Permacrisis

 en Rodolfo Morán Quiroz

Luis Rodolfo Morán Quiroz*

 

Según el Diario Oficial de la Federación, se acabó la emergencia por el huracán Otis en Acapulco. La declaratoria estuvo vigente del 26 de octubre al 2 de noviembre de 2023. Aunque quizá es una de las más breves declaratorias de emergencia ante la magnitud de los daños https://www.dof.gob.mx/nota_detalle.php?codigo=5708072&fecha=09/11/2023#gsc.tab=0), las consecuencias permanecerán todavía por mucho tiempo (https://elpais.com/mexico/2023-11-05/mexico-se-enfrenta-a-su-gran-huracan.html).

De igual manera, otros acontecimientos que podrían considerarse todavía críticos pasaron a páginas interiores en los diarios y noticieros televisivos y por internet: los ataques a la franja de Gaza, así como lo había hecho meses antes la invasión rusa a Ucrania. Acontecimientos que se reiteran, como el que muera alguien en el barrio, que se suscitara un choque mortal en una importante avenida de nuestra metrópoli, la inundación de varios centros comerciales. En todos los casos suelen generarse pérdidas materiales y de vidas humanas. Las crisis continúan y nos hacemos a la idea de que será cuestión de resignación, paciencia y de tiempo para salir de ellas.

La reciente elección en Argentina de un candidato de ultraderecha parece estar asociada a un hartazgo de la población de ese país con múltiples acontecimientos económicos y políticos, de los cuales las tasas de inflación nos dan una idea. Con una inflación de cerca de 140%, la población optó por alguien que promete ayudar a resolver las repetidas crisis en un país en donde el dinero no alcanza y la principal actividad parece consistir en multiplicar el número de billetes necesarios para la adquisición de los bienes más fundamentales. Como puede verse, la tendencia no es la más halagüeña (https://es.statista.com/estadisticas/1189933/tasa-de-inflacion-argentina/), pues hay quien pronostica que para llegar a la inflación de 2017 tendrá que llegar al menos el año 2028 para que ese país esté en un nivel de inflación (recordemos que es acumulativa respecto al año anterior) similar al de once años atrás.

Por acontecimientos como los anteriores se acuñó el término de “permacrisis” para designar a esas crisis que se prolongan tanto que se vuelven permanentes. Se trata de la “nueva palabra” de fines del año 2022 (https://cincodias.elpais.com/cincodias/2022/12/21/opinion/1671628529_140288.html). La crisis, que suele asociarse a una coyuntura en un tiempo relativamente corto, se convierte, en muchos lugares del mundo, en un problema que los expertos denominan “estructural”. Es decir: ya no es algo que pasa en un periodo de pocas horas, días o semanas. Como muestra el caso de la declaratoria del “fin de la emergencia” en Acapulco, los funcionarios que afirman que la crisis ha terminado de alguna manera están reconociendo que se trata de una permacrisis que muchos traducirían con la expresión “ni cómo ayudarles”. Es tal la magnitud del problema que no se puede acotar en unas cuantas y breves unidades de tiempo.

La permacrisis puede abarcar años, lustros, décadas y estará compuesta de un conjunto de problemas complejos y enredados que ni son fáciles de plantear ni, mucho menos, de resolver. Por ello habrá quien afirme poseer el secreto para solucionarla: políticos, terapeutas, dietistas, ambientalistas, pedagogos, activistas, fundamentalistas que ofrecen soluciones radicales. Esa promesa de resolver “de raíz y de una vez por todas” los complejos problemas de un individuo, una familia, un barrio, una sociedad, un país, una época, en buena medida se basa en la identificación de una permacrisis en alguna parte de la realidad humana para la que se propone una solución “genial” y “sencillita” (pronunciada con “ll” argentina) como abrir la economía al libre mercado, proponer un nuevo nombre a la pedagogía, al régimen alimenticio, a la psicoterapia o a los sistemas de movilidad urbana e internacional.

Hay también permacrisis en las escuelas: los estudiantes que pasan de un grado al otro sin aprender lo que señala el plan de estudios para el nivel del que egresan; siguen ausentándose los docentes de las sesiones; hay ausentismo de los estudiantes; se piden requisitos para la resolución de problemas pedagógicos y los días de evaluación se han olvidado qué criterios eran. Además de que hay carencias en las infraestructuras, el equipamiento, la capacitación, el entusiasmo de estudiantes, profesores y padres de familia. A veces, no todos los días en un sólo lugar, se derrumba un aula o se cortan los servicios de electricidad o de agua o se tapan los tubos del drenaje. O hay algún ataque armado contra los jóvenes estudiantes. O se dan conflictos entre distintas perspectivas de la enseñanza y del gasto de los presupuestos para la educación.

El concepto de “permacrisis” apunta a recordarnos que siempre hay una crisis en alguna parte. A causa de acciones o de omisiones o a consecuencia de falta de previsiones. Incluso quienes analizan los datos en busca de tendencias pueden equivocarse respecto al nivel crítico al que se desarrollarán los problemas. Recurro una vez más a las tasas de inflación. Con base en el dato de que la inflación en Venezuela llegó al 200% en 2022, hay quien pronostica que en 2023 alcanzará el 400%. La tasa para esos dos años en Zimbawe se acerca mucho al 200%, mientras que se predecía que para Argentina el nivel sería de 98% para este 2023, aunque, como ya afirmé antes, el nivel ya superó cuando menos en un 50% más esas predicciones (https://es.statista.com/estadisticas/495527/paises-con-la-tasa-de-inflacion-mas-alta-mundial/).

¿Qué aprendemos de esas tendencias derivadas de los datos que describen crisis y situaciones de permacrisis? Para situaciones que están documentadas, podemos anticipar que la situación, en muchos casos, será peor de lo predicho y que se requiere anticipar acciones para cuando esa tendencia llegue a niveles que ciertamente no son inesperados o sorpresivos. Aunque, para quienes actúan en diferentes ámbitos, poco se planea para reducir o paliar las consecuencias de determinadas tendencias. Ciertamente sabemos mucho de lo que puede fallar en la educación y en nuestros aprendizajes cotidianos. Lo más frecuente es que se desinflen los ánimos de las personas involucradas, que no se consigan los recursos que se esperaba recibir para recibir problemas específicos, que se postergue el diseño de protocolos o guías de acción para evitar, reducir o resolver los problemas que se presentan constantemente en nuestros procesos de aprendizajes y en los esfuerzos y programas organizados para la enseñanza y el aprendizaje.

Como se puede apreciar en las gráficas sobre las tasas de inflación, es frecuente que se pueda pronosticar por cuánto tiempo determinadas crisis nos afectarán y cómo las secuelas de determinadas acciones podrán prolongarse en el tiempo. Así, hay pronósticos asociados con acciones con las que nos comprometemos a cumplir, por ejemplo en los préstamos de dinero en los que se establece un término y una cantidad a pagar en cada periodo, ya sea por individuos o sociedades. Lo que sabemos, además, es que los humanos tendemos a meternos en otros problemas antes de salir de los problemas que nos comprometimos a resolver en determinado plazo. Tenemos una tendencia a sentirnos más ligeros cuando sentimos que ya casi resolvemos un problema, así que nos metemos en otro. Lo que puede ejemplificarse con deudas financieras, pero también con compromisos académicos. Si ya casi acabamos determinado curso o tareas, nos da por meternos en otros problemas y permanecer siempre en situación de enfrentar problemas o deudas financieras.

Tenemos incluso protocolos para enfrentar los problemas que se reiteran. Cada temporada de lluvias, o de huracanes, o de cosechas, o de exámenes finales, o de exámenes de admisión y de inscripciones en las escuelas, las instituciones tienen planes para enfrentar los días de crisis que son parte de una más amplia permacrisis. A veces la permacrisis consiste precisamente en que no tenemos el personal suficiente, o la capacitación del personal existente, o la cantidad de tiempo adecuado para resolver el problema que, ya lo sabemos, habremos de enfrentar. Dependiendo la lógica con la que se aborda la permacrisis podremos resolver o hacer menos pesados las consecuencias de la permacrisis.

Hace unos días, la más linda mazatleca que conozco me contaba que en las costas mexicanas existen ya protocolos para casos de desastres como el ocurrido recientemente en Guerrero: “el problema es que no siempre conocemos esos protocolos”, afirmó. ¿Sabemos acaso a quién recurrir? ¿A dónde dirigirnos? ¿Qué recursos debemos procurar? Según algunos analistas, el caso de las compras de pánico de papel sanitario al inicio de la pandemia en 2020 es un ejemplo de acción racional que es a la vez irracional en quienes previenen que se acerca una crisis que puede convertirse en una catástrofe de larga duración (https://www.elblogsalmon.com/economia-domestica/que-hay-que-acumular-papel-higienico-proxima-crisis). ¿Qué podemos hacer en las instituciones educativas, dado que hay acciones que se deben realizar con regularidad, como exámenes de admisión y de egreso de estudiantes, convocatorias para que lleguen nuevos docentes y funcionarios, licitaciones para el mantenimiento y la adquisición de equipos y materiales consumibles, contratación de personal administrativo y de servicios, entre otras? ¿Contratar docentes en exceso puede ayudar a prevenir la crisis que se vendrá para la enseñanza de cursos que aún no se han diseñado? ¿Admitir estudiantes en exceso a las capacidades de atención institucional para anticipar las tasas de abandono de determinadas carreras? ¿Cómo actuar racionalmente ante las permacrisis? ¿Conviene negar que pueden suscitarse y esperar a ver qué pasa? ¿O conviene anticiparlas y acumular recursos que no necesariamente se utilizarán y que podrían ser obsoletos después de algunos semestres?

 

*Doctor en Ciencias Sociales. Profesor del Departamento de Sociología. Universidad de Guadalajara. rmoranq@gmail.com

  • Armando Gómez

    Una manera de concebir las permacrisis es la de verlas como la brecha entre la tasa de crecimiento y/o agravamiento de los problemas, y la tasa de crecimiento y/o impacto de las soluciones a los mismos, a favor de la primera. Aunque esta sería una manera alterna de definir tales permacrisis, sin todavía pensar en nuevas formas de enfocar las posibles soluciones al alcance de los actores sociales y políticos genuinamente comprometidos en procesos de despermacrisizar un áréa o campo socioproblemático. Estos vectores pro solucionadores de las permacrisis deberán medir fuerzas con otros vectores interesados en la continuidad y fortalecimiento de esas permacrisis que los favorecen (de ese status quo). La resultante de esta ecuación vectorial será el monto de despermacrisización factible de lograr. Claro, al planteamiento abstracto anterior, cuasi matemático, de las fuerzas mantenedoras y debilitadoras de las permacrisis, habría que dotarlo de las especificaciones concretas para cada campo en el que se configuran. Para el caso del educativo, por ejemplo, determinar los actores, procesos y activos estructurales pro permacrisis, y los actores, procesos y activos estructurales despermacrisizadores.

  • Alicia González Romero

    Buen ejemplo, el de los vectores, para la permacrisis. Será bueno que los vectores destinados a la despermacrisis, sean establecidos en sentido opuesto a la permacrisis y en la misma dirección. De lo contrario los efectos en la permacrisis serán mínimos o nulos. Un ejemplo de esto, podrían ser los esfuerzos y recursos destinados a las elecciones.
    En cuanto a la educación. Podríamos decir, que si el vector de la despermacrisis no tiene sentido contrario y la misma dirección, Los efectos agudizarán una posible permacrisis en el país.

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