Ser maestra rural

 In Cuentos y relatos del magisterio, Viajes

María del Rocío Ofelia Ruiz*

“¿Por qué pintaste el burro morado?

Mi viaje como maestra inició en un colegio particular en el cual estuve siete años, en los cuales todos los días debía ir vestida “de traje sastre” para dar buena apariencia a la imagen institucional y salir airosa del escrutinio de padres de familia que veían la apariencia por encima de la vocación y, en algunas ocasiones, creían que una colegiatura garantizaba buenas calificaciones; esto me motivó para ingresar al Sistema Educativo Mexicano, que cambió mi visión de ser maestra y, por ende, mi vida para siempre.
Fue después del primer año donde el cambio era obligatorio; elegí el pueblo más alejado de toda urbe, con el afán de alejarme de todo lo citadino y ver por propios ojos lo que tantos maestros me habían contado sobre ser una maestra rural. Esto era un desafío y un giro a mi profesión, así como a mi vida, que hasta ese momento había disfrutado de las facilidades que daba tener todos los servicios al alcance de mi mano, con centros comerciales que proporcionaban lo necesario a cualquier hora.
Previo al inicio del ciclo escolar, decidí visitar el lugar para conocer la escuela que sería mi hogar por un ciclo escolar. El camino era sinuoso, lleno de peligrosos barrancos, pero de extrema belleza por los paisajes que se abrían ante mis ojos, con un silencio que llenaba de tranquilidad mi agitado corazón; no podía ir a una gran velocidad por el riesgo que representaba y así, después de casi cuatro horas de camino, encontré una entrada empedrada que era uno de los dos accesos al pueblo. Ilusoriamente le comenté a mi pareja: —Si el pueblo tiene 800 habitantes, puede ser que haya una bodega Aurrera. —¡Qué equivocada estaba!
Me encontré con un pintoresco pueblito, con sus calles empedradas, una iglesia frente a un pequeño, pero bien cuidado jardín. No había gente en las calles, solo aquellas que, por curiosidad de un nuevo coche entrando al pueblo, salían a ver quién llegaba. Hicimos parada en una tiendita de esas en las que pareciera que el tiempo no pasa y la primera pregunta de la señora que atendía fue: —¿Usted es la nueva maestra, verdad? —a lo que respondí muy contenta que sí. Fue de esta manera que comenzó esta travesía que me llenó el corazón de alegría y mi vida de una paz que no sabía que existía.
La escuela era pequeña, con seis salones, un patio central, baños, una cancha de futbol de tierra que hacía de alberca cuando llovía y una cocina con todo lo necesario para procesar los alimentos que daban a los niños por ser escuela de tiempo completo. Fue en ese lugar donde mi experiencia y conocimientos dieron un vuelco que me haría repensar mi forma de estar frente a un grupo.
Me asignaron tercer grado, con 28 alumnos, de los cuales 5 no sabían leer (mi primera sorpresa y reto). Para no hacer el cuento largo, en una ocasión que estaba dando el tema de seguridad, mostré un semáforo con sus respectivos colores, explicando lo que cada uno significaba, y lancé una pregunta que estaba segura iba a ser respondida como lo hacían los niños del colegio (que los atropellaría un carro):

—¿Qué pasaría si se atraviesan la calle sin fijarse en los dos lados?
—Ay, maestra, pues las vacas o borregos nos avientan.

Fue en ese momento que comprendí la diferencia entre ser maestra citadina y maestra rural, con toda la simpleza que el momento me otorgó la lucidez para modificar la práctica en todos los sentidos, comprendiendo que no todo era como lo pensaba y que los niños en su inocencia no medían las palabras o entendían el doble sentido como lo experimenté días después.
Era un día cualquiera, cuando al estar dando clase observé que una alumna estaba volteada platicando con un compañero sin prestar atención a lo que decía y cuando me di cuenta le dije en un tono un tanto sarcástico: —Si estás tan a gusto platicando, pues voltea tu banca para que no te tuerzas el cuello. —Y ¡oh, sorpresa!… La niña volteó su banca y siguió platicando como si nada, cuando yo pensaba que se iba a callar y poner atención.
Estas y muchas otras situaciones me hicieron ver que aún existe inocencia en los niños, que somos los adultos los que con nuestros actos manipulamos situaciones a nuestro favor y que el ser maestro implica mucho más que transmitir conocimientos, conocer planes y programas y llevarlos a cabo con la distribución de horarios impuestos; el ser maestro es ir más allá de lo que una carita triste esconde, es comprender que llegar tarde es porque los niños caminan más de un kilómetro para llegar a la escuela y que una mirada dice mucho más que mil palabras.
Y como el tiempo no se detiene, en el transcurso del ciclo escolar logré que todos mis alumnos leyeran, aprendí a silbar con los niños mientras copiaban una lección, compartí la aventura de aventar avioncitos de papel con hormigas como pasajeros, a reírme de un dibujo de un burro morado porque al niño le gustaba ese color y a dar caminatas con mis alumnos alrededor del pueblo para explicar la historia, pero, sobre todo, aprendí que el ser maestra rural nutre el espíritu y otorga una paz verdadera por el bien cumplido.
Ser maestra rural es para siempre; las vivencias son tesoros en el corazón y los recuerdos me dibujan una sonrisa en los labios. Ahora soy formadora de formadores y siempre les digo a mis alumnos que ser maestra rural cambió mi vida y la forma de ver la docencia y me mostró el verdadero acto de servir.

*Doctora en Ciencias de la Educación. Benemérita y Centenaria Escuela Normal Oficial de Guanajuato. Académica de la Licenciatura en Educación Primaria. m_rocior@bcenog.edu.mx

Leave a Comment

Start typing and press Enter to search