La trampa de las credenciales

 en Rodolfo Morán Quiroz

Luis Rodolfo Morán Quiroz*

A pocos se les ocurriría exigirle un título universitario a un fontanero antes de que se ponga a reparar la fuga de agua que tiene inundada parte de la casa. O a un albañil del que se requiere que haga un enjarre o una bóveda. O al jardinero que podará los setos. O a quien lavará y encerará el automóvil de la familia. Solemos considerar que son ocupaciones que requieren de escasa preparación y tampoco se nos ocurre perder tiempo en ver los papeles de quienes prestan esos servicios para asegurarnos de que tienen la capacitación y la experiencia necesarios para realizar los trabajos que se les pide. Sin embargo, quien pide los servicios mencionados arriba suele asegurarse de que estén relativamente bien realizados.
En otros campos del actuar humano, nuestra ignorancia es tal que no podríamos vigilar que la tarea sea realizada adecuadamente. No sabremos si una apendicectomía se realizó correctamente y la única manera de saber que no se realizó como debía ser podría ser fatal: que el paciente se agravara y muriera de eso. No sabemos si un abogado cumplió con todos los requisitos que señala la ley porque solemos saber o entender poco de lenguajes y entresijos jurídicos. Tampoco es fácil saber, a simple vista, si algún edificio está siendo bien construido y por eso exigimos que los arquitectos o ingenieros que se dedican a eso tengan las credenciales adecuadas.
Al igual que el dinero en sí mismo, que no es sino un conjunto de papeles y de transacciones que remiten a otros valores materiales y que por sí solo no sirve para nada, los certificados profesionales remiten a una convención social. Alguien reconoce que lo que dice saber un profesional es verdad. Y solemos asumir que esa certificación, diploma o constancia que acredita a quien la porta es legítima y que quien certifica los conocimientos tiene el conocimiento experto para confirmar que otra persona sabe lo suficiente del campo como para dedicarse a él. Y, a veces, hasta para cobrar por sus servicios.
Desafortunadamente, a veces confiamos tanto en las “credenciales” que no somos capaces de discernir si éstas son legítimas o si efectivamente hacen constar que quien las porta cuenta con los conocimientos que en ellas se nos insta a “creer”. Se sabe de casos de falsificación de documentos para cruzar fronteras internacionales, para colarse en un empleo, para prestar y cobrar por un servicio del que se tienen escasas nociones.
A los profesionistas solemos pedirles credenciales que no reflejan, necesariamente, más que el hecho de que… se cuenta con una credencial. Pero no que se cuente con las habilidades que ésta afirma acreditar. Por eso es importante contar con paneles de expertos que pongan a prueba determinadas habilidades que no pueden esperar a la prueba de los hechos. No es lo mismo ser fontanero y resolver (al menos por un tiempo razonable) las fugas de agua, que resolver determinados problemas de mayor envergadura. En todo caso, en nuestras universidades estamos poco habituados a realizar pruebas de aptitud como no sea de entrada y de salida, pero no para habilidades específicas que podrían certificarse antes y como parte de la titulación y que deben revalidarse con regularidad. Eso podría quitar definitividad y valor absoluto a las credenciales que hablan de habilidades que se tuvieron en un pasado lejano y que, quizá ya se olvidaron o que las nuevas tecnologías las han vuelto obsoletas.

*Doctor en Ciencias Sociales. Profesor del Departamento de Sociología del CUCSH de la UdeG. rmoranq@gmail.com

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