Sé tú mismo, pero no demasiado

 en Alma Dzib Goodin

Alma Dzib-Goodin*

Hace un rato leí un poema atribuido a un niño de 2 años de edad, donde explica de un modo brutalmente claro el transcurrir de la vida de todos. Cuando el niño quiere correr, lo detenemos porque puede parecer desenfrenado. Dice haberse molestado porque quería vestirse el mismo, y sus padres lo han frenado, porque tienen prisa y prefieren hacerlo ellos mismos.
Cuando ha querido comer él solo, le han pedido que no lo haga, porque no desean limpiar sus desastres; cuando ha intentado subir escalones con la fuerza de sus piernas, le han tomado de la mano, para que lo haga deprisa. Más tarde le han regañado porque le piden recoger sus juguetes y cuando pacientemente espera que lo hagan por él, pues todo el día le han dicho que hay prisa, que no puede, que es mejor que no lo haga, le han regañado de nuevo, porque no hace lo que le han pedido.
El poema es cruelmente cierto. Pasamos la vida en una paradoja que comienza desde la infancia, en la cual nos dicen qué hacer, y cuando lo hacemos nos dicen que no. Pasamos desenmarañando esa larga cadena de repetidos no para poder discernir que sí.
No te subas al árbol porque te caes, pero tiene uno que cuidar de la naturaleza, a la cual no se le conoce, porque nunca se le ha tocado. No juegues en la calle, pero debes saludar al vecino cuando pasa, aunque no se le conozca. Haz la tarea, pero cuando llega mamá dice que así no se hace. Lee en voz alta, pero la maestra regaña si no se hace bien…
Cuando uno crece, debe decidir qué es lo que quiere hacer en la vida, pero no seas ni cantante, ni deportista, ni científico porque eso no deja nada bueno. Tampoco seas ama de casa, porque se ve mal, no seas activista, no seas famoso, porque siempre habrá alguien que decida fastidiarte la vida.
Cuando el niño hace algo recibe un no porque no debió hacerlo así, si no hace, es otro no, porque no hizo. Si grita es porque tiene déficit de atención, si no grita, seguro es autista…
Si decide hacer ciencia y trata de ir en contra de las normas, es un no, si sigue las mismas líneas, es otro no, debes innovar, si rompe el molde, es otro no, pues todos esperarán con ansias que fracase.
Deshebrar todo ello es cansado, pero arrojarse a la aventura y ser uno mismo siempre tendrá un precio, y si bien hemos sobrevivido a todas las paradojas, muchos aceptarán el status quo. Entrarán al molde para evitar problemas, o eso creen, porque siempre, siempre hay un no en el camino.
Si uno sigue la vida simple de ir al trabajo y de regreso a casa, entonces se es dueño de una vida aburrida. Si decide comenzar la fiesta, seguro terminará mal. Vivimos tiempos en que la sociedad está en la vida de todos, menos en la suya. Cada perfil en las redes sociales son una ventana desde donde es posible observar lo que el otro hace, y así continuar vomitando los no con los que hemos vivido, posiblemente desde antes de nacer, porque es cierto que para cuando cumplimos los 2 años, ya somos capaces de darnos cuenta de ellos.
Si acaso sobrevive a las críticas, a los no y a los miedos, el premio es ser uno mismo, y tendrán sentido esas palabras que escuchamos desde niños: sé tú mismo, que no te importe lo que digan los demás… lo que nunca agregan es: que no te importe lo que tu madre, tu padre, tus vecinos, tus abuelos, tus tíos y tías, sobrinos, hermanos, compañeros de clase, maestros, entrenadores, y seguidores en las redes sociales piensen… ¿perdón?, ¿cuándo dejamos de ser seres sociales?
La tecnología es mala para las personas, pero… ¡oh, disculpen, he recibido un email, o alguien acaba de actualizar su estado en las redes sociales!… creo que vivimos en un momento en que las paradojas inevitablemente dejarán una huella en las generaciones, porque ser uno mismo será más difícil.
Invito a que seamos conscientes de lo que decimos a los demás y que descubramos nuestras paradojas, y de ser posible, evitarlas.

*Directora del Learning & Neuro-Development Research Center, USA. alma@almadzib.com

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