Hay niños que triunfan y niños disléxicos

 en Alma Dzib Goodin

Alma Dzib-Goodin*

En cada salón de clases hay niños motivados para aprender, todos los conocemos bien, son estudiantes modelo de quienes todos están orgullosos, los maestros en clase les brindan la atención que requieren y los padres hacen todo para motivarlos a seguir adelante.
Comparten, a veces, el mismo tiempo, clases, materiales y maestros, con otros niños que aprenden con dificultad, quienes casi dolorosamente acuden a clase todos días, sabiendo que no importa qué, cómo o lo que se les enseñe, tendrán problemas para aprender y serán la burla de sus compañeros. Para ellos no hay palabras de aliento, ni siquiera de los padres, quienes simplemente les recuerda que ellos tampoco fueron buenos alumnos, conformándose con que se mantengan en la escuela, pues no hay más que hacer por ellos.
Los expertos tienen dos etiquetas preferidas que las acompañará por el resto de su vida académica, y que les provocará la burla de sus compañeros: dislexia o desorden por déficit de atención.
Sus patrones de desarrollo se muestran mucho antes de llegar a los salones de clase: son niños que comienzan a hablar de manera tardía, aprenden con dificultad y confunden los sonidos de las palabras, nombres de letras números, colores o rimas.
Cuando llegan a los salones de clase, su nivel de lectura está por debajo de sus compañeros, ya que tienen problemas para entender lo que escuchan, reconocer la lateralidad, les cuesta trabajo encontrar la palabra correcta ya sea para preguntar o responder, debido a que muchas veces no recuerdan la secuencia de eventos, en parte, porque pueden tener dificultad para diferenciar o pronunciar sonidos de palabras que no son familiares, o bien formas de las letras y palabras, las cuales les parecen todas similares.
A ello se agrega que les es casi imposible reconocer las reglas ortográficas, y no importa cuanto tiempo intenten completar lecturas o escritos, sus esfuerzos siempre serán en vano.
Sin embargo, algo ha de decirse a favor, y es que, desde el punto de vista evolutivo, el cerebro no está programado para leer y escribir, pues es un invento cultural relativamente reciente, porque las vías son compartidas por el lenguaje y la música.
En este sentido, el procesamiento de las palabras y los números, no necesariamente se automatizan como en el caso del lenguaje, el cual cuenta con estructuras cerebrales y genéticas que lo hacen aparecer de manera natural, mismas que ocupan tanto el hemisferio derecho e izquierdo, al igual que en otras especies, lo cual indica una larga historia evolutiva.
De ahí que, a diferencia del lenguaje que surge de manera natural durante el primer año de vida, la lectura como la escritura deben ser modelados a nivel social, pues no existe una estructura cerebral que los apoye. En tal sentido, la enseñanza de dichos procesos ha de recaer en las prácticas pedagógicas, capaces no sólo de desarrollar, sino enamorar a los niños con el arte de la comunicación oral y escrita.
Sin embargo, lejos de ello, los estudiantes han de sufrir las demandas académicas, las cuales les piden aprender como el resto de sus compañeros, bajo las mismas normas, sin importar sus habilidades, pues todos deben aprender al mismo ritmo tiempo y espacio. En la escuela no se acepta lo distinto.
Muchas veces, sin embargo, cuando se ve de cerca a estos niños, muestran otros talentos, por ejemplo, para el arte, la música o bien tienen excelentes habilidades sociales, mismas que se pasan por alto por el solo hecho de tener dificultad para leer o escribir.
En algunos casos, serán capaces de sobrevivir a la escuela y descubrirán su propia genialidad, dejando atrás años y años de sufrimiento escolar. Otros, sin embargo, no serán tan afortunados y mantendrán la idea de que son tontos, aceptando empleos de poca remuneración como castigo a lo que creen en una incapacidad para aprender.
Cabe mencionar que tanto la dislexia, como el déficit de atención, serán parte de su vida adulta, por lo que tendrán gran influencia en sus hijos, que muchas veces se acepta sin mayor problema que se repitan las historias de los padres las cuales se perpetúan de generación en generación.
La escuela, en este sentido, no ha sabido dar una solución, pues es más simple trabajar con los niños que están motivados, a participan, y desarrollan sus tareas como se espera, pues la carga de trabajo es tal que no pueden detenerse a ayudar a los que se quedan atrás. Los padres aceptan que algunos simplemente, no pueden y, con un poco de suerte, el maestro le dará una segunda, tercera, cuarta oportunidad.
Cuando los niños conviven en el mismo espacio y tiempo, las historias se dividen, aunque todos son niños, con metas, sueños y con el mismo derecho a aprender, más allá de sus etiquetas o de sus historias de vida.

*Directora del Learning & Neuro-Development Research Center, USA. alma@almadzib.com

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