o de plano se aferran a las prácticas de los caudillos, de la coerción, la cooptación o de la grilla, sin el nivel interpretativo requerido, para comprender que las subjetividades de sus agremiados, van emergiendo sin apegos, ni lealtades, y a veces, sin la fijación de la ecuación trabajo en el estado=estabilidad perpetua.
Para entrar en materia, considero pertinente acotar que, antes de hacer un relato acerca de cualquier tipo de representación laboral, es básico, explorar como cuestión de fondo, cuál es el fundamento de esa la representación; es decir, cuál es el soporte ético, moral, axiológico o filosófico, en el que descansa el hecho de que un sujeto delegue su posibilidad de auto-representarse, a una instancia alterna; y cuáles son las bases racionales en las que dicha instancia, asume como legítima su posición de representadora.
En términos llanos, se entiende que una representación sindical, es aquella que atañe a la asunción de funciones de mediación entre los intereses comunes de los trabajadores en cuestión (los sujetos) y su contraparte patronal. Bien; si a esta somera referencia nos atenemos, para el caso del magisterio, no tendríamos que meditar demasiado para recordar que, en el terreno de lo fáctico, esa mediación se ha venido efectuando, desde la dirigencia del SNTE, muy al margen de los intereses comunes; siendo el más emblemático, el de la certeza laboral, al menos durante los últimos seis años.
En ese sentido, y considerando como principio, que ocuparse de la certeza laboral es la razón de ser de la representación del trabajador por antonomasia (puesto que, sin certeza laboral, no hay caso ni sujeto de representación); puede asumirse que la dirigencia anterior, se ocupó de anular la base fundacional (ética, moral y axiológica) del otrora “sindicato más fuerte de Latinoamérica”. Por supuesto, considero que no es necesario aquí el recuento detallado de las acciones simbólicas del SNTE que, en plena boga del discurso oficialista rampante, no fue capaz de ejercer el mínimo contrapeso, ni ejercer funciones de mediación; sino antes bien, en una colusión antinatural de sus actores centrales, con los timones económicos del estado; los “representantes” de unos representados virtuales, sesgaron sus frentes hacia la propaganda, la complacencia y la lógica acomodaticia. Tras esta anulación de la base fundacional, queda como telón de fondo un razonamiento elemental, consistente en que la legitimidad del SNTE como interlocutor válido del magisterio, es en el imaginario social, cuando menos ostensiblemente cuestionable.
En este contexto, y en medio de los avatares recientes del escenario político nacional y local, donde se baten aún, pugnas por acendrar en la memoria civil, las nociones de “Transformación de la vida pública de México” y de “Refundación del estado de Jalisco”, mediante operaciones simbólicas y tesones verbales; el gremio magisterial del estado de Jalisco, especialmente las dirigencias de las secciones 16 y 47 del SNTE, así como otras agrupaciones que se asumen como expresiones disidentes; se encuentran en una tensión continua, por definir cómo se insertarán en el vórtice de la toma de decisiones y de la interlocución, o más bien, cómo accederán a una capitalización efectiva de esa interlocución; y para ello, la asunción del estatus de “interlocutor válido” o “interlocutor legítimo”, es conditio sine qua non.
Las indefiniciones y vacilaciones de la federación y el estado, en torno a las condiciones concretas que prevalecerán para el gremio magisterial durante esta nueva gestión, han propiciado escollos para quienes vislumbran con toda claridad, la evidente debilidad de las representaciones sindicales: La CNTE, por su parte, se incrusta en las dinámicas de la política actual, mediante la visibilización de algunas aristas problemáticas presentes en las propuestas de reforma del gobierno entrante; con el sensible lastre que le representa la impopularidad y la poca evolución de sus esquemas de acción colectiva: aún se replican los mecanismos de presión, se centraliza la coordinación, se confunde el argumento con la arenga, y el diálogo con el panfleto. No obstante, y pese a todo (quizás también debido al efecto halo del inicio del gobierno federal), ha logrado en el corto plazo, una imbricación efectiva, reconocible y reconocida; y con ella, de manera adyacente, las expresiones disidentes locales; es decir, ha abonado a su capital simbólico de legitimidad.
Por otro lado, las expresiones emergentes de organización gremial (Maestros por México, como ente visible), van en encomiendas que no terminan de ubicarse abiertamente ni como recipiendarias de la tradición del clientelismo, ni como vanguardias de la horizontalidad democrática. Quizás tras las huellas de los patrones de intervención que tanto justificaron la injerencia en la vida pública de las denominadas organizaciones no gubernamentales (ONG), encuentren canales para incorporar miembros, ganar adeptos y proyectar liderazgos. Para este caso, los personajes ya conocidos, los perfiles ya sabidos y formados a la sombra del folklor sindicalista, constituirán la loza que pesará sobre los hombros de su configuración orgánica: eventualmente se mostrarán, eventualmente se velarán a sí mismas.
Empero, el SNTE proyecta el rictus habitual de mantenerse a la expectativa de una línea de acción, a la vieja usanza; al parecer, sin comprender institucionalmente que, a estas alturas, la lógica institucional debe correr en tiempo real con los acontecimientos: no sólo debe revisarse a detalle la legislación en curso de aprobación y emitirse con fluidez y certeza un posicionamiento claro, sino que debe de actuarse para comunicar, captar las impresiones de los “representados”, y tomar decisiones que impliquen con mayor denuedo a las bases (movilizar). La lentitud, el pasmo institucional y el conservadurismo que ha mostrado el SNTE, frente a las instancias que asumirán los escollos de la situación, son manifestaciones que sólo ratifican su condición de ente obeso y de lento aprendizaje.
Corolario: Todo lo anterior, viene a colación del recientemente efectuado Foro llamado “Legislación para el fortalecimiento de la Educación y la Escuela Pública”, convocado a nivel nacional, para tener lugar en cada estado; pues bien, a propósito de dicho espacio, más allá de las relatorías y análisis que se realicen en otras instancias, baste acotar en este segmento que, debido a que los sujetos “representados” ya cambiaron, que las condiciones del estado de bienestar han sido replanteadas, y que la crisis de legitimidad de las entidades “que representan” es patente, queda claro que no son para estos tiempos: ni las prácticas de control de lo que se vierte o no en los foros de análisis o discusión, ni la ponderación de la autocomplacencia sobre el rigor crítico, ni la delimitación sectaria de la diversidad de expresiones, ni la prevalencia de la ficción que vacía de contenido al discurso, la localización de las propuestas en la sección de letras muertas, ni, mucho menos, la pleitesía y la ritualización de las maniobras para mantener vigente un esquema de relaciones representados-representantes, en donde se sigue considerando el axioma de la política ficción, donde no hay peor representado que el que no quiere que lo representen, y no hay mejor, que el que ignora que está siendo representado.
Para concluir, me resta sólo acotar que, cualquier entidad que represente o diga representar a los maestros, deberá, necesariamente fundar sus criterios de interlocución, en bases filosóficas y de acción más próximas a sus “representados”, al interés común frente al sectario, a la congruencia, a la labor crítica frente a las disposiciones patronales, a la velocidad de los acontecimientos y las comunicaciones, a la no ficción y al compromiso genuino de la interlocución representativa y democrática. De no iniciarse en estos menesteres, seguramente pasarán la estafeta equivocada a la siguiente generación de liderazgos, cacicazgos, mayorazgos o cual sea que fuere la modalidad en que la heredad de la “interlocución legítima” tomare forma.

*Doctor en Educación. Supervisor de Educación Primaria. moyagualv@hotmail.com

  • Luis Sandoval Naranjo
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    Es claro que nuestros representantes sindicales del sexenio anterior dejaron mucho que desear tal y como su poder de convocatoria sólo era —o todavía será— con sus allegados, si es que así quieren seguir; la estafeta que entregan a nuestros dirigentes recién llegados está en el piso, es cuestión de “ellos” dejarla ahí o levantarla y reconstruir el camino indicado en conjunto con sus agremiados.

  • Martín Ramírez Villalaz
    Responder

    Los supuestos líderes tienen hoy una gran oportunidad, trabajo y servicio para reivindicación; sabrán aprovecharla…..solo el tiempo lo dirá.

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