La escritura, la lectura y los libros
Alfonso Durán Hernández*
Es un lugar común decir, parafraseando a la “Comisión Internacional sobre la Educación para el Siglo XXI” de la UNESCO encabezada por Jacques Delors cuando se refiere a la educación, que la escritura/lectura encierra un tesoro; sin embargo, esto es cierto, ya que, como sabemos, la mayoría de las actividades creativas de la humanidad se han plasmado y difundido mediante estos medios.
La evidencia más antigua de los signos escritos la encontramos en el sur de Mesopotamia: Primero, signos jeroglíficos en tablillas de barro, luego la escritura cuneiforme y posteriormente la silábica.
Emanado de este sistema de escritura y del demótico/hierático egipcio que había sido inventado casi al mismo tiempo, surge en esta misma región del mundo el sistema alfabético fenicio cananeo conformado por 22 letras que ya no representan ideas, palabras o sílabas, sino sonidos, y del cual se derivarían los alfabetos hebreo, arábigo, latino, griego y cirílico.
Sin embargo, la escritura no solo surge en el Medio Oriente, sino que también aparece en otros lugares en diferentes épocas y formas: En el valle del Indo, en el del río Amarillo, en la región andina y en Mesoamérica.
Ha sido tan importante el surgimiento de la escritura para la humanidad, que ha sido tomada como el referente para marcar la separación entre Prehistoria y la Historia: A partir de su invención, las sociedades han consignado —en su devenir— en arcilla, piedra, papiro, cuerdas, pergaminos, papel o dispositivos magnéticos sus actividades políticas, económicas y sociales, así como sus creaciones artísticas y sus creencias religiosas.
En la cultura occidental, desde la antigüedad y hasta nuestros días, estos escritos se han realizado fundamentalmente en los libros, es decir, en hojas rectangulares, por lo general de papel, encuadernadas y protegidas con una cubierta. Así tenemos que escritura, lectura y libro son inventos humanos que se encuentran unidos de tal manera que no pueden comprenderse los unos sin los otros.
A las personas alfabetizadas siempre se nos ha dicho que, para que un individuo alcance su desarrollo intelectual, es necesario leer. Pero no leer cualquier cosa, sino los libros que han sido considerados importantes o bellos: “La Biblia”, antiguo y nuevo testamento, obra que rige a los cristianos en los principios fundamentales de su religión: Es la palabra de Dios; “La Iliada” y “La Odisea”, textos en los que se condensan la cosmovisión, la ética, los valores y los sentimientos del pueblo griego, es decir, de la cultura madre del mundo occidental; “Las Mil y una Noches”, bella compilación de cuentos y leyendas de una riqueza imaginativa incomparable en las que se plasman la vida cotidiana, modificada con una visión fantástica y mágica, de los pueblos persa, hindú, chino y sirio; Don Quijote de La Mancha (El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha y El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha), que ha sido considerada como la primera novela moderna de la literatura universal. En este mismo sentido se nos ha dicho que debemos leer “La Divina Comedia”, “Guerra y paz”, “El mundo de ayer” y “Cien años de soledad”.
Sin embargo, no todos hemos tenido la fortuna de iniciar nuestra aventura de lectores con las grandes obras de la literatura universal, sino a partir de la palabra impresa de lo primero que tuvimos a nuestra disposición. Yo —y perdonarán, caros lectores, como dirían los anacrónicos escritores del siglo XIX, que me ponga de ejemplo y relate aquí mis vivencias, que estoy seguro a nadie importan, pero que aun así quiero plasmar en este artículo— no me inicié en la lectura con los cuentos de los hermanos Grimm, ni con los de Perrault, ni mucho menos con “La Isla del Tesoro”, “Peter Pan” o el “Fantasma de Canterville”; sino con los “comics” que alquilaba por veinte centavos en la esquina de mi casa. La lectura de “Superman”, “Batman”, “Los Campeones de la Justicia”, “Los Supersabios”, “Titanes Planetarios”, “Los Cuatro Fantásticos”, “El Santo”, “Memín Pinguín” (el cual siempre fue para nosotros “Memín Pingüin”, derivado de nuestra ignorancia del uso de la “g” y las diéresis) consumía casi por completo mi exigua economía infantil y el tiempo que debía utilizar en mis nacientes labores escolares.
Igualmente tuve acceso, desde que tuve memoria, a la lectura de revistas, ¡particularmente “Siempre!”, el gran semanario de temas políticos de los años 50, 60 y 70. En ella, antes de cumplir los 12 años, leí a Vicente Lombardo Toledano, Nemesio García Naranjo, José Alvarado, Renato Leduc, Elena Poniatowska y a José Santos Valdez, entre otros. En sus páginas tuve la oportunidad de leer el reportaje de la muerte en Bolivia del Che Guevara; de la “Primavera de Praga” y la invasión soviética a Checoeslovaquia; de la guerra de Vietnam y de la invasión de Estados Unidos a la República Dominicana, entre muchos otros acontecimientos de esa época.
Ahí mismo tuve la información, en el suplemento “La Cultura en México” dirigido por Fernando Benítez, del movimiento estudiantil de 1968 y de los asesinatos de la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco.
Paralelamente, mi morbo infantil se nutría, con la reprobación de mis mayores, de la lectura de “Alarma!”, la revista de nota roja por excelencia de la vida nacional. Ahí se narraba todo hecho criminal, violento o sangriento del México de esos años. Por ahí desfilaron, potenciados al cubo, los inenarrables crímenes de las hermanas González Valenzuela, “Las Poquianchis”, que habiendo cometido fundamentalmente sus delitos en Lagos de Moreno aparecían publicados, no sé por qué, como llevados a cabo en San Francisco del Rincón; también se publicó con fotografías más que explícitas el asesinato de una mujer que una vez muerta fue destazada y empaquetada en una caja de cartón, crimen que por su sadismo estremeció a la sociedad mexicana y que hoy no sorprendería ni a las más sensible quinceañera; igualmente se dio la noticia de un autobús con peregrinos que venían de visitar el santuario del “Santo Niño de Plateros” en el que murieron arrollados por el tren toda una familia: Los abuelos, los padres, los hijos, los nietos, los cuñados, cuñadas, suegros y suegras, tíos y tías, todos; de la misma forma me enteré de crímenes políticos presentados como vendettas entre pandilleros: El asesinato del líder de los colonos acapulqueños Alfredo López Cisneros, “El Rey Lopitos” y la matanza de campesinos copreros del mismo estado de Guerrero.
Solo más tarde encontré el libro que sería el que me abriría los ojos a la, permitan que lo diga así, “verdadera” literatura: “Corazón, Diario de un Niño”, el cual leí como “Corazón diario de un niño”, título que me sigue gustando más que el original de Edmundo de Amicis. Por años he leído y releído el “diario” que Enrique realiza acerca de sus actividades escolares, de sus maestros y de sus compañeros de escuela. Aun hoy, 60 años después de la lectura inicial, me entusiasma recordar a aquellos niños italianos que, no importando clase social ni condición económica, acudían a una escuela pública de la ciudad de Turín: Deroso, el primero de la clase por su inteligencia y simpatía; Garrón, el noble y fuerte protector de los débiles; Estardo, imagen viva de la constancia y la aplicación; Garofi, el comerciante en embrión que todo lo compra y todo lo vende; Nobis y Votino, vanidosos y egoístas; Coreta, el hijo del vendedor de leña, fuerte y trabajador; Franti, el delincuente en embrión. Mosaico de la sociedad italiana dentro de un salón de clases donde aprenden a convivir unos con otros en medio de sus diferencias sociales.
El otro gran libro de mi infancia fue el de “Lengua Nacional” de Quinto grado, editado por la Comisión Nacional de los Libros de Texto Gratuitos. En él se narra el viaje que por buena parte del país realizan los tres mejores alumnos de quinto año del Distrito Federal como premio a su aprovechamiento escolar: Alberto, el narrador, huérfano de padre y madre que vive con su hermana mayor y su esposo de oficio carpintero; Felipe, primogénito de una familia de la clase media alta; Agustín, hijo de campesinos de Magdalena Contreras. El viaje inicia en Chihuahua, continúa vía el ferrocarril Chihuahua-Pacífico, en Los Mochis y Topolobampo en Sinaloa; por avión sigue hacia Guadalajara, luego por carretera a Guanajuato, Veracruz y el sureste, Campeche y Yucatán. Tanto nos gustó el libro, que pedimos a nuestra maestra de sexto grado que lo siguiéramos utilizando un año más. Aún tengo un libro similar al que yo utilicé, el mismo que se perdió para siempre en los avatares de la vida.
Al tener en mi pubertad acceso a bibliotecas organizadas de manera racional, ahora sí comencé a leer libros para niños y jóvenes. Por mis ávidos ojos desfilaron en esos breves años textos como “Los Cazadores de Microbios”, que contiene las historias de la aventura científica de Antón van Leeuwenhoek, Robert Koch y Luis Pasteur, entre otros; la biografía de George Washington Carver —inventor de productos industriales derivados del cacahuate y la papa, como aceite, harina, queso, pinturas, jabones, plásticos— “Más allá de la fama y la fortuna”; y, ahora sí, “Robinson Crusoe”, “Las Aventuras de Tom Sawyer”, “Tarzán” y algunos relatos de “Las Mil y una Noches”.
Sin embargo, la lectura que más me impactó en estos años fue la novela de Stefan Zweig “Impaciencia del corazón”, en la que se plasma la tragedia de un amor no correspondido de un teniente de caballería del ejército imperial austriaco —Anton Hofmiller— hacia una rica adolescente inválida, la que, al verse rechazada y ridiculizada, se suicida, provocando el eterno remordimiento del militar; angustia que se pierde en la vorágine de la Primera Guerra Mundial que da principio en los momentos en que muere la niña enamorada. La crisis existencial del protagonista central del relato es el ejemplo de las almas que huyen a los compromisos sentimentales con sus semejantes.
Ha habido otros libros en diferentes épocas de mi vida, que han tenido especial significado en su momento: “Memorias de Adriano” y “Opus Nigrum” de Margarita Yourcenar, “Cien años de soledad” de Gabriel García Márquez, “El mundo de ayer” de Stefan Zweig, “Confieso que he vivido” de Pablo Neruda, “Zapata y la Revolución Mexicana” de John Womack, la trilogía de la biografía de León Trotsky de Isaac Deutscher: “El Profeta Armado”, “El Profeta Desarmado” y “El Profeta Desterrado”; sin embargo, siento que aquellas primeras revistas y libros leídos son los que más presentes siguen estando en mí a pesar del tiempo transcurrido. Tal vez su agradable recuerdo sea de los pocos que me acompañen hasta el final del camino.
*Maestro en Educación. Director del Centro de Actualización del Magisterio en Lagos de Moreno, Jalisco. alfonso.duran.hdez@gmail.com
“Kalimán, El Payo, La familia burrón, Lágrimas y risas…”
….más tarde el encuentro con Agustín Yañez, Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Amado Nervo, Juan Rulfo, Octavio Paz, Mark Twain, Cervantes y Saavedra, Shakespeare, Dostoievsky, García Márquez, Marx…
Sí, el encuentro con los grandes fue revelador, impactante…pero todo empezó con los cómics en alquiler colocados sobre hilillos en la barda de una casona, ubicada por la calle cercana a la iglesia de mi pueblo. Lecturas vespertinas a la sombra del muro, sentado sobre un banquillo de tijera.
Gracias por la remembranza.
La lectura es, efectivamente, uno de los medios más eficaces de apropiación e interacción con el mundo natural y social.
Insistir en su práctica consciente en las escuelas es un imperativo ético.