Que lo resuelva su abuela

 en Rodolfo Morán Quiroz

Luis Rodolfo Morán Quiroz*

Durante décadas, mi padre utilizó máquina de escribir. Hizo la transición de las máquinas mecánicas a las eléctricas en una época en que las cintas se embobinaban de un lado al otro una sola vez. Cuando nos pasó a sus hijos la primera de ellas, optamos por rebobinar la cinta y utilizar los espacios que habían quedado en negro, sin que la tinta plástica que la cubría se hubiera transferido a las hojas de papel. Los hijos hicimos la transición a las computadoras en épocas en que todavía había que pulsar cuatro teclas para que se produjera una sola letra acentuada. Pero mi padre siguió todavía varios años más con su máquina de escribir.
Hasta que mi hermana mayor lo convenció de que se modernizara. Mi padre adoptó al fin el uso de la computadora y le costaba mucho trabajo pensar que la pantalla sustituía al papel: cada vez que sus textos estaban a punto de alcanzar el margen, pulsaba la tecla para pasar a la siguiente línea, como había hecho durante tantos años. Así que cada línea se convertía en un párrafo. Lo que no le causaba mucho problema para las historias clínicas, aunque le frustraba lo difícil que le resultaba imprimir la siguiente parte de la historia a la altura correcta, siguiendo la parte impresa en donde se había quedado en la sesión anterior con ese mismo paciente. Hasta que se dio cuenta de que no era necesario imprimir cada vez la historia clínica, sino asignarle un nombre a cada expediente y volver a abrirlo la próxima vez que apareciera su paciente para consulta.
Ahora su preocupación era que se le borrara la historia de la computadora, así que convenció a mi hermana de adosarle una memoria adicional como respaldo. Las líneas equivalentes a párrafos sí le causaron algunos sinsabores cuando preparaba presentaciones públicas, hasta que aprendió que no era necesario pulsar la tecla para que la computadora pasara a la siguiente línea. Tras varios meses logró una relativa familiaridad con la computadora en su consulta privada y, en su papel de funcionario estaba convencido de que bastaba dictar los oficios y luego revisar, antes de firmarlos. Con lo que descubría una gran cantidad de errores en los textos, que la secretaria u otro personal subordinado tenía que corregir antes de que él se atreviera a firmar.
He recordado esta historia porque, en meses recientes, se han realizado cambios en las tecnologías de captura del Sistema Nacional de Investigadores y de algunas instituciones académicas. En el caso de la Universidad de Guadalajara, varios de los docentes más añosos nos hemos encontrado con pequeños ”truquitos”, en la nueva plataforma de informes, entre ellos que, al pulsar ”guardar” la información no se conserva en la memoria de la nueva tecnología o programa de captura. Las comunicaciones por correo electrónico, en persona, y luego a través del celular y por los mensajes de la pantalla del celular, han reflejado tal frustración que varios de los docentes nos hemos planteado muy seriamente la posibilidad de que esas tecnologías estén orientadas a renovar la planta docente. Diseñadas para que lleguen jóvenes que manejen esas tecnologías, que serán reemplazados cuando el personal administrativo y los funcionarios decidan hacer otra transición tecnológica que ya no podrá manejar el personal del que se desharán transcurridos sus años funcionales. También hemos sospechado que si realmente quisieran que los docentes manejaran esas nuevas tecnologías las pondrían a prueba con sus propias abuelas. Si sus abuelas lograran resolver los entresijos de esas formas de captura de información, podrían luego considerarlas aptas para los docentes. A menos que, efectivamente, ya no quieran que los docentes que tienen la edad de sus abuelas sigan activos en la universidad y las instituciones académicas.

*Doctor en Ciencias Sociales. Profesor del Departamento de Sociología del CUCSH de la UdeG. rmoranq@gmail.com

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