Futbolito

 In Rubén Zatarain

Rubén Zatarain Mendoza*

El fenómeno del fútbol tiene una dimensión sociológica que es objeto de análisis para algunos estudiosos.
Por supuesto, al igual que la dimensión espiritual como expresión de la totalidad humana, complejiza la lectura a través de marcos de racionalidad y deja límites poco visibles de explicación y comprensión.
El espíritu lúdico de las sociedades antiguas y modernas, las emergentes maneras como se gestiona el tiempo de ocio y recreación a través del rol de espectadores, ha sido capitalizado muy bien por la empresa del divertimento en la sociedad postindustrial.
Toda una industria del espectáculo atraviesa la columna vertebral de un insaciable sector, principalmente joven, incapaz de elegir oferta cultural con formación y pensamiento crítico.
De igual manera, en sectores de la pirámide poblacional y en regiones geográficas futboleras, principalmente sobrepobladas, toda una estructura económica y comercial hunde sus raíces en las hambres insaciables y existenciales de los trabajadores citadinos y rurales que prestan su tiempo libre al negocio y manipulación de sus explotadores.
El tiempo extensivo de radio y televisión dedicado al deporte de masas recrea una legión de comentaristas especialistas en análisis y memoria histórica de nimiedades.
La fragilidad de la existencia humana, el ser humano objeto de los centros de producción de alienación a través del fútbol que no pasa ni los básicos parámetros de calidad.
Ciudades como la ahora CDMX, Guadalajara y Monterrey, con equipos y redes que convocan pasiones irrefrenables, caducan cada temporada. Los estadios como coliseos de concreto, escenarios de la contemplación y la catarsis de voyeuristas de juguetones deportistas sobreexigidos.
Los futbolistas, seres humanos reducidos a piernas y pies que patean y corren con un furor admirable.
La catarsis colectiva y la fiesta del gasto personal y familiar en chatarra crocante y líquidos bebibles a sobreprecio. Los ojos atentos, la emoción contenida y el grito eufórico de alegría extraña, la palabra altisonante fácil y la violencia verbal de contención.
El fútbol y el paroxismo de las masas, la antirrebelión de las masas a contrapelo del análisis marcusiano.
El Mundial de Fútbol, el 2026 y el embellecimiento cosmético de ciudades como Guadalajara, cuya ciudadanía ya se atraganta con la congestión vial inacabable de meses, el corte de caja de cuentas mochas del gobierno estatal y municipal. La decoración balín que ya viste parcialmente lugares icónicos como la Expo Guadalajara.
El fin de semana pasado y el mundialito, los niños y niñas, el juego y la ilusión, los encuentros en Guadalajara, en lugares como la Unidad Deportiva López Mateos de Colón y Lázaro Cárdenas.
El Parque Rojo y la Minerva, lejana sabiduría y fortaleza que hace mucho no custodian esta leal ciudad, franquicia de empresarios y gobiernos hábiles para el negocio recaudatorio, cambios de uso de suelo y gestión gubernamental inflacionaria del terreno metropolitano y la vivienda, muy lejos de los sentimientos de la nación de José María Morelos de moderar la opulencia de los ricos. Gobierno naranja cargado del lado de empresarios con las manos metidas en el ciudadano común que se da con desayunar menudo después de misa o que se da con la birria o torta ahogada los días de partido de futbolito.
El futbolito nacional y la temporada que cierra con el campeonato del Cruz Azul con bajo nivel de calidad e ingredientes fortuitos como una expulsión de último momento; la felicitación de la presidenta, el corte de caja de ingresos y apuestas de una sociedad con síntomas de pobreza y ludopatía.
La afición del equipo consumidora de camisetas y simbología sigue de fiesta, la noche del domingo y el Ángel de la Independencia vibrante, el futbolito de estadio y televisión hipercomercial que se reproduce generacionalmente y se instala en el imaginario colectivo como identidad, la insoportable levedad del espectador de los otros equipos, los equipos consolidados en afición y cartera como marcador de egos empresariales, los equipos enanitos con zona de crecimiento y vitrina.
Las masas y su resiliencia extraordinaria para soportar la cadena de ilusiones en vía larga, algunos, hacia el fracaso, el impasse del fin de los procesos y la franquicia en corte de caja y evaluación.
El perfil sociocultural de los jugadores, en general de estudios universitarios inconclusos; el perfil socioeconómico casi de todos en estado de emergencia; la jugada al diablo en el tianguis de piernas; otro tipo de cociente físico que se ve natural en el tianguis futbolero.
Los jugadores que llegan y muerden la oportunidad a mordiscos o cachitos. Amar el deporte del fútbol y vivir de él. La gestión del éxito en el ámbito socioemocional y nutricio, la vocación parrandera y de vida nocturna de muchos, las paternidades apresuradas de gran número de jugadores jóvenes.
Los antiejemplos y antivalores de algunas biografías. Las infancias y adolescencias en las canchas de polvo llaneras, la afición ilusa y reactiva que busca el ídolo para portar número y camiseta.
El largo camino de la ciencia y el aprendizaje en aulas y escuelas, la vía corta del éxito del jugador como puerta que seduce con los cebos de la fama y el dinero.
La politiquería de algunos que se oculta en la mirada evadida de las masas embriagadas en el absurdo futbolero.
La forma de hacer consumismo, los jugadores de la selección en las aguas del marketing y la comercialización de cien productos inútiles. La obsesión por vender y aprovechar la baja guardia de las multitudes, el laboratorio emocional y los sentimientos de quien bebe y come chatarra compulsivamente.
Las cuentas siempre alegres de los dueños del circo, la FIFA y la venta de los derechos de transmisión televisiva de los partidos del mundial próximo, las empresas en la primera línea de ventas desde hace ya algunos mundiales. La atención de la salud, la obesidad y el sobrepeso pueden esperar para después; la parranda es más placentera en grupo, ponerse la venda y disponerse para la ceguera colectiva es ya un ritual.
Los diálogos profundos de los futbolistas: “dejar el corazón y todo en la cancha”; los apuntes de los inquilinos de las sillas y sofás en modo espectador expertise: “la culpa es del árbitro, no era fuera de lugar, no era penal”.
El debate intenso de los comentaristas, tiempo cobrado de saliva, ojos que voltean al derecho y al revés cada jugada, la prensa deportiva de lectores sin exigencia.
El Mundial de Fútbol y la selección mexicana, el impacto en la normalidad de la sociedad mexicana, el ajuste del calendario escolar y la suspensión de clases en la zona metropolitana de Guadalajara, el comercio extensivo y la obra pública al servicio del absurdo, la ciudad cara y de agua de mala calidad en el trance de la distracción, el paliativo del espectáculo fugaz.
El futbolito, otra cara en la colección de las mediocridades tan nuestras.

*Doctor en Educación. Profesor normalista de educación básica. zatarainr@hotmail.com

Comments
  • Gris Gómez
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    El próximo encuentro mundial de fútbol se recuerda la máxima romana: “al pueblo pan y circo” El fútbol como cultura social de alineación y consumo.
    ¿El mundial que nos une?
    Los padres de familia que apuestan en los hijos la ilusion de una vida de esfuerzos e inversión de vida, en pos de que hijos e hijas destaquen en el ámbito deportivo, la escasa posibilidad de ascenso en el mundo del fútbol profesional, espacios privilegiados en la primera división, determinados por intereses económicos de representaciones, expuestos como mercancías al mejor postor.

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