Navidad feliz, familia incluyente

 en Rubén Zatarain

Rubén Zatarain Mendoza*

La Navidad es una festividad arraigada en nuestro país como una de las tradiciones que nos otorgan cohesión social, que nos brindan la oportunidad de cultivar valores importantes en el entorno familiar.
Hay un simbolismo muy rico en figuras características de esta temporada (Niño Dios, Reyes Magos, Santa Claus); hay explosión de luz y de color que expresan sentimientos relacionados a la paz y la alegría; hay necesidades básicas satisfechas como el alimento y el juego, las palabras que expresan emociones, los abrazos que transmiten calor y seguridad.
Mucho del contenido de estos días tiene como vehículo el sentido del gusto. La gastronomía es variada, es abundante. Ser y hacer familia tiene mucho de construcción alrededor de las mesas, alrededor de los asaderos, de los comales, de las hornillas, muy cerca de la cocina donde salen las obras de arte maternas y de las abuelitas, que alimentan a propios e invitados.
Se bebe profusamente. Se confeccionan los tradicionales ponches navideños, los atoles y champurrados originales en cada hogar.
Sin importar el valor formativo de la convivencia intergeneracional circulan como marea alta algunas bebidas de contenido alcohólico como sidras, rompopes, cervezas, tequilas, vinos diversos y otras bebidas espirituosas como el tejuino o las canelas con piquete.
Estas fiestas donde todos concurren son una licencia para algunos excesos; son, sin proponerse la temprana iniciación implícita de los consumidores de bebidas embriagantes, de los glotones ingobernables de los amorosos socioemocionales de ocasión.
La Navidad es festejo también que entra por los oídos. El sonido del crujir de los buñuelos, de la ruptura de las vasijas de barro hechas piñata, de los mordiscos a las cañas, del crujir de los cacahuates. Se cantan los villancicos; las bandas musicales, mariachis y norteños, viven temporada alta y tocan y cantan hasta la madrugada. La conversación y anecdotario familiar se enriquece en las salas, se enriquece en los patios; de fondo la música de la temporada en las bocinas que parecen incansables.
La algarabía de los niños y las niñas es inigualable en estas fechas. El estreno de sus nuevos juguetes, la apertura de los regalos, la fiesta de romper piñatas, tronar globos y comer golosinas sin límites. Sus rondas infantiles, sus primeros tanteos artísticos en algunos casos, la energía que parece ser inagotable.
La Navidad también es muy visual. Invita a la contemplación de las variadas esferas y faroles, de los pinos decorados, de las flores de Santa Catarina, de las escarchas multicolores, el heno y el algodón que simula barbas de santa claus de papel terciopelo y las bolitas de hielo seco que simulan la nieve, de los colores de las piñatas y las colaciones, de las estrellas de Belén que coronan los pinos naturales y artificiales, de los cielos estrellados.
Las pastorelas y sus trajes. El mal y el bien representados y vestidos. El niño y Lucifer, ángeles y demonios.
Los nacimientos son una obra de arte colectiva en muchas familias, los gorros de Santa Claus convocan a la contemplación, a la risa fácil.
Visuales las luces de las fachadas, de los árboles de navidad, visual la luz que parpadea y guiña el ojo al momento de felicidad. Visuales los televisores, programas y películas navideñas, las trocas y la ropa que traen los hijos pródigos del Norte.
Visual la mirada que se extiende desde la ventana y desde el balcón para observar cómo viven otros su propia navidad.
La Navidad es también la fiesta del olfato. El olor a pozole, tamales, bacalao y romeritos; el olor al jarabe de los buñuelos con su característico olor a canela, clavo y piloncillo. El olor a pierna mechada, al pavo relleno, el característico olor de las mandarinas y las naranjas sin semilla al ser mondadas. Oloroso el ponche que vaporiza a fuego lento.
La Navidad y diciembre. Lluvia de cabañuelas y eventualmente nieve, olores y sabores, recuerdos y vida presente, realizaciones y proyectos, fríos y calientes, dulces y salados, amargos y agrios.
Diálogo y escucha de los consanguíneos, gula y consejería rápida. Cuentas y cuentos de realizaciones e ilusiones. Números y palabras de afecto real o simulado.
La Navidad y sus diferencias en cada hogar. Privación y solvencia; ausencias y presencias de los afectos y emociones deseadas, el frío y el calor, el abrazo amoroso, el saludo simbólico.
La Navidad de los diferentes, de los que carecen de familia, de los que transitan fronteras y no son bien recibidos, de los que viajan, de los que trabajan, de los que padecen en la calle y en hospitales, de los que están en duelo.
La Navidad fuera de la cultura del cristianismo, el festejo a ciegas, la espiritualidad forzada, la licencia para el disfrute en primera persona.
El momento de la práctica de las múltiples formas de amor familiar, del reencuentro con el yo y el nosotros, la llegada de los ausentes, la efervescencia de los festejos que cansan, que renuevan.
Las carreteras que no paran, los centros comerciales y mercados vaciados y vueltos a llenar, el consumo extensivo, las tarjetas que entran y salen, la economía de los aguinaldos, de la prima vacacional.
Los salones de eventos donde se baila, se ríe, se grita y se canta. Las iglesias invitadoras al amor al prójimo, a la devoción al Hijo de Dios.
El simbolismo particular en el que nace la festividad como sustituta de las fiestas paganas romanas llamadas Saturnalias en donde se celebraba el solsticio de invierno, el nacimiento de Jesucristo no documentado y su objeto de creencia colectiva.
La institucionalización del cristianismo en la antesala del fin del imperio romano durante los siglos IV y V, los papas visionarios que fundaron la celebración.
La Navidad y su transformación durante la Edad Media, el obscurantismo y su necesidad de luz estelar, su llegada a España, los reyes católicos, Juana la Loca.
La Navidad y su llegada a América, el colonialismo, el saqueo.
El festejo que trasciende los distintos momentos históricos del país, la celebración de las posadas desde hace 400 años. El mexicano y su alegría, el mexicano y la sublimación de los sentimientos que esta noche afloran sin necesidad de muchas palabras, el olvido de las propias desgracias y sinsabores ante los destellos de las lucecillas y el “Sírveme otro plato comadre y si se puede compadre, otro jarro con canela y piquete por favor”.
La Navidad de puertas adentro y que pena por aquellos que no pudieron llegar, las redes digitales saturadas que distraen y los mensajes positivos entre campanillas y cohetes, la voz e imágenes hipnóticas de la televisión.
Los niños corren mientras las niñas visten sus muñecas entre el silbido de los chifladores y el estruendo pasajero de las palomitas de pólvora.
La hoja del calendario que desprende un día más de felicidad compartida, el abrazo abrigador de la familia para resistir el paso del tiempo, la corrosión de la soledad, el frío.
La NAVIDAD FELIZ de quienes acreditaron con buenos números el semestre, el premio al esfuerzo de quienes rinden buenos resultados en el trimestre y se duermen confiados en la llegada de sus regalos detrás de su almohada o despiertan presurosos a buscarlos bajo el arbolito de navidad que luce aún luminoso mientras algunos duermen.
El hogar receptor de visitas, la familia grande que de pronto se torna incluyente de primos y tíos.
Los silencios postergados y la conversación reparadora, la inclusión de plasticidad, de big family, voces y vidas que no son tan cercanas a nuestro entorno y cotidianidad.
Las caricias del alma de las palabras dulces y amables de quienes queremos mucho y vemos poco.
Las reminiscencias de nuestras navidades infantiles, de aquellos juguetes humildes pero inigualables, verdaderas joyas artesanales. El plato navideño que jamás volverá a probarse igual.
El hogar abierto, dialogante e inclusivo de pensamientos y creencias diferentes.
Ser familia no significa pensar y hacer espiritualidad de la misma manera.
Hogar incluyente donde a veces también confluye en un microespacio la necesidad de tolerancia de las preferencias sexuales diferentes; la constitución de la familia se reestructura, se mueve, se ajusta muchas veces involuntariamente a los tiempos modernos, a las influencias externas, a la construcción social de los mexicanos en su propio espacio, en sus propias instituciones socializadoras.
La familia mexicana y los reacomodos de creencias religiosas, de valores, en un marco de globalización y de relación social de base líquida.
La familia y su esperanza activa al lado de la institución escolar para formar seres humanos íntegros, amantes y respetuosos de la vida, del otro.
La familia, crisol de integración y esperanza cuando ha sido mermada por las pérdidas, por los desaparecidos que no olvidan, por un espacio de convivencia amenazado.
La FAMILIA INCLUSIVA donde se encuentran y tienen su lugar chicos y grandes, atentos y desatentos, aplicados y distraídos, organizados y desorganizados, los que obedecen y los rebeldes.
La FAMILIA INCLUSIVA y la Navidad, el hogar dulce, lugar donde se comunica en ricos lenguajes y tiene lugar la construcción de una relación humana de amor y una relación humana de promesa de paz.

*Doctor en educación. Profesor normalista de educación básica. zatarainr@hotmail.com

  • Juan Miguel Ramirez
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    UN REGALO QUE DEGUSTO CON GRAN PLACER, NOS MUESTRA LA CULTURA Y TRADICIONES DE NUESTRO PUEBLO Y UN TALENTO Y ACERVO CULTURAL DIGNO DE COMPARTIR. ! FELICIDADES HERMANO!

  • Silvua y Hugo.
    Responder

    Sin duda, estas fechas reflejan los estados de ánimo que conducen a la reflexión de lo hecho y de lo por hacer. Las transeunsencias de lo que pasó sin darnos cuenta pero que dejó un poco más de lo que ahora poseemos y que nos lo llevaremos cuando partamos.
    Nostalgia, alegría, llanto, sueños, esperanzas, lucha y nuevas metas que se lograrán y no. Todo y nada, todos y nadie, ser y no.
    Eso y más es el hoy.
    Con todo nuestro respeto y admiración, hasta siempre: Silvia y Hugo.

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