Miradas
Luis Rodolfo Morán Quiroz*
I didn’t want to stare around the room, I didn’t want to appear inattentive to her; so the marble mantelpiece to my right and the mirror over it and the bunches of flowers were just shadows, then, at the edges of my eyes. Later I would have more than enough time to take them in.
Margaret Atwood. The Handmaid’s Tale (1985)
“Hay algo que percibo en usted y en otra profesora de esta carrera, que también es psicóloga: pueden darse cuenta cuando quiero hablar, pero yo siento que no lo he expresado todavía. Es una forma de ver el lenguaje corporal”, comentó una estudiante en uno de los cursos que yo facilito (supuestamente, porque a veces son cursos de complicar la vida desde la observación y el análisis).
¿Qué captamos con nuestras miradas? ¿Qué comunicamos cuando miramos? En forma paralela a como funcionan los verbos “oír” y “escuchar”, los verbos “ver” y “mirar” parecen remitir a distintos grados de atención, de desvelamiento, de interpretación; los primeros, de los sonidos, los segundos, de las imágenes. En buena parte de nuestra formación, aprendemos a mirar lo atingente a nuestras disciplinas y, a veces, dejamos de percibir lo que compete a otras disciplinas o profesiones. Las personas formadas en la estomatología se fijan de inmediato en los dientes, su alineación, su color, si hay huecos o si se han llenado con algunas piezas artificiales. Las profesionales de disciplinas dedicadas al diseño de espacios perciben los materiales de que están hechas las paredes, los muebles, los textiles, las técnicas que se utilizaron para darles esos terminados, las panorámicas que pueden apreciarse. De ahí que quienes estudiaron arquitectura, urbanismo, diseño o decoración perciban nuestros entornos con una profundidad, una altura, múltiples detalles e incluso múltiples capas de historia que otros no somos capaces de mirar. A veces ni siquiera de ver y registrar sus presencias.
Hay otras formas de mirar, en las que nos entrenamos, consciente o inconscientemente: mirar las sombras, percibir si hay zonas de peligro, de esparcimiento. De niños, vemos más ocasiones de jugar que de adultos. De adultos, vemos más riesgos que en nuestras adolescencias, cuando comenzábamos a buscar nuestra independencia. En las ciencias sociales, Pierre Bourdieu (1930-2002) insistió en la posibilidad de cruzar las miradas de distintas disciplinas (Bourdieu y otros 2003, Regards croisés sur la anthropologie de Pierre Bourdieu) como la antropología y la sociología. Quizá lo que más las ha distinguido son sus énfasis en los análisis cualitativos frente a los cuantitativos y una tendencia a reportar sobre lo empírico frente a un afán de teorizar y generalizar. El mismo autor ha señalado cómo un reportero puede tomar fotografías sin conocer el idioma o el contexto cultural de los fotografiados. Y expresa: “En la sociología me opongo (al igual que para la fotografía) al objetivismo: la idea del espectador como quien detenta un punto de vista divino”. Sin embargo, fotógrafos y sociólogos creen que aprehenden la realidad de manera objetiva, cuando en realidad “ven lo que sus relaciones de clase con las personas fotografiadas les permiten ver”. Las disciplinas, los oficios, los contextos de nuestras crianzas y de nuestras vivencias contribuyen a la interpretación de lo que miramos.
Philip Manning en Erving Goffman and Modern Sociology (1992) cita el caso de cómo sostener la mirada más de lo socialmente habitual conlleva la transformación de un gesto de apoyo y reconocimiento en un acto de hostilidad, como se dio con la “mirada de odio” en los años cincuenta de los blancos hacia los afroamericanos. En nuestro contexto hemos escuchado, entre broma y veras, la expresión “¡la vista es muy natural!”, la que no siempre sirve como respuesta apaciguadora ante el reto de “¿qué me ves?, ¿te gusto?, ¡cómprame!” que se suscita después de una mirada retadora y antes de pasar a las manos o a los plomos.
De tal modo, las miradas cotidianas están teñidas de interpretación, al igual que las miradas profesionales que han pasado por un procesamiento de moldeamiento y capacitación: “Está enferma esa persona”; “está descuadrado ese coche”; “no está a plomo ese muro”; “su rostro expresa tristeza, alegría, resignación, sabiduría…”; “ese estilo es de tal época”; esa actitud expresa emociones negativas/positivas. Practicamos, entrenamos y confirmamos nuestra mirada al circular por las calles, como peatones, ciclistas, motociclistas, corredores, patinadores, conductores, pasajeros. Desde cada uno de nuestros roles aprendemos a fijarnos (fijar nuestra mirada) en el entorno: los semáforos, los movimientos de personas y de vehículos, la iluminación, los puntos sin escape, los rostros amigables, los espacios seguros.
Con el paso de los años aprendemos qué debemos mirar cuando conducimos un coche, una bicicleta, una moto. Nuestras miradas se alteran según la velocidad a la que nos movemos y también nuestras miradas se mueven rápidamente de un objeto a otro, según nuestros entrenamientos. ¿Percibimos más o menos detalles que cuando circulamos caminando o corriendo? Ya lo sabemos, pero solemos olvidar que “a medida que aumentas la velocidad de tu vehículo, tu campo de visibilidad es menor”, lo que solemos compensar con más entrenamiento… y capacidad de reacción. En la Fórmula 1, los pilotos reaccionan entre 150 y 250 milisegundos cuando se apagan los semáforos, mucho más rápido que el promedio humano, que ronda los 250-300 milisegundos. Hay quien ha notado estas diferencias y por eso han generado algunos consejos para mirar correctamente: (https://www.eleconomista.es/ecomotor/trafico/noticias/10019105/07/19/Diez-consejos-para-saber-mirar-correctamente-cuando-se-conduce-.html).
A veces vemos sin mirar. Según ha mostrado el experimento de quienes no perciben a un gorila que atraviesa una escena por permanecer atentos a los jugadores y la cantidad de pases de balón que realizan entre ellos. Este experimento se ha convertido en un ejemplo al que se recurre con frecuencia (https://lamenteesmaravillosa.com/el-experimento-del-gorila-invisible-un-clasico-sobre-la-percepcion/#google_vignette) para mostrar nuestra mirada selectiva. Miramos lo que nos interesa, aunque veamos otros elementos a los que no prestamos atención. Quienes nos trasladamos en bicicleta estamos conscientes de que somos elementos muy parecidos al gorila del experimento: no nos ven porque están atentos a otros procesos que se dan en la calle. Lo que tiene ventajas (un ciclista es igual a cualquier otro ciclista) y desventajas (no son conscientes de usar direccionales o asegurar que no haya ciclistas antes de parar, arrancar o girar). La atención al semáforo, a los peatones en las esquinas, a los autobuses, a los agentes de vialidad, hace que los conductores no miren otros elementos inmóviles (árboles, mobiliario urbano, edificios) y algunos móviles (ciclistas, motociclistas, personas en lugares inesperados).
Nuestras miradas son diferentes en diferentes edades y el desgaste suele compensarse con un entrenamiento y una experiencia que nos ayudan a enfocar en los lugares y los aspectos más pertinentes. De entre los distintos tipos de parafernalia, el sentido de la vista es de los que más ha buscado prolongarse: Existen múltiples adminículos que ayudan a mirar: velas, fogatas, antorchas, lámparas de aceite o petróleo, linternas eléctricas, proyectores, pantallas, caleidoscopios, filtros, tintes, gafas, lentes con distintos alcances, microscopios, telescopios, cámaras de distintos tipos, espejos, ventanas, ojos de buey, ventanales, mirillas, pantallas grandes, diminutas, enormes y de bolsillo. También hay tapaojos y otros obstáculos como las celosías, los lentes oscuros, abanicos para tapar el rostro y atraer la curiosidad, burkas y otros velos (que sirven para cubrir, de cortina) para impedir mirar y ser mirados (https://www.bbc.com/mundo/noticias-58234188).
Miramos y somos mirados. A veces queremos mirar sin ser vistos, a veces nos miran sin que nos demos cuenta. ¿Cuántas cámaras de vigilancia hay en tu barrio, en los edificios a los que entras, en los jardines y parques? ¿Cuántas personas se dan cuenta de tu paso por tus lugares cotidianos de traslado? ¿A cuántas personas identificas como parte del paisaje y que, a su vez, te miran como parte de un determinado contexto? ¿A quiénes puedes señalar como extraño, extranjero en el barrio, en la institución, en el grupo del que forma parte? Hay miradas disimuladas, instantáneas, asociadas con la memoria y con las posibilidades de registrar. Y miradas enfocadas en señalar a alguien por sus méritos o por sus pecados. Miradas que se acompañan con expresiones del entrecejo, de las comisuras de los labios, con movimientos de manos, de brazos, de abdomen, de piernas. Hay personas a quienes vemos y corremos hacia ellas para mirarlas y apreciarlas de cerca. Hay otras a las que miramos y de las que nos alejamos con ganas de pronto salir de su alcance visual.
¿Qué miramos en contextos sociales? ¿En las aulas, en los auditorios, en los pasillos, en los estadios, en las calles, en los centros comerciales? A estas posibilidades se añaden también las situaciones en las que evitamos las miradas. Como en situaciones de sumisión, como apunta nuevamente Margaret Atwood:
But Ofglen, beside me, isn’t looking. Maybe she doesn’t know anyone anymore. Maybe they have all vanished, the women she knew. Or maybe she doesn’t want to be seen. She stands in silence, head down (…) To be seen – to be seen – is to be – her voice trembled – penetrated. What you must be, girls, is impenetrable (…) He’ll be telling them that the women here have different customs, that to stare at them through the lens of a camera is, for them, an experience of violation (…) We have learned to see the world in gasps.
Margaret Atwood. The Handmaid’s Tale (1985)
Desde hace unos años, los aparatos que eran sólo para transmitir sonidos se han complementado con otras funciones. Ahora todos llevamos cámaras en nuestras computadoras de mano, que emulan las navajas suizas, aunque no se trata de objetos punzocortantes. La lupa de esas navajas ha sido sustituida por múltiples objetivos para capturar imágenes fijas y en movimiento, de sí mismos y del entorno. Nuestras miradas no son tan aguzadas como otras miradas en el mundo animal (https://muyinteresante.okdiario.com/naturaleza/21480.html), por lo que optamos por tecnologías que nos ayuden a mirar por más tiempo o con mayor detalle.
En la cultura popular existen múltiples expresiones para referirse al sentido de la vista: “hacerse de la vista gorda”; “mirar para otro lado” ayudan a que alguien más logre “hacerse ojo de hormiga”, o señalar que “los ojos son el espejo del alma”, “ojos hacen cara”. La investigadora Orietta Marquina, en “La cultura visual desde el campo social de la mirada” (Conexxión 5 (5) 2016, ISSN: 2305-7467), desarrolla tres perspectivas de análisis de la cultura visual: la “mirada” que construye significado, la “mirada” que ve al otro y la “mirada” con la que el sujeto se ve a sí mismo. Para ella, “la cultura visual organiza la acción diaria del sujeto creando significado”. Como espectadores, interactuamos con las imágenes y las interpretamos constantemente (si somos capaces de mirarlas primero).
Una página web, “La muleta del escritor”, señala algunos términos para describir las miradas y las acciones asociadas. Especifica: La ficha “Tipos de miradas” recopila un listado de verbos, adjetivos y expresiones específicas para afinar la descripción de las miradas (https://lamuletadelescritor.com/2020/04/06/acciones-del-personaje-tipos-de-miradas/). Aunque, cabe señalar, esta muleta no toma en cuenta una expresión de hace muchos años que refería a un pasado tan remoto que “en ese entonces, cuando yo todavía no era siquiera una mirada de lujuria en los ojos de mis progenitores…”.
Todavía recurriendo a la metáfora visual, Pierre Bourdieu apunta, señala, hace notar, visibiliza que “el punto de vista de todos los puntos de vista es el de la ciencia”. Utilizamos términos como “perspectiva”, “examinar”, “supervisar”, y algunas otras expresiones están asociadas con el mirar, como las de epíscope (obispo), las de imaginar, revisar.
En días recientes, muchos pudimos VER, aunque no necesariamente MIRAR con un afán interpretativo, la torpeza de Trump ante ocasiones rituales en su reciente visita a China. En sus interacciones con Xi Jinping hubo quien sintetizó: “Trump is a Moron” (https://www.threads.com/@agentle1227/post/DYdkkkNki40?xmt=AQG08lQCWkU5uMyQrxIEtuhzq96qTcpa5i787DCOpsNwc3YqFTs9Dgt6czVhb5kBt9-Vo24&slof=1) por la facilidad con la que despreció los protocolos, ignoró la solemnidad de las acciones, despreció los símbolos presentes en los escenarios a los que fue conducido, mientras muchos de los espectadores chinos y algunos de otras culturas pudieron mirar las torpezas y las impertinencias del 47º presidente, entre ellas, la de “echar una mirujiada” a la carpeta de documentos de Xi Jinping. Bajo la suposición de que nadie lo vería mirar en donde no había sido invitado.
Por otra parte, las tecnologías recientes han prolongado las miradas morbosas de otros tiempos a las que refiere Susan Sontag en sus dos libros, On Photography (1977) y Regarding the Pain of Others (2003; con la ambigüedad del término regarding como “respecto a” y como “mirando”). Ya no son los autos de fe como “pedagogía de los pecados y sus consecuencias” los únicos espectáculos de morbo por el castigo y la violencia recibida por otros. De ser públicos estos espectáculos, en la actualidad los videos gore, snuff, slasher se han convertido en objetos de consumo e incluso imitación por sus escenas violentas Si la televisión y el cine con sus escenas bélicas habían sido supuestos espacios para ejercer las miradas de catarsis (y, supuestamente, descargar ahí las tendencias violentas, en vez de acicatearlas), las tecnologías actuales, en combinación con la red mundial de computadoras, han servido para difundir actos de violencia.
Por otra parte, estas tecnologías nos han permitido ver y mirar, y hasta “visibilizar” procesos sociales y casos específicos, desde los “tendederos” de denuncia en las escuelas hasta las fechorías de delincuentes y perversos de alcances internacionales (el caso Epstein, p. ej.). En semanas recientes, un estudiante de sociología realizó un experimento de provocación al atraer miradas hostigadoras a las camisetas con alusiones a bandas de rock metálico en algunas iglesias cristianas. En algún otro momento, algún sociólogo mostró a las miradas de los clientes que atendía como cajero de un supermercado sus uñas largas y cuidadas. Las personas, en un caso, expresaron que no les gustaba ver imágenes de esos grupos de rock (calificados de satánicos por quienes reaccionaron) y, en el otro, simplemente rechazaban tocar la mano de quien les devolvía el cambio con esas uñas tan largas y cuidadas.
También nos hemos percatado de que las personas que escuchan el celular mientras manejan adoptan una “visión de túnel” al combinar el mensaje auditivo con la tarea de mirar mientras conducen: su visión panorámica se reduce notablemente, percibiendo menos el entorno. “Diferentes estudios coinciden en que el uso de teléfonos celulares durante la ejecución de la tarea de conducción puede afectar significativamente el desempeño, lo cual resulta en un riesgo para la seguridad del conductor” (https://www.scielo.sa.cr/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S2215-37052021000200061). Mucho se puede decir del sentido de la vista y de la dirección de nuestras miradas, pero dejo el tema sin más miramientos. Ya lo verás.
*Doctor en Ciencias Sociales. Profesor del Departamento de Sociología de la Universidad de Guadalajara. rmoranq@gmail.com
Muy interesante su mirada Dr. Me preguntaba ¿qué miramos los docentes?, ¿cómo se mira en el salón de clases?, ¿qué y cómo se mira a los estudiantes?, ¿qué pasa cuando evitamos mirarlos?
Solo para continuar mirando.
Me encanta la estructura de su escritura.
Precisamente comparte puntos de vista con sustento y permite a sus lectores ir por más, ampliar la mirada.
Gracias doctor Moran.