¿Quiénes somos las jubilosas de veterinaria?
Silvia Ruvalcaba Barrera*
Somos las niñas que crecimos entre las décadas de los sesenta y setenta, jugando en la calle a las muñecas, a las comiditas, al bebe leche, al resorte, al júntate con dos, al stop, a los listones, a la pelota y brincábamos la cuerda.
Las que estudiamos la primaria en la escuela de nuestro barrio o colonia, que nos íbamos solas, que llevábamos lonche de frijoles con queso y cantimplora con agua de sabor, que nos daban dinero para “gastar a la salida” y comprábamos una paleta de hielo, una rebanada de fruta o una tostada con chile.
A las que nos mandaban a la tienda de la esquina y nuestras compras nos las entregaban en cucuruchos de papel de estraza o de periódico y que llevábamos una servilleta y hacíamos fila para comprar las tortillas.
Las que cursamos la secundaria en una escuela a veces más alejada de nuestra casa y, sin embargo, seguimos yendo solas. Las secundarias estatales tenían un programa educativo por asignaturas (matemáticas, español, civismo, historia, física, química, etcétera); los colegios, además de las asignaturas, incluían formación religiosa, ya que generalmente estaban vinculados a congregaciones católicas; mientras que las secundarias técnicas fueron pioneras en la formación por asignaturas (español, matemáticas e inglés), por áreas de conocimiento (ciencias naturales y ciencias sociales) y áreas tecnológicas, que brindaban formación para el trabajo.
Las que fueron a esas escuelas emblemáticas y exclusivas para señoritas, y que recibían apodos dependiendo del color del uniforme, por ejemplo, “las monjas” de la uno, cuyo uniforme era un vestido tipo jumper azul marino; “las servilletas” de la 2, por su uniforme a cuadros; “las jericallas” de la 3 debido al color amarillo de su uniforme; “las pepsis” de la 4 por su uniforme rojo y azul marino; “las favoritas” de la 6 por su uniforme verde y blanco como el refresco de esta marca. Las que fueron a esos colegios tradicionales como el Instituto de Ciencias, el Cervantes, el American School, el Sagrado Corazón y el Lomas del Valle y las que fueron a las secundarias técnicas (federales) como la 25, la 61, la 54 y la 182.
Somos las jovencitas que escuchábamos música de Camilo Sesto, José José, Julio Iglesias, Roberto Carlos y Mocedades; de grupos locales como los Freddy´s, los Solitarios y los Muecas; baladas en inglés con The Carpenters, Bee Gees, Cat Stevens y Elton John.
Las que coleccionábamos estampitas de “Amor es”, leíamos las aventuras de Archie, las notitas musicales y las fotonovelas como Cita, Chicas, Linda y Fiesta, recortábamos los pósters de los ídolos del momento como David Cassidy, Donny Osmond, Fernando Allende, Ricardo Cortés y Valentín Trujillo para decorar nuestros cuartos o forrar nuestros cuadernos.
Somos las que cursamos la preparatoria en un plan de estudios dividido en asignaturas básicas y en áreas de conocimiento denominado Bachillerato con Adiestramiento, instituido en la Universidad de Guadalajara en la reforma educativa de 1972; con un enfoque de formación integral que permitía a sus egresados contar con las competencias para un trabajo técnico y servía como propedéutico para cursar estudios superiores.
Las que asistíamos tres días a la preparatoria para cursar las asignaturas básicas (física, química, matemáticas, biología, historia, etcétera); dos días a las áreas, en donde cursábamos materias del adiestramiento que habíamos elegido previamente entre las áreas médico-biológicas, que se impartían en las instalaciones de lo que actualmente es el Centro Universitario de Ciencias de la Salud; las industriales, las administrativas y las pedagógicas en instalaciones del actual Centro Universitario de Ciencias Exactas e Ingenierías. El área seleccionada dependía de la carrera que pretendíamos estudiar.
Y escuchábamos una mezcla de rock y pop en inglés con el grupo ABBA y bailábamos música disco con Donna Summer y Gloria Gaynor cuando acudíamos a las tardeadas (sin venta de alcohol) en las discotecas Barba Azul, Arlequín, Real de Minas, Osiris y la recién inaugurada The Plantation.
Somos las que cursamos una licenciatura, Biólogas, Médicos Cirujanos Parteros, Químicas Farmacobiólogas y Medicina Veterinaria y Zootecnia (la mayoría), y que al final de la carrera buscamos o fuimos invitadas por un profesor o profesora mentor o mentora a su proyecto, su laboratorio o su área de trabajo; que nos dirigió o nos asesoró la tesis, o que simplemente nos brindó el apoyo, la protección, la mano amiga y la recomendación para ingresar al cuerpo docente de la Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia de la Universidad de Guadalajara, al principio sin sueldo, con sueldo compartido o con bajo sueldo.
Somos las que, con esfuerzo, dedicación, disciplina, preparación, resiliencia, permanencia, paciencia, metas y objetivos claros y precisos, llegamos a conformar una generación de docentes con reconocimiento institucional, de nuestros colegas y de nuestros compañeros; pero, sobre todo, de nuestros alumnos, porque cada semestre en las graduaciones siempre estuvo presente más de alguna de nosotras para recibir un diploma de reconocimiento como maestra destacada y qué decir de aquellas cuyo nombre fue asignado a las generaciones de egresados porque fuimos elegidas como madrinas de generación.
Somos las que vivimos y participamos activamente en las actualizaciones del plan de estudios, desde que en 1987 pasó de anualidades a semestres y se incluyeron materias nuevas como computación y optativas como cunicultura y todo eran mapas conceptuales.
Nuestras herramientas de clase eran casi siempre pizarrón, gis y borrador. Nuestras innovaciones fueron carteles, gises de colores, diagramas, atlas y colecciones de especímenes de anatomía, histología, parasitología, etcétera.
Por los noventa surgieron los pizarrones blancos con marcadores de colores y empezamos a usar las computadoras personales, casi siempre de forma compartida. Eran de muy baja capacidad y velocidad, tenían monitor de 14 pulgadas, monocromático, con fondo negro y letras verdes fluorescentes; se requería un disco flexible (floppy) para el arranque y otro con el sistema operativo mediante comandos y uno más para almacenar la información. Estos discos eran muy frágiles, especialmente al calor, y usábamos cajas de plástico portadiscos para protegerlos. Y más de alguna de nosotras perdió la información cuando alguno de nuestros discos de asoleó de más.
Somos las que usábamos impresoras de matriz de puntos, con hojas unidas a manera de acordeón y que tenían unas cintillas laterales que encajaban con un engranaje de la impresora y que al final debíamos separar con el riesgo de que hubiese quedado texto sobre la ranura entre hoja y hoja.
También somos las que hacíamos nuestros acetatos con marcadores de tinta indeleble y elaborábamos diapositivas tomando fotografías de animales, instalaciones, equipo, tejidos, ejemplares de repositorios, documentos impresos como carteles, libros o revistas para reproducirlos en los proyectores que ya estaban disponibles en los diferentes departamentos, pero que debíamos apartar con anticipación.
Somos las que, en 1994, cuando se creó la Red Universitaria, surgieron los Centros Universitarios y se actualizaron los planes de estudios a créditos, argumentamos que la carrera era medicina y que debería pertenecer al CUCS. Nuestros argumentos no fueron aceptados, fuimos adscritas al CUCBA y nos mudamos a Las Agujas.
Ya éramos las maestras que impartíamos clases empleando pintarrón y presentaciones en PowerPoint y proyectábamos videos en VHS reproducidos en una videocasetera y proyectados en un televisor de 24 pulgadas, a veces colgados en el techo y con una estructura metálica de protección, y algunos salones ya contaban con computadoras.
Estaba creciendo el uso de internet para consulta de artículos en línea y el correo electrónico en las plataformas Yahoo y Hotmail, así que somos las que creamos una cuenta con nombres como quesopanyvino, quesoroquefort, chiquitaperopicosa, lamorenadefuego, taquitosalvapor, salchilitoylimon, etcétera. Considerábamos el correo electrónico como un anonimato académico y eran muy pocas quienes empleaban sus nombres reales. La información digital se almacenaba en discos compactos y empezaron a divulgarse CD‑ROM con colecciones de imágenes y videos académicos.
Somos las que al inicio del nuevo siglo (XXI) ya contábamos con recursos digitales como el acceso a bases de datos veterinarias para la docencia y buscábamos que nuestros alumnos gestionaran su propio aprendizaje a través de programas de formación en línea, de plataformas y software de creación y distribución gratuita, así como de manuales y protocolos digitalizados.
Somos las que siempre estuvimos actualizándonos, las que cursamos maestrías y doctorados, las que con mucho esfuerzo, productos de investigación y docencia, logramos ascender en la clasificación, nos consolidamos y empezamos a notar cierta brecha generacional.
Las que nos actualizamos en el uso de tecnologías digitales, aprendimos a diseñar cursos y participamos en seminarios internacionales en línea, transformamos nuestras didácticas docentes en metodologías de aprendizaje basado en proyectos, diseñamos y utilizamos rúbricas para evaluar a nuestros estudiantes y que, al igual que nuestros alumnos, aprendimos el uso de plataformas y aplicaciones para teléfonos móviles y sobrevivimos a la pandemia de COVID-19.
Somos las que disfrutamos de una merecida jubilación, las que aprovechamos nuestra experiencia y nivel intelectual en el desarrollo personal, el voluntariado, en actividades físicas y artísticas, en nuestro bienestar personal, en viajes, o simplemente disfrutando con nuestra familia.
*Doctora en Educación. Docente jubilada por el Cucba de la UdeG. silviaruvacaba@gmail.com