Los viejos y los nuevos tiempos para asignar plazas

 en Jaime Navarro Saras

Jaime Navarro Saras*

En los últimos 40 años, sino es que antes, las formas para asignar plazas a docentes y otros trabajadores de la educación se convirtieron en asuntos de control político, tanto del sindicato de maestros como de la parte administrativa de la SEP y/o de las secretarías de educación de los estados, todo ello mediado por las necesidades de las escuelas y las comunidades donde se insertaban éstas. Hubo tiempos donde bastaban uno, dos, tres o cinco niños en edad escolar y se enviaba a un maestro para atenderlos, lo mismo en zonas urbanas, semiurbanas o en comunidades rurales o marginales, lo importante (como principio constitucional y derecho humano) era dar acceso educativo a quien lo demandara, pero también llegaron los tiempos magros donde la atención educativa requería la justificación de una fórmula matemática (la famosa RAM) para justificar un presupuesto educativo, independientemente si esos niños, niñas o adolescentes necesitaban el servicio y la atención de uno o varios docentes y la existencia de una escuela en la comunidad.
Las asignación de plazas a los trabajadores de la educación ha caminado por distintas lógicas y procedimientos, hasta hace un sexenio (en algunos estados un poco antes), no existía un mecanismo universal para ello, sin embargo, permeaban los acuerdos amigables entre la SEP/SNTE y básicamente las plazas nuevas (o de reciente creación) se repartían de manera salomónica, en la dinámica de las escuelas existía una fórmula denominada 33%, lo cual significaba que una plaza nueva disponible se repartía en tres (una parte para el sindicato, otra para la SEP y la restante para la escuela) y cada quien asignaba su parte de acuerdo a sus intereses y necesidades, lo mismo mediante una solicitud de los interesados, por la cercanía con los que asignaban, por el pago de lealtades o por escalafón. En el caso de las escuelas, en cambio, cuando había plazas disponibles por jubilación, renuncia, cese o fallecimiento, éstas se repartían entre los trabajadores de las propias escuelas a través del escalafón interno, siempre y cuando hubiera transparencia y la separación sana entre la dirección de la escuela y la delegación sindical, cuando no, la lógica la determinaban ambos para sus necesidades personales, de sus amigos y familiares; incluso, hubo prácticas conocidas por todos en donde las plazas y los derechos para obtenerlas se comerciaban como quien vende un producto y, en éstas lógicas, tanto el escalafón como los perfiles deseables de los sujetos simple y sencillamente pasaban a un segundo término.
Pero llegaron los tiempos modernos, en donde todas las plazas docentes y no docentes pasaron a control exclusivo de la Secretaría de Educación con algunas prebendas para el SNTE, apareció el examen de ingreso para docentes como la gran panacea para acabar de una vez por todas con las malas prácticas de la asignación y mejorar la calidad educativa, de la noche a la mañana desapareció el escalafón de las escuelas y, de un plumazó, tanto la antigüedad en el servicio, como la preparación y la espera ilusoria para obtener una mejor plaza o un ascenso a puestos directivos y de supervisión dejó de tener valor alguno y desapareció para siempre de la faz del mundo educativo conocido hasta entonces.
Gracias a este nuevo mecanismo, se empezaron a dar perversiones jamás conocidas en las escuelas, de pronto y como si fuera para presumir en los informes de gobierno, llegaron los problemas de pago con la nómina magisterial, la falta de personal por meses y hasta ciclos escolares, el cierre de escuelas de las denominadas multigrado y desaparición grupos y turnos completos, entre otras cosas.
Esta falta de sensibilidad y conocimiento de la escuela pública, por parte de quienes son los responsables de administrarlas, hace que las dinámicas se vuelvan catastróficas debido a las formas de cómo se atienden las necesidades educativas de las escuelas, quienes están atrás de los escritorios sólo consultan cifras, números y presupuestos; para ellos los alumnos y las escuelas sólo son números y desde esa lógica determinan quien o quienes puede acceder al servicio educativo.
Es triste y desesperante ver cómo se juega con los recursos asignados a la educación, ejemplos de ello hay muchos, pero para citar uno solo, está el caso de las maestras que se ausentan tres meses de las escuelas con licencia por maternidad, antaño siempre había personal que se contrataba para cubrir esos espacios mediante un interinato, hoy en cambio la autoridad educativa ya no suple esa ausencia y descargan el compromiso en las escuelas para que cubran como puedan las responsabilidades docentes de la maestra que se ausentó, qué decir de otro tipo de licencias por 3, 15, 30 días o meses, tampoco nunca llega quien o quienes las suplan.
Las plazas son y seguirán siendo los recursos tentadores por los que las autoridades oficiales y sindicales justifican su existencia, ya que con éstas logran comprar voluntades, conformar equipos y grupos incondicionales debido a que esto les da el poder suficiente para asignar a quien o quienes quieran y ubicarlos tan lejos o tan cerca de acuerdo al nivel de cercanía con quien las asigna, independientemente que exista o no un examen para ingresar al servicio y/o mejorar la carga horaria y ascender a un puesto directivo.
Lo cierto de todo, y a reserva de poder demostrarlo, las plazas docentes son la tentación para quienes las asignan y lejos está de que ellos sean las almas de la caridad para poder vigilar que éstas se entreguen a los mejores perfiles independientemente del mecanismo que se use para su asignación; de las otras plazas, las no docentes, ésa es otra historia, en ese campo sólo juegan los amigos, la familia, los allegados y los cercanos al margen si tienen las habilidades o no para cubrirlas, como dicen ellos: –tienen treinta años para aprender–.

*Editor de la Revista Educ@rnos. jaimenavs@hotmail.com

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