Somos pobres

 en Rodolfo Morán Quiroz

Luis Rodolfo Morán Quiroz*

Por razones que no siempre se comprenden, las instituciones que viven de los tributos que recolecta el sistema de administración de estos suelen ser deficitarias. Podría pensarse que no hay contribución impuesta al pueblo que alcance. Podría ser que las necesidades excedan con mucho la cantidad de recursos que se pueden recaudar. Algunos sospechamos que el pago a las burocracias a veces es más caro que resolver las necesidades para las que se creó determinado sistema de administración racional de los recursos fiscales. O puede ser que las necesidades a cubrir sean tantas que quienes las sufren “no tienen llenadera”, como dice la expresión popular. Que las necesidades sociales sean un pozo sin fondo, mientras que las arcas que contienen el dinero público tienen una capacidad limitada.
El caso es que en las escuelas públicas, que viven gracias a los impuestos que pagamos para que funcione el estado y su gobierno, los recursos suelen ser insuficientes. Y si en las empresas privadas no se podría continuar sin los insumos, sueldos, infraestructuras y demás recursos para las labores diarias, en las instituciones públicas se hace lo posible por continuar, aunque no haya dinero suficiente. La actividad continúa, muchas veces sin dinero para pagar salarios, a veces, aunque no haya materiales, en ocasiones sin suficiente infraestructura o los equipos mínimos. Así como sabemos de escuelas que funcionan a la sombra de un árbol, o a veces al rayo del sol, conocemos algunas instituciones de educación pública que pasan semanas o meses sin pagarles a sus docentes, o sin que cuenten con equipos o siquiera con electricidad. Y así siguen funcionando. Un poco mochas o un poco cojas, pero continúan sus procesos.
En nuestro país hay muchas instituciones de educación, en distintos niveles, que no cuentan con las máquinas, los salones, las condiciones físicas o de materiales de consumo necesarios para trabajar a ritmos adecuados a lo que se exige a su personal y sus usuarios. Mientras tanto, ya lo han señalado muchos críticos, los funcionarios de estas mismas instituciones sí tienen para festejar a sus superiores, para organizar rituales de oropel o para contratar cursos o espectáculos que poco abonan a las tareas del aprendizaje y la enseñanza.
Ciertamente: somos pobres y aunque se argumente que por unos pocos pesos que se gasten en jolgorios no se resolverán los problemas de falta de recursos, la actitud de dejar para después la atención de los problemas más urgentes o más caros, acaba por minar la posibilidad de que se construya una postura de austeridad en la escuela para encauzar los recursos a lo sustantivo. Somos pobres y el jolgorio no nos dejará más desposeídos, se dice, de tal modo que se perpetúan las prácticas de dispendio que evitan que los recursos lleguen un poco más allá. A unas cuantas horas más de energía eléctrica, a infraestructuras más dignas, a equipos más actuales, a materiales que alcancen para todos los estudiantes.
Somos pobres en este país y en nuestras escuelas. Y a veces los recursos se van en tareas que no aportan más que al rejuego burocrático y poco a los procesos se enseñanza y aprendizaje.

*Doctor en Ciencias Sociales. Profesor del Departamento de Sociología del CUCSH de la UdeG. rmoranq@gmail.com

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