Faltar a la escuela

 In Cuentos y relatos del magisterio, Videos

Marco Antonio González Villa*

 

En el ciclo escolar 2004-2005 estuve a cargo de grupos de primer año del turno vespertino en la preparatoria en la que trabajaba. A inicios del segundo semestre tuve un alumno de recién ingreso que había cursado su primer semestre en una escuela particular; como parte de mis funciones tuve una entrevista con él y, al momento de preguntarle sobre los motivos de su cambio a nuestra institución, me compartió que su papá había perdido su trabajo y que ya no podía cubrir las colegiaturas: el cambio a una escuela oficial implicaba una disminución de aproximadamente 80% de lo que habían gastado en el primer semestre. Se veía relativamente tranquilo, nervioso por el cambio y me hizo sentir tranquilo el saber sus calificaciones, las cuales estaban por encima del promedio.

En los siguientes días noté que le costaba integrarse y hablar con sus compañeros de grupo, pero había una alumna que empezó a acercarse a él y pudo compartir tiempo y trabajos con ella… durante una semana. A partir del lunes de la segunda semana, dejó de presentarse a clases. Yo ya había tenido estudiantes que dejaban de asistir a la escuela para irse de pinta a jugar videojuegos, a pasear a diferentes lugares y con sus parejas o amistades, acumulando una gran cantidad de faltas, lo cual terminaba con la asistencia de los padres a la escuela para darlos de baja. En el expediente del alumno sólo había un número telefónico al que podía llamar, por lo que intenté comunicarme, pero nadie me contestó.

Confieso que asumí, supuse que el padre del alumno había conseguido trabajo y que lo había regresado a la escuela particular anterior; dejé entonces de intentar comunicarme con su familia. Pasaron los días y las semanas con su ausencia a la escuela.

Cinco semanas después, un día viernes, al llegar a mi oficina de Orientación me estaba esperando una pareja que yo no conocía: ¿el orientador Marco? Preguntó la señora ante lo cual asentí. Pregunté quiénes eran ellos y me comentaron que eran padres de un alumno a mi cargo; cuando me dijeron el nombre y supe que era mi alumno que había dejado de asistir, pensé que se presentaban para darlo oficialmente de baja y solicitar o tramitar algún documento institucional. Pregunté entonces el motivo de su visita y lo que me dijeron me dejó desconcertado y sorprendido por un momento: “Venimos a preguntar cómo va en la escuela ya que él no nos dice nada, queremos saber cómo va de calificaciones, si está trabajando y entregando tareas y que nos diga usted cómo lo ha visto con su cambio de escuela”. Seguramente advirtieron mi cara de asombro y perplejidad y solamente atiné a decirles que no sabía nada de él, ya que había dejado de presentarse a la institución desde la segunda semana de iniciado el semestre. Les comenté que había intentado comunicarme con ellos al número que habían proporcionado, pero que, al no obtener respuesta, había dejado de llamar pensando que no les había gustado la institución y que habían decidido regresarlo a su primera preparatoria.

Voltearon a mirarse entre ellos por un instante y luego ella me dijo: “…perdone maestro, no entendemos, ¿no ha venido a la escuela? Eso no puede ser… él sale todos los días alrededor de las 12 y regresa entre 9 y 9 y media a nuestra casa”. Me miraron entonces de una forma en la que esperaban escuchar de mí algo que les indicara que yo me había equivocado de alumno, pero no supe qué más decir: “Lo lamento”- dije, “Me habría gustado decirles algo diferente, pero así han sido las cosas. De hecho, por su número de faltas injustificadas procedería una baja. Van a tener que hablar con él; de verdad lo lamento”. Vi en sus rostros molestia, pero también tristeza. Con ojos rojos, la mamá me agradeció por haberlos atendido y me indicaron que cuando llegara por la noche hablarían con él directamente y se fueron.

Como docentes, muchas veces nos enojamos con algún o alguna estudiante o bien sentimos frustración al ver que, por mucho que uno ponga de nuestra parte, ellos deciden no hacer nada o desaprovechan la escuela, perdiendo así la posibilidad de tener más opciones para su vida futura; sin embargo, como sentí en ese momento, la decepción nos embarga y, aunque no sea algo bueno y tampoco necesario, incluso puede ser no significativo, es inevitable. Saber que estudiantes mienten a su madre y/o a su padre nunca me ha parecido justo, sobre todo pensando en el esfuerzo que se hace para que un adolescente como en este caso, pueda seguir estudiando; más injusto es cuando encaran a sus padres por algo y peor si sus razones o sus comportamientos son ilógicos, injustificables o inválidos. Me quedé pensando en cómo le iría al joven con su papá y su mamá y también en lo que sentiría su padre de haber perdido el trabajo y sus sueños sobre su hijo en poco tiempo; seguramente no es nada fácil.

El fin de semana se me olvidó por completo la situación, pero el lunes al llegar a la escuela vi al alumno dentro de la escuela junto con su amiga. Iba a hablar con él, pero primero pasé a la oficina a dejar mis cosas y ahí estaban sus papás, pero tranquilos con una sonrisa en el rostro. Me senté, saludé y lancé la pregunta obvia: ¿qué pasó? Y esto fue lo que me contaron: el viernes esperaron ambos en la sala a su hijo, quien llegó alrededor de las 9:30, inmediatamente lo confrontaron diciéndole que habían acudido a la escuela y que ya sabían que no había asistido. Dicen que no dijo nada, sólo se les quedó viendo, corrió a su recámara y regresó con una caja de zapatos que les entregó en sus manos. Se miraron confundidos y, al abrir la caja, encontraron monedas y billetes, ante lo que preguntaron: “¿Y esto qué es?”. Mi alumno les dijo lo siguiente: “Mi papá no tiene trabajo, yo he estado trabajando por las tardes y esto es lo que pude juntar, es para ustedes, para la casa”. Lo abrazaron, lloraron juntos, le dieron las gracias y le dijeron que no era necesario, que fuera a la escuela; al cabo, su papá ya había conseguido trabajo, lo cual era cierto. “Por eso ahora estamos aquí, viendo cómo nos puede ayudar para que siga estudiando”. Yo me quedé callado por un momento, no podía hablar, tenía algo en la garganta, un nudo tal vez, que no me dejó hablar con facilidad, pero finalmente pude, después de tallarme, no limpiarme, los ojos. Les dije que sí, que hablaría con cada docente y pediría ayuda, así como justificar los días que había faltado.

A los pocos meses yo cambié de escuela, pero él se quedó ahí. Han pasado más de 20 años y cada que lo recuerdo o cuento la anécdota, me sigue estorbando algo en la garganta; no siempre conocemos hijos así. Pero he seguido honrando su recuerdo y con cada generación nueva les comparto esta historia. Faltar a la escuela no siempre será por motivos o fines injustificados, a veces, muy pocas, las faltas son un escenario sobre el cual se construye la historia de un alumno, un hijo ejemplar.

 

*Doctor en Educación. Profesor de la Facultad de Estudios Superiores Iztacala. antonio.gonzalez@ired.unam.mx

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