Orgullo y tesoro
Luis Rodolfo Morán Quiroz*
“Dime qué soy para ti”, pregunta Carina al pirata Barbossa en la saga Piratas del Caribe. El pirata responde: “¡Un tesoro!”, develando lo que Carina sospechaba al ver un tatuaje en el brazo de su ahora reconocido y aquiescente padre (https://www.youtube.com/watch?v=f0ri8CV-hDw). En esa escena se concentra una expresión que muchos padres sentimos por nuestra descendencia: además de que son nuestro orgullo, suelen ser un tesoro que no siempre estamos dispuestos a compartir. Ya desde muy jóvenes, nuestros padres se inflan el pecho de la emoción de ver nuestros logros y avances, así como luego nosotros también golpearemos nuestros pechos en señal de pleito en caso de que alguien insulte a nuestra prole. Recuerdo a una madre de un niño al que una niña rasguñó en el jardín de niños y ella enfureció: “Esas niñas, pelagartonas, sólo porque está tan guapo mi chamaco, lo maltratan y se quieren aprovechar de él”. Esa actitud es la que parece denunciar el hijo de David y Victoria Beckham ante la agresión que ha sufrido su reciente esposa de parte de la pareja de celebridades. Todo indica que este conflicto con su hijo mayor se asocia con la percepción que ellos tienen de la mujer con la que él se casó, a la que (toda traducción guardada) parece remitir a que la conciben como “lagartona” (https://dle.rae.es/lagartón). Probablemente el término que utilizan los Beckham es conniver, schemer o, simplemente, that bloody bitch.
Visto desde otra perspectiva, habrá quien plantee la cuestión: ¿qué se puede esperar de Carina, hija de un pirata que pasó largas temporadas saqueando embarcaciones en el mar Caribe? Embarcaciones que llevaban lo robado a los habitantes de otras latitudes hacia los imperios europeos en pugna, por cierto. O también podría preguntarse: ¿qué puede esperarse de esas chiquillas carentes de atractivo en comparación con un chamaco tan guapo y talentoso a sus tres años de edad? O, ya más en el ánimo de las celebridades, ¿qué se puede esperar de una advenediza, hija de un “nuevo rico”? (Como parece ser el caso de la heredera de Nelson Peltz, https://es.wikipedia.org/wiki/Nelson_Peltz). Con estos ejemplos, cabe preguntarse de qué manera nuestra descendencia y, por extensión, nuestros discípulos se convierten en fuente de orgullo y los consideramos especialmente valiosos, en buena parte porque sentimos que hemos contribuido a sus méritos.
A quienes hemos conocido desde jóvenes y los hemos visto desarrollarse, sean hijos o estudiantes, podríamos vincularlos con aquel reclamo a la imagen de san Pedro tallada con la madera de un árbol modesto: ¿por qué lucirse tanto si los vimos en sus momentos de mayor vulnerabilidad y máxima ignorancia en sus después notorias habilidades? El dicho “Si yo lo conocí, ciruelo” remite a esa supuesta anécdota: (https://reflexiones-cristianas.org/devocionales-cristianos2/quien-te-conocio-ciruelo.html). En contraste, muchos progenitores y docentes estamos orgullosos y admirados de los logros de nuestras descendencias y de quienes se han beneficiado (o han sobrevivido) nuestras docencias. De tal modo que también atesoramos nuestra relación con aquellos cuyos aprendizajes hemos encauzado (https://psicologianova.com/frases-de-orgullo-para-hijo-amado/). El orgullo parental y maternal es reconocible por los actos, productos, apariencias y desempeños de la descendencia carnal o en aulas y laboratorios, que nos mueven a las lágrimas de alegría.
En tiempos recientes se ha enfatizado también que el orgullo por las condiciones de las propias personas juega un papel fundamental para impulsar sus acciones. De tal modo, este sentimiento ayuda a reconocer el valor de las acciones propias. Según señalan algunos autores (https://www.infobae.com/educacion/2021/06/30/el-orgullo-una-emocion-que-aumenta-el-exito-academico-de-los-estudiantes/ y https://ajph.aphapublications.org/doi/full/10.2105/AJPH.2012.301037). Según Patrick W. Corrigan, Kristin A. Kosyluk y Nicolas Rüsch (2013) en su texto “Reducing Self-Stigma by Coming Out Proud”, quien internaliza los estigmas que otros han construido para su persona, tiende a ver reducida su autoestima y su propia eficacia. El antídoto resulta ser aumentar el orgullo propio como manera de identificación, más con los logros que con los defectos y fallas que puedan rodear esas historias de vida. Aunque, cabe señalar, hay quien “se pasa tres cuadras” en sus manifestaciones de orgullo. Lo que suele considerarse, en algunas tradiciones religiosas, como pecado de soberbia. Eso de estar tan orgulloso de alguien o de algo como para creer que quienes no son motivo de ese orgullo son seres inferiores, ya no es tan meritorio.
De tal modo, sabemos de conflictos y guerras por el hecho de que determinadas personas y grupos no compartan el orgullo ni consideren tesoros determinados bienes, que podrían resultar males para quienes no se enorgullecen de ellos. Algo tan sencillo como estar orgullosos de tener un coche y, además, de determinada marca, sin pensar en que la contaminación que causa representa un mal que afecta a todo el entorno. O, en un sentido más amplio, un orgullo patriótico, étnico o religioso que excluye la posibilidad de reconocer que haya otras personas y grupos que puedan enorgullecerse de ser parte de esos orgullos. El filósofo Hilary Putnam (1926-2016) en su respuesta al ensayo de Martha C. Nussbaum “Patriotismo y cosmopolitismo”, incluida en el libro Los límites del patriotismo. Identidad, pertenencia y ciudadanía mundial (1996) especifica que “no existe ninguna concepción universal de ‘la vida buena’”, por lo cual no puede asumirse que exista una razón universal a partir de la cual todos nuestros orgullos puedan justificarse. Para Putnam, la “inteligencia situada” nos ayuda a vivir y juzgar desde nuestras herencias particulares al tiempo que permanecemos abiertos a pareceres y críticas del exterior. Estar orgullosos de nuestras identidades, sean étnicas, religiosas, patrias, matrias, barriales, partidistas, familiares, no nos exime de reconocer que hay otras tradiciones y otras identidades de las que otras personas se sienten orgullosas y desean conservar los tesoros materiales o culturales que para ellos representan.
En algunos casos, nuestro orgullo deriva en una tolerancia extrema de quienes son nuestros motivos de orgullo. Lo que nos lleva a considerar que todo lo que viene de quienes son nuestro orgullo es digno de que se le extienda el mismo sentimiento y se le atesore. Lo vemos, por ejemplo, en los problemas de nepotismo y de ceguera de los progenitores ante las fallas de la descendencia (hijos, sobrinos, nietos). A veces lo vemos en el orgullo por los logros de miembros de nuestro grupo, en especial cuando sirven de pretexto para despreciar los logros o las propuestas de otros grupos. En todo caso, habría que reconocer que existen tesoros que no valen tanto como creemos, aunque también hay tesoros que no aprovechamos ni incrementamos su valor. Hay tesoros que valen más de lo que calculamos y, por ende, los desperdiciamos, mientras que mostramos orgullo, aunque sea por destrezas que derivan en acciones nocivas para otros. Pienso en cómo los orgullos patrios, parentales, doctrinales o partidistas pueden derivar en conflictos, pues las contrapartes pueden estar igualmente convencidas de “la vida buena” que defienden o promueven. Lo que nos deja con la doble tarea de vigilar y hacer explícito de qué estamos orgullosos, al mismo tiempo que buscamos reconocer los motivos de orgullo y los productos y acciones que otros consideran tesoros.
*Doctor en Ciencias Sociales. Profesor del Departamento de Sociología de la Universidad de Guadalajara. rmoranq@gmail.com
Excelente artículo de la trascendencia a través de los hijos, nietos y alumnos que son hijos por cada docente que les enseñan a los que queremos seguir aprendiendo y a la vez enseñamos a otros. Yo tengo Gracias a la vida todas las experiencias y es una alegría insuperable.