Preocupaciones
Luis Rodolfo Morán Quiroz*
Una mañana llegué a casa de mi madre, quien es una joven de apenas 91 años. Lo primero que me dijo fue: “Me fue muy mal. Creo que contesté todo equivocado”. “¿De qué hablas?”, le pregunté. “Es que tuve examen”. Dado que despertó un poco antes, intuí que había soñado el examen. Intenté ubicar la etapa de su vida en que ocurrió el examen: “¿De qué fue el examen?, ¿español, matemáticas, leyes?”, inquirí. “Ya no me acuerdo ni de las preguntas, pero respondí mal” fue su escueta y angustiada respuesta. Parecería que, todavía muchos años después de abandonar las aulas, la escuela constituye una de nuestras preocupaciones vitales. Hay otras personas de la tercera edad que recuerdan únicamente a su primera relación amorosa y cambian “accidentalmente” el nombre de la pareja actual por el de sus años de adolescencia, delatando cómo su memoria conservó atesorada (o atorada) esa relación a pesar de las décadas transcurridas.
Parecería que desde muy pronto en nuestras vidas, conscientes o no, aprendemos a dotar de importancia a algunos procesos, situaciones, objetos o relaciones. Algunos de nosotros desarrollamos apegos a objetos sin cuya presencia no estamos tranquilos. Para algunos es un objeto específico, como las llaves de su casa, la cartera y su identificación, la estufa en la que tanto ha cocinado, un par de zapatos. Para otros, una encarnación de esa noción: un coche funcional, el que sea; una relación de pareja, aunque rápido se le sustituya; una actividad cotidiana, aunque pueda cambiarse por otra en otros días o épocas; una cámara, que ahora es digital y sustituyó a una analógica; una bicicleta con llantas bien infladas; un trabajo, aunque sea de medio tiempo, precario o temporal. Rara vez dejaremos esas preocupaciones y amaneceremos y anocheceremos con esa idea en la cabeza. Incluso mientras realizamos otras actividades o quizá, de vez en cuando, podamos obnubilar esa presencia mientras nos ocupamos de algo más urgente.
Hay quienes acumulan noción y añaden esa importancia a varios asuntos a la vez. Así, además de los ingresos y el trabajo o la vocación, hay quien añade, en vez de sustituir, otras más: la pareja, el matrimonio, la descendencia (de una, dos o tres generaciones más allá), la vivienda. Hay preocupaciones constantes y algunas más inmediatas que otras: la cuestión de cómo y dónde ejercer nuestra profesión y vocación es de más largo alcance que la pregunta cotidiana de “¿qué comeré hoy?” y “qué comerán mis hijos?”, que es más apremiante en algunos momentos y épocas que en otros.
¿De qué preocupaciones es menos probable que nos alejemos? Todo indica que, una vez que iniciamos nuestro proceso de escolarización, seguiremos preocupados por aprender y, además, por la evaluación que otros puedan hacer de cuánto y cómo hemos aprendido y cómo aplicamos lo aprendido en el campo, el aula o el laboratorio. Hay quienes se ocuparán de que funcione su matrimonio de manera sana, aunque habrá quienes tan solo se preocuparán de que perdure, aunque se trate de una relación tóxica y agobiante. Así, aunque para algunas personas es una preocupación constante, pero llevadera, para otras se convierte en una condena de la que quisieran aprender a sobrellevar (por ejemplo: “Recognizing the cage is the first step toward opening the door”: https://youtu.be/mOldCmUyQDE?si=nKwxRtr54H9PL3Ar). Algo similar sucede con las preocupaciones asociadas con los hijos y otros parientes cercanos: ¿logrará resolver esas situaciones sin mi apoyo o sin mis recursos? ¿Deberé estar ahí? ¿Seré un apoyo o podré constituirme en un estorbo? Algunos de nosotros lo vivimos en las primeras ocasiones en que tuvimos que dejar a la descendencia en manos de otras personas: ¿y si no saben?, ¿y si no se entienden?, ¿y si…? Probablemente esas mismas preguntas se nos plantean años más tarde, cuando esa descendencia asume responsabilidades que antes eran de nuestra incumbencia.
Por extensión, solemos preocuparnos por otros miembros de la familia y por los amigos: ¿necesitarán de mi ayuda?, ¿y si resulta que se dan cuenta de que ya no me necesitan?, ¿y si me necesitan y no estoy?, ¿y si no me necesitan y estorbo?, ¿y si los abandoné?, ¿y si se aburrieron de mí? Pero también hay otras preocupaciones que no están relacionadas directamente con lo que algunos sociólogos denominan “capital social”, sino con otras formas de capital que son tangibles de otras maneras. Así, aprendemos a preocuparnos por el dinero, que es en realidad un medio para acceder a otros objetos, otras experiencias, otros aprendizajes. Hay quienes se preocupan tanto por obtenerlo, acumularlo y multiplicarlo que son capaces de cometer algunas tropelías con tal de asegurar tener dinero disponible no sólo para las necesidades apremiantes e inmediatas, sino para otras que, para algunos, no llegarán, pues su vida no les alcanzará para necesitar comer cien años después del momento en que realizan jugosos o tenebrosos negocios.
Hay otras preocupaciones asociadas con recursos que pueden y deben compartirse, como el agua, el aire, la comida. Si no hay, si existe en cantidades magras, si es de mala calidad o contiene elementos tóxicos, si inunda, si destruye, si se pudre. Muchas de nuestras preocupaciones se asocian con nuestras necesidades, aunque algunas también se vinculan con nuestros caprichos, nuestras aficiones, nuestras especialidades, nuestras capacidades y capacitaciones. Así, hay quienes nos preocupamos por acceder a libros y a información, a chismes y a análisis, a interacciones y a intercambios. Hay quien se preocupa por su propio ejercicio político y quien se preocupa por cómo otros ejercen la política y sus discursos.
Hay quienes, desde muchos años antes de encarnarla, deciden enfrentar y planear para la vejez y se encargan de que los recursos alcancen para ellos como individuos, para su gremio, su generación y su descendencia. Aunque quizá las siguientes generaciones se preocuparán menos, dada la preocupación concretada en recursos de algunos grupos o medidas del pasado y la actualidad, la desazón y los desasosiegos serán constantes, pero de niveles menores.
Hay quienes se preocupan por la seguridad y por su integridad física como individuos, pero también por quienes les rodean en su barrio, familia, escuela u organización y plantean algunas medidas para reducir las pesadumbres y el nerviosismo de sus prójimos y, si les es posible, incluso de sus sucesores en esos ámbitos. Hemos sabido de otras personas que se preocupan por expresarse, pensar y actuar con rectitud. Algo que suele asociarse con los primeros aprendizajes en el hogar, la escuela y las instituciones en las que operamos. En algunos casos, la preocupación es que nos juzguen y evalúen bien, y pasar los exámenes. En otros casos, la preocupación va más allá: poco importa el juicio de los demás en el presente, si la preocupación es por resolver rectamente los retos de la vida actual. Conviene preguntarnos qué nos preocupa y si el asunto es digno de actuar y de enfrentar, o si se trata de preocupaciones respecto a procesos en los que nuestra actuación sería improcedente o insensata.
*Doctor en Ciencias Sociales. Profesor del Departamento de Sociología de la Universidad de Guadalajara. rmoranq@gmail.com
Ante todo, la precisión léxica
Hummmm Luis RODOLFO MORAN!!!He encontrado en cada párrafo de tu texto un hilo conductor a una preocupación!