Hasta para el pecado somos aburridos

 en Rodolfo Morán Quiroz

Luis Rodolfo Morán Quiroz*

Por más siglos que transcurren, la humanidad no es capaz de inventar nuevas formas de pecar. Nuestro cerebro es bastante similar al de los ancestros de hace cientos de miles de años. Nuestro cuerpo cuenta con determinadas terminales nerviosas y es capaz de realizar movimientos relativamente limitados. Ni los genios ni los contorsionistas ni los hedonistas parecen superar los límites de lo disfrutable y de las maneras de transgredir…los límites de la ley y de la moral.
Hace ya décadas, Ray Bradbury escribió un cuento en el que un sacerdote se une a una expedición interplanetaria impulsado por la curiosidad de qué otras formas de pecar existirán en otros planetas en que los seres vivos (tan inteligentes que son capaces de comunicarse con los humanos) no tienen las mismas estructuras corporales y neuronales que los humanos. Sin entrar en los detalles teológicos y, mucho menos, en las reflexiones morales del relato, la idea de cómo los pecadores de este planeta en el que se le achaca un hijo a uno de los dioses lleva a pensar en nuestras limitaciones.
Hay que reconocer que nuestro cerebro no da para mucho, y nuestros cuerpos, aunque se nos ocurran genialidades de soluciones o de perversiones, no dan para más. Nuestros posibles errores parecen ampliarse hasta el infinito como bien predice la ley de Murphy y su creciente número de corolarios. No obstante, los pecados, los errores y las categorías de estupideces que podemos generar tienden a estar limitados en tipo, aun cuando diariamente nos esforcemos por aumentar su número. De algún modo, incluso se han inventado normas y leyes para acotar el tipo de estupideces que podemos cometer. Las normas escritas o tácitas suelen contemplar cómo prevenir, describir o castigar errores y transgresiones, incluso aquellas de las que pensamos son inofensivas para los demás.
Limitados en nuestra creatividad para generar placeres y transgresiones, para equivocarnos y para echar la culpa a los demás, solemos creer que estamos igualmente condenados a un número limitado de soluciones. Y establecemos normas para derechos y obligaciones, castigos y magnitudes de las transgresiones; incluso para prevenciones, sanciones y correcciones. Para luego nombrar a quienes se harán cargo de vigilar, administrar los recursos para premiar y castigar y registrar quién merece y quién desmerece. Esos encargados suelen multiplicarse para vigilar que no se cometa el número limitado de nuestros pecados e incluso se dedican a restringir las fronteras de lo posible para prevenir o reducir nuestros errores. Así que esos vigilantes definen, aun más a la baja, la cantidad de pecados que conciben posibles, limitando también la cantidad de soluciones y de alternativas en nuestros comportamientos.
El establecimiento de normas se rige incluso por determinadas normas: no se pueden establecer si no es de determinadas maneras. Y se exige que la cantidad y tipo de infracciones a ellas se ajuste a las normas, en muchos casos sin ajustar las normas a las posibles infracciones. La creatividad pecadora de los humanos es limitada y las normas seguirán buscando cómo acotar que los involucrados pequen, otra vez, de las mismas maneras que han pecado durante siglos: que no roben, adulteren, mientan, maten. Las normas están limitadas también por las capacidades cerebrales y corporales de quienes las generan. Si no hemos sido capaces de pecar de otros modos, tampoco hemos encontrado otros modos de limitar nuestras capacidades de transgredir las normas. Mientras más normas se generan en nuestras burocracias (escolares o más amplias), se definirán más formas de cometer las mismas estupideces y los mismos pecados dentro de las posibilidades limitadas de movimiento de nuestros cuerpos y cerebros.

*Doctor en Ciencias Sociales. Profesor del Departamento de Sociología del CUCSH de la UdeG. rmoranq@gmail.com

Comentarios
  • Fabiana Silva Varona
    Responder

    En conclusión : Somos seres víctimas y victimarios de la estupidez humana.

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