Jalisco bajo fuego: relatos desde el epicentro del caos
Graciela Soto Martínez*
El domingo 22 de febrero de 2026 se escribió de forma distinta en cada rincón de Jalisco y del país. Cada quien cuenta su historia una y otra vez como parte del proceso para asimilar los hechos: esta vez nos tocó ser testigos directos de la crisis. Estuvimos a un paso de que nos bajaran de un carro o un camión; a instantes de estar en un Oxxo, farmacia o tianguis y ver cómo, segundos después, todo ardía en llamas.
Mi observatorio personal fue Autlán, cerca de la carretera federal 80 y a pocos kilómetros de un cuartel militar. Por esta vía transitaron quienes atacaron y quienes defendieron, mientras los demás, resguardados, consumíamos noticias que llegaban en tropel.
Al establecerse los perímetros de fuego para cerrar carreteras, descubrimos una verdad incómoda: los “halcones e informantes” —aquellos que en moto bajaban a la gente y cargaban bidones de gasolina para incendiar el entorno— estaban dentro de nuestras comunidades. No eran gente de fuera; viven entre nosotros. Son la mano de obra de una red que opera a otra escala; una nómina que, según se rumora, cobra barato. Para ellos es un trabajo, aunque no sea como cualquier otro.
Por los caminos del sur
Los lugares que como jaliscienses hemos hecho nuestros —el sueño de una cabaña en Tapalpa, un fin de semana en el bosque, la plaza con su iglesia de ladrillos— se convirtieron en el escenario de un operativo sorpresivo. El objetivo: abatir al líder.
“El Señor de los Gallos” ya es una leyenda, y sitios como los fraccionamientos Country Club y La Loma, el camino a San Gabriel o la presa, quedarán ligados a su historia. Se formará un mapa del lugar donde se contarán relatos con algo de verdad y mucho de imaginario colectivo. Este evento se grabó “en vivo”. Aunque no hay imágenes del abatimiento, los videos de los bloqueos y desplazamientos se difundieron en tiempo real. Las redes sociales nos dejaron atónitos; no salimos a enfrentar nada, nos paraliza lo que vemos. Como dice el dicho: “El miedo no anda en burro”.
Voces del estruendo
Los testimonios que se escuchan por estos días reflejan la magnitud del caos:
- La voz empresarial: “Ni el COVID nos encerró tan rápido. Tuvimos que cancelar toda la agenda”.
- Comerciante de tianguis: “Era temprano y ya teníamos los puestos listos. Llegaron unos en motos y camionetas con armas. Nos gritaron que teníamos cinco minutos para recoger. Como pudimos, metimos todo y nos refugiamos en la iglesia. Pasamos el domingo con hambre y miedo; solo quedaba llorar”.
- Ciudadano en carretera: “Unos encapuchados me cerraron el paso. Me bajaron a gritos e insultos. Vi cómo rociaban mi camioneta con gasolina y le prendían fuego. Mientras me dominaba la impotencia, llamé a un amigo. Con enojo y tristeza pensé: ‘estoy vivo’”.
- Testigo en Autlán: “Andan jóvenes en motos con bidones. Pasaron gritando que nos metiéramos a las casas y que, si alguien se resistía, lo ‘quebraban’. Luego vimos que habían quemado el Oxxo cerca de la casa”.
- Vecina de El Grullo: “Los helicópteros disparaban ráfagas desde arriba. Tiraban parejo. Si el techo no hubiera sido de bóveda y las paredes gruesas, aquí habría un gran velorio”.
- Mujer de la costa sur (perspectiva de género): “Dicen que fue una mujer quien lo delató, que a ella la siguieron, que era su pareja… Dicen que eran varias las que tenía en los pueblos donde habitaba. Yo pregunto: ¿por qué culpan a la mujer? No lo persiguen por un romance; lo buscan por quién es y por el cártel de talla mundial que formó. Dejen a las mujeres en paz; ellas no se moverían si él no las hubiera buscado”.
- Mujer tapatía: “Me fui el fin de semana con mi familia y el domingo no pude regresar a Guadalajara, todo bloqueado, no había camiones de transporte público. Cuando pudimos volver el martes, decían que era bajo nuestra responsabilidad; el miedo estaba presente, íbamos viendo ese apocalipsis; parecía un campo de guerra.
La red y la ceguera
La organización que se expandió por el estado tiene múltiples facetas: las ilegales, como el tráfico y la trata; y las “legales”, como la creación de empresas y su infiltración en policías, gobiernos y fiestas patronales. Estaba en todas partes. Lo que hoy vemos es la exposición de esa descomposición social que se había normalizado tanto que, al fragmentarse, genera este terror. Fue un “1 de mayo negro” como el de 2015, pero más prolongado y dañino.
Fingimos no saber que hay gente de alto nivel que no se ensucia las manos, pero recibe dinero por dejar transitar, reclutar y vender. Una gran cadena operativa ocurre bajo el mismo cielo y nadie parece saber nada. Miramos de lejos a los desaparecidos y olvidamos horrores como el Rancho Izaguirre. Sin embargo, la ceguera no nos exime de responsabilidad social.
Tal vez hemos vuelto la mirada hacia otro lado, creyéndonos a salvo, hasta que un día todo estalla e incendia el pequeño mundo del que formamos parte. Las consecuencias finales de estos eventos aún están por revelarse.
*Doctora en Educación. Jefa de Sector Preescolar de la SEJ. meipe1gsm@gmail.com
Muy buena reseña Dra. Graciela, el darle voz a los que no la tienen en esta trágica miscelánea de historias de terror.
Gracias por contribuir a conservar la memoria colectiva
Un abrazo
Excelente y conmovedor relato. Nos toca y nos involucra muy de cerca.
Gracias por compartir.
Doctora, que relato tan cruel y conmovedor.
Coincido con usted, los terroristas están entre nosotros, en ambos bandos, los “buenos” y los malos.