Salubristas
Luis Rodolfo Morán Quiroz*
Hay un (pequeño) grupo de estudiantes que han decidido que quieren aprender lo que yo quiero enseñar y han decidido que es importante. Ellos van a incorporar nuevas formas de pensar a sus marcos analíticos básicos (…) y eso va a cambiar la manera como ven el mundo (…) eso va a cambiar sus vidas. Esos son los estudiantes que realmente motivan a un maestro, lo que hace que valga la pena levantarse por la mañana para ser un maestro.
David A. Turner (2015)
Fue Ignaz Philipp Semmelweis (1818-1865), oriundo de la ciudad de Buda, antes de su unión con la población de la ribera frontal de Pest, quien descubrió que la incidencia de la sepsis puerperal o fiebre puerperal (“fiebre del parto”) podía reducirse drásticamente desinfectando las manos. ¿Cómo era posible que en la sala del hospital general de Viena atendida por obstetras la tasa de mortalidad de las mujeres fuera hasta cinco veces más alta que la registrada en la sala que atendían las matronas? El lavado profundo de las manos reducía la mortalidad a menos del 1%, según los registros puntuales de Semmelweis. Los médicos, modestos como suelen ser, no aceptaron que ellos pudieran tener alguna responsabilidad en la muerte de las mujeres embarazadas, así que los profesionales de la medicina ni difundieron la práctica de lavarse las manos ni dieron crédito ni divulgaron la idea. Sería hasta que el químico y microbiólogo francés Louis Pasteur (1822-1895) confirmara la teoría de los gérmenes como causantes de las infecciones y Joseph Lister (1827-1912), con base en los descubrimientos de Pasteur, implementara el uso de los métodos de asepsia y antisepsia en cirugía que se aplicaran las ideas que Semmelweis había comenzado a poner a prueba en 1847. El proceso de pasteurización lleva el nombre de este científico francés y consiste en elevar la temperatura de los compuestos para eliminar gérmenes. El género de bacterias Listeria (que en 2024 contaba con 28 especies identificadas) lleva su nombre en honor a este cirujano inglés a quien la Universidad Nacional Autónoma de México otorgó el grado de doctor honoris causa en 1910.
De entre las especialidades de la medicina, la de salud pública es una de las más recientes, en especial porque se trata de una derivación que insiste más en la salud que en la medicina. En contraposición con la perspectiva que plantea que el papel de los médicos es CURAR las enfermedades, la salud pública y sus especialistas, a los que suele llamarse “sanitaristas” o “salubristas”, plantea que hay que PREVENIR las enfermedades. No es cuestión de diagnosticar, poner a prueba posibles remedios y devolver la salud a los individuos, sino anticipar la posibilidad de que los agentes patógenos lleguen a tener contacto con los individuos. En esta perspectiva, se ha insistido mucho en que las obras de ingeniería dedicadas a separar el agua potable de los drenajes son mucho más efectivas que las obras de ingeniería dedicadas a la construcción de consultorios, hospitales y quirófanos. La historia de la llegada de los salubristas a Jalisco pasa por la fortuna de los magnates del petróleo en Estados Unidos. Veamos algunos detalles de esa travesía.
La Fundación Rockefeller se estableció en 1913 por el propietario de la compañía petrolera Standard Oil, John D. Rockefeller (1839-1937), con el propósito explícito de “promover el bienestar de la humanidad en el mundo”. Este movimiento continuaba las ideas del magnate del acero Andrew Carnegie (1835-1919). Se trataba de un movimiento de “filantropía científica”, que Carnegie había proclamado en su ensayo “The Gospel of Wealth” (Carnegie, 1889). La administración de los recursos que se han concentrado en manos de unos pocos, dadas las leyes de la evolución de la especie, puede derivar en el beneficio de las masas más pobres, es el razonamiento de este movimiento filantrópico. El vehículo ideal para la filantropía de Rockefeller sería aplicar los hallazgos científicos al bien común, por lo que creó la Comisión Internacional de Salud, que se transformó, en 1927, en la División de Salud Internacional (International Health Division; IHD). Esta burocracia incluyó personal con oficinas centrales en Nueva York y con equipos de campo en París, Nueva Delhi, Colombia y México, lo que incluyó a funcionarios de docenas de gobiernos. Al atacar enfermedades que se consideraban síntomas del subdesarrollo, modernizar las instituciones de salud y promover la importancia de la salud pública, esto representó la oportunidad de ampliar las áreas geográficas de inversión y de aumentar la productividad de sus poblaciones. La oleada sanitarista fundó escuelas en América del Norte, Europa, Asia y Sudamérica. Entre las instituciones notables que fueron apoyadas con cientos de millones de dólares se cuentan instituciones como Johns Hopkins, Harvard, las universidades de Toronto y São Paulo, además de la Escuela de Higiene y Medicina Tropical en Londres. Al menos 2500 profesionales de la salud pública recibieron apoyos para realizar sus estudios de posgrado (Brown, 1979).
Varios becarios mexicanos recibieron apoyo de Rockefeller para estudiar salud pública en Estados Unidos (Solórzano, 1996) y en 1922 se fundó el Instituto Nacional de Salud Pública (Peregrina Pellón, 2022). Para el caso de Jalisco, vale la pena resaltar el caso de Roberto Acosta Bayardo (nacido el 9 de diciembre de 1911, en Ahualulco, Jalisco), becario Rockefeller en la Johns Hopkins, en Baltimore, Maryland, y graduado en 1945, quien trabajó en la Secretaría de Salubridad y Asistencia de Jalisco tras su práctica como sanitarista en el estado de Nayarit. Según reporta Pedro Luna Jiménez (S/F), en marzo de 1938 Acosta Bayardo presentó examen profesional en la Universidad de Guadalajara, Jalisco; en junio del mismo año inició su trabajo como director del Centro de Salud e Higiene de Ixtlán del Río, Nayarit. En 1941 llevó un curso por seis meses de Administración Sanitaria en la Escuela de Salubridad e Higiene de la Ciudad de México, Distrito Federal, habiendo obtenido un diploma de Médico Sanitario. En 1944 se le concedió una beca por medio de la Secretaría de Salubridad y Asistencia ante la Fundación Rockefeller; se trasladó a Baltimore, Maryland, en Estados Unidos de Norteamérica, a la Universidad de Johns Hopkins, obteniendo el título de Master of Public Health el 11 de junio de 1945. A su regreso a Nayarit, fue nombrado epidemiólogo, habiendo permanecido en ese puesto por más de cinco años, y después nombrado jefe de los Servicios Coordinados de Salubridad y Asistencia, cargo que desempeñó hasta 1956, en que solicitó su cambio a Guadalajara, Jalisco, como epidemiólogo; después desempeñó esa misma función en San Luis Potosí y, al regresar a Jalisco, se le nombró director del Centro de Salud núm. 3 en la ciudad de Guadalajara. También le tocó participar; pero ya como jefe de los Servicios Coordinados de Salud en el Estado de Nayarit, en la inauguración del Centro de Salud “B” con hospital “Monseñor Justo Barajas” de Ixtlán del Río, Nayarit, el 2 de diciembre de 1952.
Uno de los episodios de la lucha de la salud pública en nuestro país fue conocido por su referencia al “rifle sanitario”. Las reses contagiadas de fiebre aftosa eran sacrificadas, en parte porque el comercio de carne se vio bloqueado por el cierre de la frontera de Estados Unidos. El 2 de abril de 1947 se estableció la Comisión México-Americana para la Erradicación de la Fiebre Aftosa, acordando una campaña de inspección, cuarentena y sacrificio de animales enfermos. Cerca de dos mil animales se sacrificaron diariamente y se reporta que cerca de un millón de cabezas de ganado se sacrificó antes de que pudiera recurrirse a una vacuna (¡vacuna para las vacas!) de la que se aplicaron sesenta millones de dosis. La fiebre aftosa se declaró totalmente erradicada en 1955.
A pesar de la insistencia de Rockefeller de apoyar igualmente las medicinas alópata y homeopática, el énfasis en la medicina científica que realizara el clérigo bautista Frederick Taylor Gates (1853-1929), principal asesor de la Fundación y del propio Rockefeller, había derivado en menores apoyos para la segunda perspectiva médica. Desde la sociología de las profesiones, Solórzano (1996) analiza la formación médica desde la influencia internacional y filantrópica de Estados Unidos, por lo cual la enseñanza de la salud pública en México enfatizaba que la salud… debe fomentarse y protegerse. El concepto de salud escapó del microscopio y del medio de cultivo y se ubicó definitivamente como un fenómeno ecológico donde los factores sociales desempeñan un papel fundamental. Al mismo tiempo, la tendencia firme y progresiva de institucionalizar la medicina es avalada como un sistema congruente con la justicia social que preconizan las estructuras de los países latinoamericanos y que exige un personal consciente de su responsabilidad social.
En fin, se declara la guerra al tradicionalismo obsoleto imperante en la formación de profesionales, y con el apoyo decidido de l Organización Panamericana de la Salud, respaldada por el creciente número de graduados en salud pública en los distintos países, se introduce la enseñanza de la medicina preventiva y de la salud pública como parte de los programas docentes de las escuelas de medicina y en las de las ciencias afines. La batalla ha sido difícil; aún no se ha triunfado, pero, al menos, la meta está próxima: formar profesionales de salud y especialistas en salud pública capaces de orientar las políticas sanitarias de los países latinoamericanos.
En buena medida, la salud pública puede ubicarse como parte de lo que algunos autores (Sebeok y Eco, 1988; por ejemplo) denominan el “paradigma indiciario”. Detectives, médicos e historiadores se basan en indicios que les permiten inferir, ya sea por deducción, inducción o abducción (cfr. Niño, 2012), los sucesos anteriores, las causas o la evolución posible de determinados síntomas. Algunos de esos ejemplos se han tratado de una manera clara y amena no sólo en los libros de Sherlock Holmes de Sir Arthur Conan Doyle (1992; quien afirmara que si alguien estudia medicina, ya lo que venga resultará más fácil en la vida: “All work seems easy after the work of a medical education”), sino también en algunos contemporáneos como Berton Rouché (1991). De ahí la importancia no sólo de hablar largamente con los pacientes y sus familiares, sino de observar y enseñar a observar las condiciones que pueden atentar contra la salud o ayudar a conservarla. ¿Hay agua potable en su lugar de residencia? ¿Hay acceso a dietas saludables? ¿Qué come en la mañana? ¿Toma usted bebidas azucaradas o alcohólicas? ¿Hay retretes con agua corriente? Entre otras preguntas y observaciones necesarias. Detalles insospechados de las vidas cotidianas pueden estar asociados con la salud-enfermedad y padecimientos, incluidas las ansiedades no expresadas o las partes del cuerpo no mostradas, o las rutinas no descritas por considerarlas sin importancia, o vergonzosas, o inmorales, o indignas.
El trabajo de campo es importante en la salud pública, así como el palpar y observar los cuerpos es importante en la práctica clínica. Los esfuerzos y las enseñanzas de los salubristas suelen encontrarse también con pacientes desobedientes, de la misma manera que existen enfermos que no siguen las instrucciones o recomendaciones de sus médicos de cabecera. Con el añadido de que la salud pública suele complementarse con políticas públicas que requieren obras, supervisiones, presupuestos. Mientras que la salud pública se esfuerza por promover condiciones socialmente accesibles para promover la salud, la industria automotriz, la industria farmacéutica, las industrias de los refrescos embotellados, las galleteras y las tiendas mayoristas y minoristas siguen ganando la batalla para enfermarnos y para darnos la ilusión de felicidad espumosa. Por más que se canten las loas del triunfo de la salud pública, los humanos nos arreglamos para contrarrestar muchos de los logros en la mejora de nuestros medios ambientes. Es claro que la combinación con la actividad clínica es importante para comprender las políticas y la epidemiología: lo que está pasando en el entorno afecta a cada paciente individual. Así, por citar un ejemplo dramático, la contaminación del río Santiago es una historia trágica en Jalisco que no se podrá resolver jamás desde la atención a los pacientes individuales, aunque se hagan miles de trasplantes de los órganos afectados en las personas que viven en su cercanía.
Colín (2020) ha recopilado varios textos que ofrecen un panorama de los salubristas (o sanitaristas) en Jalisco, aunque cabe señalar que no sólo la profesión médica se ha ocupado de esta área. Existen profesionales de la enfermería, el derecho, el trabajo social, la psicología y hasta de las ciencias sociales que han enfatizado la salud pública, una perspectiva que continúa en su énfasis de promover la salud antes de que lleguen las enfermedades, en vez de esperar a que los individuos se conviertan en enfermos que padezcan determinadas afecciones. Quiero llamar la atención al mensaje que utilicé de epígrafe de este texto. Los salubristas son aquellos que pusieron atención a determinados cursos que no necesariamente forman parte de las corrientes dominantes en las carreras abocadas a la salud. En los párrafos previos al citado, Turner señala otros tres grupos de estudiantes: los que han decidido que lo que van a aprender no va a hacer ninguna diferencia importante en sus vidas; los que han decidido no aprender lo que se impartirá en un determinado curso, “el tema no les inspira mayor emoción” y estudiantes que han decidido no aprender y además rechazar activamente la asignatura. Los salubristas son aquellos estudiantes del pequeño grupo que decidió que la salud pública podría cambiar sus vidas y, muy probablemente, ayudar a preservar las vidas de muchas personas a las que no necesariamente tendrán que ver en consulta clínica.
Referencias
Birn A, Fee E. 2013. The Rockefeller Foundation and the international health agenda. The Lancet, 381, 1618-1619.
Brown, Richard. 1979. Rockefeller Medicine Men. Medicine and Capitalism in America. U of California Press.
Carnegie, Andrew. 1889. The Gospel of Wealth. En: https://media.carnegie.org/filer_public/ab/c9/abc9fb4b-dc86-4ce8-ae31-a983b9a326ed/ccny_essay_1889_thegospelofwealth.pdf Consultado el 2 de mayo de 2026.
Colín Ortiz, Jesús Roberto. 2020. Los precursores de la salud pública en Jalisco. Astra Editorial.
Mechanic, David. 1976. The Growth of Bureaucratic Medicine. John Wiley and Sons.
Niño, Douglas. 2012. Abducción e inducción en Peirce: evolución y criterios. Revista deSignis, vol. 20, julio-diciembre, 2012, pp. 153-161 Federación Latinoamericana de Semiótica.
Peregrina Pellón, Luis. 2022. Enseñanza de salud pública en la América Latina. En José Luis Valdespino, Jaime Sepúlveda, Eduardo Lazcano y Carlos Oropeza (compiladores). Crónica de la Escuela de Salud Pública de México, 1922-2022. Relación de sus protagonistas. Instituto Nacional de Salud Pública.
Rodin, Alvin E. y Jack d. Key (eds). (1992). Conan Doyle´s Tales of Medical Humanism and Values. Krieger Publishing.
Roueché, Berton. 1991. The Medical Detectives. Truman Talley Books.
Sebeok, Thomas y Umberto Eco. 1988. The Sign of Three: Dupin, Holmes, Peirce. Indiana University Press.
Solórzano, Armando. 1996. La influencia de la Fundación Rockefeller en la conformación de la profesión médica mexicana, 1921-1949. Revista Mexicana de Sociología, vol. 58, núm. 1, enero-marzo, 1996, pp. I7-20. ISSN: 0188-250S/96/05801-IO/
Turner, David A. 2015. Teoría y práctica de la educación. Siglo XXI editores.
*Doctor en Ciencias Sociales. Profesor del Departamento de Sociología de la Universidad de Guadalajara. rmoranq@gmail.com