Ser maestro en tiempos de guerra

 en Alma Dzib Goodin

Alma Dzib-Goodin*

El tema del número especial para el Día del Maestro este año lo titularon: ser maestro antes y después de la Reforma Educativa. Nunca me quedó clara la idea de la Reforma Educativa, más allá de que centra los cambios en las formas del quehacer docente y nada en torno a cómo enseñar mejor. En este sentido, creo que no ha habido cambios en las formas de ser docente, excepto quizá, un poco menos de respeto por parte de la sociedad hacia la labor que día a día se lleva en el aula.
Los maestros en México no cuentan con apoyos educativos que les permitan centrarse en los niños con problemas mayores. No hay la figura de asistentes educativos que no solamente descargan de un poco de la presión en las aulas, sino que benefician el trabajo en grupos pequeños.
Al contrario, el docente se ha visto con más y más actividades, que van desde la preparación de las clases, la aplicación de evaluaciones nacionales e internacionales, preparación de las evaluaciones de cada ciclo, la clase de arte, reuniones con padres de familia, revisión de tareas… más la preparación de los festivales por cualquier fecha que lo amerite en el calendario.
Viven el acoso constante de directivos y padres de familia, para que los niños aprendan, aun cuando no se proporciona las condiciones idóneas para ese aprendizaje.
Aprender, desde el punto de vista social en México, se ve como un medio de producción en una fábrica, donde se pasan los mejores años de nuestras vidas en salones de clase, que se convierten en espacios estériles, donde se ha de responder a constantes exámenes que fingen ser el control de calidad de un proceso que nada tiene que ver con la realidad que se vive en los centros laborales. Por ende, el eje de producción final es desempleados, narcos o políticos.
Si acaso algo sale mal durante el proceso, menos del 10% encontrará apoyo o empleo en el extranjero y tendrá otras oportunidades, pero casi nunca esos renegados vuelven a apoyar en el proceso.
Todos sabemos que la educación no es la mejor del mundo, pero seamos honestos, tampoco hacemos mucho por mejorarla. No confiamos en los niños y su capacidad de resolver problemas, pues es más fácil hacerle las tareas. No son capaces de plantear preguntas o ser parte de un debate, porque la única forma en que responde preguntas es con exámenes cerrados de opción múltiple. Los exámenes de PISA que requieren análisis y síntesis de información básica, están totalmente fuera de su alcance.
Los niños ven la escuela como una obligación y al maestro como el dragón de 100 cabezas escupe-fuego al que hay que tolerar todos los días. En casa y en las noticias han visto y escuchado hasta el cansancio que los maestros son una parte malsana de la sociedad, así que no se les brinda el mayor respeto, por eso circulan por la red frases ofensivas como: prefiero ser gigolo que maestro.
El gobierno no les proporciona lo que necesitan, por ello no paga por asistentes o por sueldos dignos, porque piensa que no les debe nada, cuando se inició con la educación masiva hubo la promesa (y que aun prevalece) que daría mejores herramientas de vida.
Si, lo sé, el panorama no es lindo, pero igual que la postura de Newton, tenemos que decir que, sin embargo, se mueve… los maestros se levantan cada día para ir a trabajar, a veces con el sueño dibujado en su rostro o con el dolor de estómago que no se pudieron quitar con el café mañanero.
Llegan a contar a los niños que asisten, sufren con las historias que a través de las redes sociales llegan a saber en secreto, de la vida triste de los niños. Entienden claramente por qué un niño no leerá al final del ciclo y que cualquier esfuerzo será en vano, pues no hay quien le ayude en casa.
Trabajan en los lugares más peligrosos, donde la drogadicción está levantada a las 7 de la mañana y, sin embargo, los maestros están ahí, tratando de rescatar a un niño a la vez. Aguantando insultos, robos y, hasta pagando el lunch de un niño o dos, porque ellos saben lo que es ir a la escuela con el estómago vacío.
Así son los maestros, héroes que viven con un mínimo salario, que ponen de su bolsa para pagar copias o plumas, para que los niños no carezcan de lo que necesitan. Y, sin embargo, siguen adelante sabiendo que sus condiciones de vida lejos de mejorar van a empeorar cuando llegue la jubilación, pues cada gobierno se ha llevado una pequeña tajada.
Ojalá se reconozca que su labor cambia la vida y, a veces, solo a veces, deciden que no vale la pena el intento, porque su sonrisa siempre decide florecer, aun cuando no puedan más. Si le diéramos dignidad a la carrera magisterial, le daríamos bien estar al país entero, pero eso, eso no sucede en México.

*Directora del Learning & Neuro-Development Research Center, USA. alma@almadzib.com

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