La rosca de Reyes

 In Cuentos y relatos del magisterio, Viajes

Silvia Ruvalcaba Barrera*

 

Esta anécdota ocurrió a principio de la década de los noventas, en clase de bioquímica, de la carrera de Medicina Veterinaria y Zootecnia de la Universidad de Guadalajara.

Por aquellas fechas, el calendario escolar del ciclo B iniciaba en septiembre y concluía en enero, así que a principio de año regresábamos de vacaciones navideñas para el cierre de semestre.

Como cada año, yo llevaba una rosca de Reyes a cada uno de mis grupos. Obviamente, no les informaba que a las personas que encontraran la figura del “niño” tendrían un beneficio de puntos extras para el último examen parcial, así que algunos de ellos asumían que tendrían que comprar los tamales.

Este era un grupo de primer semestre; unas semanas antes habíamos tocado el tema de las proteínas, y puse como ejemplo la hemoglobina que le da color rojo a la sangre. Un alumno comentó entonces que los jitomates tendrían mucha hemoglobina; la respuesta del grupo no se hizo esperar y, entre risas y burlas, le apodaron a este joven el “jitomate”, el cual, posteriormente, lo acortaron hasta quedar como el “jito” porque además era originario de Los Altos de Jalisco, de piel blanca y con las mejillas rosadas, o, como se dice popularmente, un típico alteño chapeteado, precisamente como el fruto anteriormente mencionado.

Cabe aclarar que el tomate, o jitomate inmaduro, presenta un color verde debido a la clorofila, la cual se descompone durante la maduración. En este proceso, se inicia la síntesis y acumulación del licopeno, un pigmento de origen carotenoide con propiedades antioxidantes.

Antes de iniciar con la “partida de rosca” pregunté a los jóvenes si conocían el significado del ritual de la rosca de Reyes, hubo algunas aportaciones y comentarios, pero terminé explicando un poco sobre esta tradición que tiene origen en la Europa Medieval y que llegó a México durante la conquista, que la rosca es de forma circular u ovalada porque simboliza el amor de Dios que no tiene principio ni fin; que las frutas secas cristalizadas que adornan el pan, representan las joyas de los Reyes Magos que fueron a adorar a Jesús, y que el muñeco de plástico escondido en el pan, significa al Niño Jesús ocultándose del Rey Herodes y que se corta durante la noche del 6 de enero, festividad de la Epifanía en la religión Católica.

En México, la tradición establece que quien encuentra al “niño” es considerado el padrino y que lo debe resguardar hasta el día de la Candelaria, fiesta que se celebra el 2 de febrero y en donde el padrino o madrina ofrecerán tamales con atole o chocolate para los convidados, que generalmente son los mismos que partieron la rosca el 6 de enero.

Iniciamos la “partida de rosca”; les informé que tenía seis niños. Uno a uno los alumnos fueron cortando su trozo; la algarabía se presentaba cada vez que alguno descubría la figura del niño al corte; otros más lo encontraban al momento de morder o lo buscaban desmenuzando su porción hasta agotar el total de la pieza de pan.  Al final les solicité me entregaran los seis muñecos para registrar en mi lista los nombres de las personas que en aquella ocasión se harían acreedoras de veinte puntos extra para el último examen parcial y que en conjunto representaban el 50% de la calificación final.

Uno a uno, fueron entregando las figuritas plásticas, pero solamente aparecieron cinco. Insté a los presentes a entregar el sexto muñeco, silencio absoluto; hasta que tímidamente el joven que apodaban el “jito” expuso: “Maestra, me comí el mono”. Las risas, la sorpresa, la incredulidad y las ofensas sobre aquel alumno fueron abrumadoras hasta que restablecí el orden en la clase.

Nunca supe si realmente se comió la figura plástica.

Desafortunadamente, este alumno no aprobó la materia y desertó de la carrera en el primer semestre.

 

*Doctora en Educación. Docente jubilada por el Cucba de la UdeG. silviaruvacaba@gmail.com

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