Juan Camaney

 en Jorge Valencia

Jorge Valencia*

Juan Camaney se pinta solo, creación sobresaliente de Escher. Sabe que está hecho a mano y que nada seríamos sin él. Es el arquetipo del mexicano. El macho que las puede todas, como Jalisco, que nunca pierde y cuando pierde, arrebata.
Es el influyente y el sabio. El empistolado, el de la charola oportuna, el Atlas que sostiene al mundo. “Échenme a mí la culpa de lo que pasa”, canta a Ferrusquilla y tira un balazo al aire. Riñe y reclama: “¿qué me ves?”, pregunta y camina con fintas de púgil glorioso.
Otros sobrenombres de Juan Camaney son Pancho Pantera, Sacalepunta, Pipirináis… Es el tlatoani del barrio, el “dealer” de la alegría, el zaguero central del equipo del llano. El capitán de la escuadra, el navegante, el macho alfa, el referente de toda pasión.
Juan Camaney masca chicle, escupe en la alfombra, enciende un cigarro en Misa y se alburea a la hija de la vecina. Lanza un aforismo con el tino de un filósofo rumbero y desprendido.
Luis de Alba lo bautizó pero lo conocemos todos. Es el amigo mítico, el defensor por antonomasia, el único que puede resolver el acertijo, repetir el galimatías, traducir del caló el insulto. Galanazo en fiesta de XV años, orador del sepelio, padrino de bautizo vestido de blanco y lenitivo de viudas y abandonadas a su suerte (a la suerte de él).
Juan Camaney ocupa una curul, redacta los discursos presidenciales, vota una ley liberal, es el comisionado de un hecho adverso. Discute y divierte, define y brinda y tira otro albur sedoso y magnífico, pueril, algo engolado, un poco cacofónico, descomunal.
Es el líder sindical, el jefe de piso, el editorialista de tv y el rey del twitter, el autor del primer meme, el administrador del chat, el que bloquea y desbloquea la lista de difusión. Juan Camaney es una advertencia icónica, el patrocinador del grito de “¡sí-se-puede!” Su indolencia tiene algo de santidad, de punto de partida y origen.
Es el ojo de “Big Brother”, la garita de la voluntad ajena, el salvoconducto de toda fraternidad. El visto bueno de la dicha y el dicho que anticipa cualquier conversación.
El naco del país de la terlenka en verano y suéter de tortuga a 30 grados a la sombra. El ñero que se las sabe de todas, todas. Baila danzón y tango, cumbia y rocanrol, salsa, vals a domicilio y bachata por encargo. “Pregúntame”, le aportó Derbez. Oráculo del cabaret, su frase central: “conócete a ti mismo”, Delfos esquina Manuel M. Diéguez, jurisdicción de Santa Tere, corazón de la ciudad.
Juan Camaney es el cacique que nuestra genética bendice, el héroe de la Revolución, el que cobra los penaltis y el perfil de los billetes de 100.
Sin él nada sería posible. Las escuelas no tendrían alumnos ni los equipos, fans. Los cines serían pueblos fantasmas y los hospitales, meros museos del dolor.
Es la sangre nativa. El folklore mestizo. La pátina de las calles de un día lluvioso, agua y mugre, sirenas de policía azul y rojo y micción de perro callejero. El arcano nacional. Tururú.

*Director académico del Colegio SuBiré. jvalenci@subire.mx

  • Verónica Vázquez-Escalante
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    Una mejor analogía… no se puede. Ahora si, el que lea, que entienda.

  • Nicandro Tavares Córdova
    Responder

    ¡¡¡SENSACIONAL!!!

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