Fotografía tamaño título

 In Cuentos y relatos del magisterio, Videos

Rubén Zatarain Mendoza*

Fue el primer semestre de 1982; el cuarto año de la Normal elemental corría rápidamente. Una generación más de profesores en educación primaria concluía sus estudios a fines de junio de ese año.
Los viajeros y su capital sociocultural, los viajeros de sandalias Calzaletas o Sayonara, huaraches de correas, zapatos cuasimilitares regalados en el almacén de la escuela y sus brújulas sin norte definido, aún por imantarse.
El viaje por el mapa curricular de una carrera diseñada para 8 semestres estaba por concluir. Todos escritores de apuntes a mano, pocos con su Olivetti Lettera 25 a teclazos ruidosos y espaciados por dedos índices sincronizados.
Aquel semestre final, las materias académicas habían disminuido para liberar tiempo efectivo para el servicio social y las prácticas profesionales. De la adolescencia a la mayoría de edad, el ser docente como futuro de posibilidades, los saberes aprendidos individual y colectivamente.
Más ignorantes que sabios, más valientes que cobardes.
La mochila cargada diferencialmente de habilidades lectoras, saberes pedagógicos, didácticos, filosóficos, matemáticos, legislativos, artísticos, desarrollo de la comunidad, inglés, etcétera.
Ese octavo semestre había que elaborar lo que tradicionalmente era el informe profesional y que para nuestra generación había una propuesta de cambio de enfoque. Ahora había que desarrollar una especie de investigación-acción y desarrollo comunitario en las escuelas y localidades asignadas o elegidas.
Aquella ofrenda de papel, el informe recepcional o problema pedagógico, instituido apenas, implicaba habilidades de redacción e investigación documental que integrar. Eran los prolegómenos sobre la línea metodológica de investigación en el campo sociopedagógico.
Afortunadamente, contamos con la asesoría personalizada del maestro Arael, de origen poblano, para todo el internado conocido como el “Superman”.
Por fortuna, también en los espacios colectivos de cubículos y biblioteca se daban los intercambios de tesis de generaciones anteriores para dar luz a la pregunta del cómo. Cual copistas medievales, algunos adoptaron una tesis ajena bajo el brazo o como libro de cabecera.
A Carlos Beltrán, alias “el Cocho”, por su origen guerrerense, y a mí nos tocó dar el servicio social en la comunidad de Miraflores, municipio de Juanacatlán.
Aunque el compañero no era un normalista de diez, su madurez, capacidad de negociación e inteligencia orientaron algunas decisiones comunes.
Más allá de las labores comunes, en cada salón de clase fuimos autónomos. La escuela donde era director José Manuel Covarrubias “el Pituque” fue nuestro taller de la primera experiencia como profesores. En voz de los niños y niñas, como canto de sirenas en positivo, hay la mejor retroalimentación del oficio de educar.
En la estancia en Miraflores pudimos aportar socialmente a un intento de nomenclatura de sus calles; por cierto, algunas paletas de butacas arrumbadas en uno de los rincones del taller de la Normal fueron desmontadas y pintadas por Carlos y yo para cumplir nuestra propuesta.
También encabezamos la gestión ante el ayuntamiento para solicitar la construcción de un pozo para satisfacer la necesidad de agua potable del lugar.
Todos los días hacíamos el trayecto a pata. Caminantes entrenados, íbamos y veníamos a la Escuela Normal. Los dormitorios de los compañeros lucían vacíos y silenciosos.
Las imágenes de los campos de trigo en la parcela de la escuela, la vista a la estación del tren. Ocasionalmente, un tren en alguna de las dos direcciones, el salto de las vías y el cruce del río Santiago eran parte del trayecto diario.
Las mieses, las espigas y el viento de la primavera, el molino de harina de Atequiza, el tren y las vías como metáfora de la vida y el viajero, el río ya desde entonces con aguas contaminadas y llenas de lirio, que hacía imposible la mirada contemplativa, porque no queríamos cruzar dos veces las aguas del mismo río enfermo por el corredor industrial, como el club de Heráclito con conciencia ecológica inicial.
Las charlas profundas o inocuas propias de aquellos años de estreno de la mayoría de edad, carga indistinta bajo el brazo: libretas, libros o cartulinas, gises. Las conversaciones del ineludible tema de las mujeres. Ahí conocimos a una compañera que estaba de servicio en el jardín de niños y que a veces hacía el trayecto a pie o en bicicleta, proveniente de Atotonilquillo.
Ambos colegimos que era una hermosura de dama con un físico más que saludable; ella le permitió al Cocho una fotografía en el salón donde atendía a sus alumnos menores. Él la guardó unos días como valioso fetiche en su portafolios.
Para la mala suerte de las intenciones de mi compañero, la dama tenía novio y, cuando se enteró de que a veces compartía el camino con dos normalistas, jamás dejó de acompañarla ni de ida ni de regreso.
En las prácticas, con el grupo escolar, las dificultades a sortear fueron la gestión del tiempo de clase y la disciplina de aquellos pequeños con rezagos evidentes, inscritos en tercer y cuarto grado.
Por aquellos días me planteé la fortaleza de mi vocación. Cavilaba si ser profesor fue la elección más inteligente.
El soliloquio fue pasajero; la elección vocacional es secundaria cuando hay un imperativo de lo posible y lo deseable está lejos del poder adquisitivo familiar.
En esos pequeños grupos, la práctica del test de vista, audición, el censo de talla y peso y la toma de muestras de sangre para prevenir el paludismo.
No pudimos encontrar otra báscula y algún padre de familia nos prestó una para pesar cerdos. Entre bromas y risas de los pequeños alumnos y el profe, pudimos obtener el peso de todos. Desconozco el nivel de confianza de tales mediciones, pero sirvió para el llenado de una lista con los datos y de ahí derivar unas vistosas gráficas en papel cuadriculado coloreadas con lápices de colores de una caja de doce colores marca Blanca Nieves (la clásica de la brujita al reverso).
Concluido el servicio social, el retorno a la Escuela Normal, mayo y junio de 1982 tuvo días de liberación de cartilla, filiación y pulimento de la tesis; en mi caso, el tema fue “Asiduidad deficiente como factor de aprendizaje”. Nunca había visto esos niveles de concentración en mis compañeros mientras organizaban su escrito y fotografías, integraban croquis y anexos manuscritos de listas y sábanas de información sobre los alumnos a los que se había atendido.
La primera planta donde nos concentramos los de cuarto grado vivió raros días de silencio y concentración; hasta el criadero de ratas güeras, grises y cruzadas que había al frente perdió observadores y erráticas pláticas ociosas por aquellos días.
Nuestro asesor trabajaba arduamente con asesorías cronometradas; las habilidades de redacción y narrativa tenían distintos niveles de originalidad.
Los más llevamos a imprimir la tesis a Guadalajara en la tradicional calle de Enrique González Martínez del centro, donde había varios negocios e imprentas. Recuerdo mi elección del color café fuerte como portada y de las letras de referencia institucional, generación, lugar, título del trabajo y autor en color plateado. Muchos años conservé un ejemplar, aunque terminé perdiéndola en un ataque de comején.
Era de los últimos gastos que cargaríamos al peculio familiar.
En esos dos meses también se convocó al concurso del diseño del anillo de graduación; el diseño de Pedro “el Pitila” fue el triunfador y merecidamente obtuvo el premio de un anillo de oro.
Por los costos, fueron pocos los que encargaron anillo de oro; los más encargamos anillo de selenio.
Un momento especial fue cuando acudimos al estudio fotográfico de los Mascorro por la avenida Hidalgo de Guadalajara. Los dos viejitos que atendían eran pacientes para alinear la postura.
Montamos sobre nuestros hombros unos viejos sacos y corbatas con olor a encierro, pero fuimos felices trajeados en ese momento que se inmortalizó en nuestras historias personales con la orden “voltea aquí”, “no te muevas”.
Ahí están las fotos de frente, de perfil y de tres cuartos. La impresión, los tamaños credencial ovaladas y cuadradas. El tamaño título.
Todavía el marco del título y el certificado celosamente guardado me hacen asociar aquel instante con emociones de alegría.
Tamaño título, los ojos sin lentes, el saco y la corbata en préstamo, el peinado de moda.
Los actores ante la cámara, cortados del pelo, rasurados, peinados, sonrientes, relajados, tratando de ocultar inseguridades e imperfecciones de acné, de matizar aquella nariz prominente.
La postura de tres cuartos de perfil fue la más complicada de estabilizar.
La magia del estudio Mascorro del retoque y las bolsitas de plástico que días después hubo que recoger para entregar en la oficina de la dirección de la escuela.
Los días que corren rápido, la sinodalia de la tesis (tres sinodales), el acta de examen profesional, la toma de protesta, el certificado, el trámite del título y luego la cédula profesional (qué privilegio egresar de una Escuela Normal como la nuestra, en donde el apoyo fue constante en todos los momentos del proceso).
El título en piel y letras manuscritas en tinta china, las firmas oficiales, la fotografía del profesor en educación primaria cuidadosamente cancelada por el sello oficial.
La antítesis de nuestra formación en pedagogía crítica, los débiles susurros de la praxis de lateralidad izquierda, el padrino de generación, el secretario general del SNTE y luego candidato del PRI al Senado de la República, Ramón Martínez Martín.
La fiesta comunitaria de los egresados ya relajados, el patio cívico de la escuela, las mesas familiares con nuestros padrinos y madrinas y el baile amenizado por cuatro grupos musicales; recuerdo el garrafón y sus cinco monedas, los Tukas y la banda versátil Nuestros Prees, sumados por tradición, cantidad gastada en unas horas.
Cual burgueses malhechos, por primera vez no nos sentimos tan miserables y tiramos al viento música y alegría. El camino largo para transformar estructuras y culturas de alineación podía esperar toda la vida.
Fin de la carrera, la fiesta y la noche de despedida que no volteamos a ver las estrellas del cielo, aquella generación de cuatro grupos, alrededor de 120 nuevos profesores, ya no volvimos a estar juntos.
En el ciclo escolar inmediato por empezar las asignaciones automáticas nos dispersaron por distintos estados y distintos municipios.
La significación de la práctica profesional de un profesor rural estaba a paso de remuda o sobre los fuertes pies de los nuevos empleados de la SEP.

*Doctor en Educación. Profesor normalista de educación básica. zatarainr@hotmail.com

Comments
  • J Guadalupe Becerra. (Tigre)
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    Excelente remembranza Doctor Zatarain. Esas experiencias y otras más fueron las encargadas de formar el carácter y reforzar le meta de transformación personal y docente. Gracias por trasladarme a esos tiempos que fueron y serán inolvidables porque marcaron mi vida y la de muchos compañeros. Felicidades por serán y estar siempre Doctor Zatarain. Un abrazo. Saludos.

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