La ley, pero en la milpa de mi compadre

 en Rodolfo Morán Quiroz

Luis Rodolfo Morán Quiroz*

No nos cabe duda alguna: hay leyes, reglas y normas que resultan absurdas y que pueden derivar en profundas injusticias. Como la regla en el tenis que dicta que las jugadoras no tienen permitido quitarse la camiseta, aunque los jugadores sí pueden hacerlo. O como la ley en algunos países en el sentido de que las mujeres no tienen autorización para conducir a menos que las acompañe un hombre de su familia (esposo, hermano o padre). O normas que discriminan a algunos clientes a los que no se atenderá en un restaurante si no llevan saco, corbata y zapatos.
Ante estas dudas, hay otro principio al que suelen recurrir quienes interpretan las prescripciones que se aplican a determinadas poblaciones: aplicar la norma con benevolencia y encontrar atenuantes (o agravantes), para no aumentar los perjuicios a las personas involucradas/afectadas. Sin embargo, hay algunos que aprovechan las ambigüedades de las normas para aplicarlas a otros con todo rigor y abrigarse en un excepcionalismo cuando se trata de que se las apliquen a ellos. Así, habrá quien se indigna porque observa a otros romper las reglas, pero luego argumenta que esas reglas no se aplican para su caso. Las leyes están escritas para controlar a los otros, no a nosotros, es el razonamiento.
En muchos casos, observamos que los humanos no somos tan asertivos como requieren muchas de las situaciones en las que nos involucramos. Es frecuente que no hagamos explícitas las consecuencias de determinadas acciones, ya sean premios o expiaciones; que no respetemos los acuerdos y después esperemos que no haya sanción por faltar a nuestra palabra. Esta ambigüedad es parte del estilo de muchas de nuestras actividades, que incluyen entre sus procedimientos hacer fintas, blofear, prometer y no cumplir. En ámbitos como los juegos de cartas, los deportes, la política, las relaciones de pareja, las interacciones en el aula, expresamos algo y decimos, pero no explicitamos. Ocultamos y hacemos lo posible por engañar a nuestros interlocutores, rivales, enemigos. Tanto en cuanto a nuestros movimientos como en cuanto a nuestras intenciones. Y luego nos quejamos de que no logramos lo que nos propusimos, a pesar de que había determinados acuerdos; lo que también nos ayuda a culpar a los otros de que las cosas no salgan como nosotros declaramos que debían haberse producido.
Es muy frecuente que las leyes respecto al castigo de la violencia y la corrupción estén llenas de excepciones, en especial para quienes cuentan con las posibilidades para limitar los daños o para echar la culpa a otros. Así, en nuestro país podemos anticipar que quedarán impunes los irresponsables que debían dar mantenimiento al sistema de transporte colectivo de la Ciudad de México, de la misma manera en que acaba premiándose a los estudiantes “sagaces” que copiaron las soluciones en el examen en vez de aprender los procesos para resolver los problemas que se plantean.
Escuchamos la queja en el sentido de que no se aplican las leyes a los demás y observamos que muchas personas hacen lo posible por evitar las consecuencias de haberlas quebrantado. El aprendizaje que derivamos de esto es que hacer trampa y saltarse la ley es de personas inteligentes, y que sólo a los tontos se les aplican las normas, por más justas que las concibieran quienes las redactaron. La convivencia en nuestras familias, trabajos y escuelas enfatiza mucho más la existencia de una serie de normas implícitas paralelas a las escritas, ligadas a la posibilidad de echar la culpa a otros y no pagar lo que se debe en justicia, y enfatiza mucho menos la necesidad de reflexionar acerca del comportamiento ético en situaciones de ambigüedad.

*Doctor en Ciencias Sociales. Profesor del Departamento de Sociología del CUCSH de la UdeG. rmoranq@gmail.com

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