Festejantes
Luis Rodolfo Morán Quiroz*
Hay días de conmemoración por sucesos que no quisiéramos que se repitieran, como el primero de mayo y el ocho de marzo. Hay días de festejo recurrente por logros, avances, acontecimientos alegres, aniversarios. Aunque en el continuo de los días los marquemos en el calendario, no existe un continuo en el significado entre esos días de asueto o de remembranza. En las tradiciones religiosas se expresan muy claramente las diferencias entre los días de tristeza y los días de alegría, los días de reflexión y de meditación y los días de jolgorio. No obstante, a los humanos nos da por convertir en festejo cada oportunidad que hay de descanso. De tal modo, en la tradición cristiana que todavía, en un país con una supuesta orientación laica, sigue vigente, existen vacaciones que el grueso de las instituciones educativas respeta como días de asueto. Excepto algunas instituciones de signo cristiano que sólo dan de descanso y reflexión los días más significativos que se rememoran en el calendario y se marcan para dedicarlo al silencio y a la contemplación. De manera notable, los días de reflexión convertidos en días de asueto se tornan en días de distracción y diversión: los creyentes no meditan sobre el acontecimiento cristiano, sino que se van a paseos, playas y festejos y, al menos en apariencia, la celebración resulta más profana que sagrada.
Lo que lleva menos a la conmemoración y más al festín. Imagino que no es sólo en nuestra ciudad y en nuestro país, pero podemos observar que a los humanos nos da por festejar con azúcares y alcoholes. Que son derivados los unos de los otros. De los azúcares fermentados se desprenden diversas tradiciones de festejos religiosos y, en muchos casos, las bebidas embriagantes y los estupefacientes forman parte de la conexión con las divinidades. Cuando menos, para la alteración de los espíritus que toman el control de los cuerpos. De esa tradición de los brebajes “espirituosos” pocos pueden librarse en esas fechas. Quizá porque no son tan notorias las ocasiones y los espacios de contemplación; en cambio, sí nos da por mostrar públicamente muchas de nuestras alegrías, que solemos compartir con miembros de otros grupos con los que nos identificamos, sean religiosos, académicos, deportivos, culinarios, musicales.
Además de los festejos visibles y audibles en los momentos de festejar, nuestros cuerpos inflamados delatan que los contemporáneos festejamos mucho más que el grueso de los humanos delgados de otras épocas. Conservamos las huellas de nuestras grandes, pequeñas y microfiestas. Si antes las caries eran cosa de aristócratas con dinero para comprar o producir alimentos azucarados, ahora cualquiera puede acceder al azúcar y provocarse caries y otras afecciones. Si antes la “gota” (artritis gotosa: https://es.wikipedia.org/wiki/Gota_(enfermedad)) era cosa de grupos con alto valor adquisitivo que accedían a bebidas alcohólicas o proteínas, ahora es posible padecerla sin ser un potentado o un monarca.
No es casual que el azúcar y muchos de sus derivados sean fuente de energía para los seres vivos y TAMBIÉN para motores que han sido diseñados para aprovecharla. Mientras que nuestros abdómenes delatan nuestras reservas de azúcar y de grasa, organizaciones como la International Sugar Organization (https://www.isosugar.org) promueven el mercado de azúcares no sólo para el consumo directo por los animales (humanos, entre ellos), sino para la producción de otras fuentes de energía, como los biocombustibles. En especial, el etanol es la base de bebidas alcohólicas, además de usos industriales y combustibles para el transporte. No sólo para la movilidad de los cuerpos semovientes, sino también de objetos automóviles. Según informa esta organización, las ventas de azúcar han comenzado a superar la producción, lo cual es buena y mala noticia a la vez. Por un lado, el etanol es un combustible más limpio que el petróleo, aunque, por otro lado, el consumo excesivo de azúcar puede ser dañino para nuestros abultados cuerpos.
Según datos de hace casi una década, en 2017 se suscitaron once millones de muertes por factores de riesgo dietético, además de 255 millones de “años de vida ajustados por discapacidad” (AVAD). La tasa más alta de muertes por diabetes tipo 2 y la cantidad de días de discapacidad están asociados con la dieta y el bajo consumo de semillas y nueces, que resultó asociado con esas pérdidas en vidas o días de vida (https://www.insp.mx/avisos/4911-dietas-riesgo-gbd.html). Mientras tanto, el excesivo consumo de azúcares es uno de los factores de riesgo de obesidad, que se puede definir como la capacidad de los cuerpos de almacenar energía para momentos futuros que pueden no llegar porque la muerte asociada llega antes que la oportunidad de uso de esas reservas (https://www.nhlbi.nih.gov/es/salud/sobrepeso-y-obesidad/causas). En cuanto a los gastos por enfermedades crónicas asociadas, varias asociadas con las dietas (como la diabetes) (https://lasillarota.com/negocios/2025/5/31/enfermedades-cronicas-le-cuestan-36-del-pib-mexico-advierten-538739.html), México ocupa el tercer lugar en América Latina por su impacto económico, después de Brasil y Argentina, y se calcula que esas enfermedades representan un 3.6% de reducción del Producto Interno Bruto en nuestro país.
No sólo es lo que gastamos en nuestros vicios, como la cifra de $8,000 pesos anuales que representa fumar siete cigarros al día (https://miradormexico.com/2025/05/31/impacto-en-la-salud-y-gasto-economico-por-el-consumo-de-tabaco-en-mexico/), el gasto en botanas, panes, dulces, pasteles, bebidas azucaradas y alcohólicas, sino el costo social que representan las enfermedades asociadas a esos hábitos que pueden resultar perjudiciales, por más que los asociemos con desinhibirnos socialmente, relajarnos en las tardes o fines de semana, pues, para compensar los mecanismos por los que azúcares y alcoholes deterioran los órganos, las instituciones de salud han de destinar gran cantidad de recursos a ponernos en condiciones de volver a la vida activa. Según la Organización Mundial de la Salud, los gastos gubernamentales y personales en salud han aumentado en nuestro país en lo que va de este siglo (https://apps.who.int/nha/database/country_profile/Index/en, de casi $500) dólares en 2005 a cerca de $800 per cápita en 2023. Las cifras más recientes ubican el gasto en cerca del 6% del PIB. Lo que también es buena y mala noticia: por un lado, gastamos más en salud, de parte del gobierno y de parte de nuestros propios bolsillos, aunque, por otro lado, no podemos estar seguros de que ese gasto vaya más a enfermedades que no sean causadas por los malos hábitos de nuestras poblaciones. Las peticiones de las autoridades de salud en el sentido de que no nos enfermemos requerirían ser más específicas y apuntar a los hábitos preventivos de cuidado que ayudarían a evitar el tratamiento en hospitales. Entre ellas, podemos explicitar la muy urgente de reducir nuestras tasas de festejos. No es necesario festejar siempre con pastel y bebidas gaseosas azucaradas. Según los datos, unas cuantas nueces y semillas nos vendrán mal.
Como señala el filósofo Pascal Bruckner en su libro La euforia perpetua (2000) (https://www.scribd.com/doc/153001974/Bruckner-Pascal-La-euforia-perpetua), parecería que es obligación andar eufóricos. La alegría que nos generan en nuestro cuerpo los dulces y las amargosas bebidas alcohólicas añade alegría a la que ya se da naturalmente en nuestras reacciones corporales al ambiente. Como hemos visto en los efectos de la reciente guerra (que Trump dice que no es guerra) de Estados Unidos frente a Irán, las limitaciones en el mercado de petróleo no sólo han significado escasez de combustibles para el transporte, sino también en la producción de otros compuestos asociados con los cultivos de alimentos (https://www.bbc.com/mundo/noticias-63399999). El consumo de combustibles fósiles destroza nuestra salud de una manera paralela a nuestros festejos cada vez más cotidianos. No sólo festejamos cada día, sino que festejamos varias veces al día, excediendo con mucho las proporciones de azúcares y alcoholes que podrían derivar en niveles saludables de sensación de bienestar. Añadamos a las muertes por enfermedades crónicas la cantidad de muertes en guerras y conflictos por petróleo y otras fuentes de energía, la cantidad de muertes en incidentes de tránsito y los costos que representa para nuestras sociedades, y veremos que resulta que ya no hay tantos motivos para celebrar. O quizá sí: festejamos que seguimos en posibilidad de celebrar con festines, bandas, mariachis y jolgorios antes de que la enfermedad y muerte nos lleven al pozo y, mientras vivos, nos vamos al gozo.
*Doctor en Ciencias Sociales. Profesor del Departamento de Sociología de la Universidad de Guadalajara. rmoranq@gmail.com
Que bueno que mientras estábamos en apuros por el desabasto de gasolina podíamos habilitar nuestros autos con etanol.
BUEN TEXTO