Enamoradas
Mayela Villalpando*
¿Era el aroma de su loción varonil a lavanda, vigorosa e inconfundible, lo que nos seducía de aquel hombre, bendito entre las mujeres? No lo sé a ciencia cierta. De lo que sí estoy segura es que nos ponía nerviosas y un torrente de emociones nos embargaba con su presencia.
Sucedió en el colegio de monjas, las Siervas del Verbo Encarnado, al que asistíamos siendo niñas, mientras cursábamos la primaria. Un buen día apareció el profesor de educación física, como caído del cielo. Antes de él, la miss Cuca, famosa por su disciplina y voz autoritaria, era la maestra encargada de ensayar las tablas gimnásticas y bailables de fin de cursos. Esa mujer de pelo restirado en chongo nos enseñaba a caminar derechas, vestir con recato, ser disciplinadas, atender órdenes y hacer filas en el patio, con estricto orden de menor a mayor estatura.
En los colegios para niñas, durante los años sesenta, el voleibol era el único deporte permitido, pues no ponía en riesgo los valores de la femineidad y la virginidad. ¿Quién lo iba a pensar? Con el recién llegado profesor de deportes, la novedad fue que varias compañeras fuimos elegidas para integrar el equipo de basketbol. Él trabajaba en varios colegios que se integraban a la organización de competencias anuales. La madre directora estuvo de acuerdo en que el colegio participara en la liga infantil. A medio ciclo escolar, iniciaron los entrenamientos. En nuestro salón, las seleccionadas éramos las más altas, con excepción de quien apodábamos “La Chiquis”, ya que ella, aunque era bajita, tenía una habilidad nata para encestar el balón.
Gracias a la iniciativa del profesor, a pesar de mi corta estatura, tuve una nueva ilusión: formar parte de un equipo deportivo. Antes de conocerlo, las mañanas en el colegio eran todas iguales. No recuerdo una emoción tan grande como al verlo llegar al salón cuando le pedía a la madre Carmen, mi maestra de sexto grado, que me permitiera salir al entrenamiento del equipo de basket. Ser de las “seleccionadas” era una distinción. Tres veces por semana, yo usaba el uniforme de deportes, falda y playera blanca con pantalón corto azul marino y zapatos tenis. ¡Cómo disfrutaba salir antes de que terminaran las clases! Correr y jugar con el balón en el patio central del colegio era una sensación de completa libertad.
¿Era su voz autoritaria y firme, pero a la vez educada y galante, lo que nos impulsaba a dar lo mejor en cada partido?
Aquella tarde nos tocaba enfrentar a los equipos del Colegio Matel y el Nueva Galicia. Era la primera vez que competíamos en el torneo que se realizaba en el Coliseo Deportivo. Don Lupe, el chofer, llevó a la mayoría de las jugadoras en la camioneta del colegio. Rosa María y yo, por ser las capitanas de los equipos de voleibol y basket, nos fuimos en el carro del profesor, junto con la asistente de la madre directora. En el trayecto nos fue dando instrucciones de las normas a seguir en el torneo. Llegamos a El Coliseo, por la avenida Hidalgo, en el centro de la ciudad. Era un lugar cerrado, con techos muy altos. A pesar de que los reflectores estaban encendidos, se sentía fresco. El profesor entregó la lista de las jugadoras. Nosotras firmamos al calce, por cada uno de los partidos.
En el calentamiento previo, trotamos y ensayamos los tiros frente a las canastas. El sonido de los balones golpeando contra el piso se combina con los nervios previos a la competencia. El árbitro pita el inicio del partido. Durante largos minutos, ambos equipos luchamos por encestar. La temperatura sube, el ambiente está prendido por la competencia tan cerrada. El profesor nos motiva a que hagamos el último esfuerzo. Me da instrucciones de atajar los pases altos. La adrenalina fluyendo por mis brazos, los extiendo, salto y detengo un tiro del equipo contrario. Gano la bola, hago un pase directo a Irma, más ágil que yo, y logra encestar. Son los últimos minutos del encuentro. El réferi pita el final. ¡Ganamos! Todas nos abrazamos y el profe nos felicita con una gran sonrisa. Al finalizar ambos partidos, regresamos al colegio con la buena noticia. Entregamos el trofeo a la madre superiora. Ella también está contenta y nos anuncia que haremos la entrega formal al colegio, en la ceremonia de fin de cursos.
¡Me sentí tan orgullosa de representar a mi equipo en esa ceremonia! Y más, cuando el profesor me felicitó y mencionó en público mi nombre: Irma Gutiérrez había logrado anotar los puntos decisivos de la victoria. Yo estaba en las nubes. Él tenía el don de hacerme sentir importante. A todas nos motivaba para dar lo mejor en cada jugada, en cada partido. Nuestro mayor esfuerzo, y más todavía.
¿Era nuestro querido y admirado profesor capaz de traicionar nuestra fidelidad por el atractivo de unas recién llegadas?
Al iniciar la secundaria, nos tocó estrenar las nuevas instalaciones del colegio, con sendas canchas de basket y voleibol. Todo nuevecito, recién pintado. Eran grandes espacios al aire libre. Jugábamos en el rayo del sol. En esos tiempos no se usaban las canchas techadas, ni mucho menos, medidas de protección solar. Conchita y yo éramos las encargadas de guardar los balones en la bodega de deportes. Durante los treinta minutos del recreo, organizábamos turnos por reta, con los equipos de cada salón de secundaria.
A medida que transcurrían las semanas, comenzamos a notar que nos costaba trabajo mantener la reta. Un nuevo equipo, conformado por alumnas de primero y segundo grados, recién llegadas de un pueblo llamado Tepatitlán, resultaron muy buenas para jugar voleibol. El saque, potente; los pases, bien colocados y el remate, certero. Y para colmo nuestro, las de segundo andaban muy arregladitas y hasta coqueteaban con nuestro querido profesor de deportes. Sin planearlo, se hicieron dos bandos: las compañeras recién llegadas de Tepa y nosotras, las que teníamos el derecho de antigüedad desde la primaria. Y es bien sabido que, primero en tiempo, primero en derecho.
Esta situación de pugna encubierta llegó a su punto culminante un sábado por la mañana, día en el que todos los grupos tenían clase de deportes. Ese sábado en particular, el profesor me comisionó para traer algunos balones de la cajuela de su auto. Recuerdo que el llavero tenía un caballo de metal, igualito al símbolo de su Mustang rojo estacionado frente al colegio. Al concluir la encomienda, cumplí con la consigna de entregar las llaves del carro a la secretaria de la madre directora.
Durante esa mañana, un rumor se esparció como reguero de pólvora: el profesor de deportes, con una sonrisa de felicidad, había comentado que ese mediodía, en un famoso restaurante en Chapala, pediría la mano de su novia para casarse. En los baños y en los pasillos se comentaba en voz baja la tremenda e inesperada noticia. Alguna de nosotras tuvo la genial idea. Sin auto, nuestro querido profesor no podría asistir a su compromiso prenupcial. Las llaves del Mustang rojo se hicieron ojo de hormiga.
Al mediodía, al concluir las clases y darse cuenta, con los nervios de punta, pero siempre educado, el profesor organizó la búsqueda por toda la escuela. El bando de las de Tepa nos culpaba a nosotras, con el argumento de que yo había utilizado esas llaves. La secretaria dio testimonio de mi entrega a tiempo, sin poder explicar su desaparición. Transcurrieron más de dos horas hasta que un familiar del profesor pudo traer el duplicado. Demasiado tarde para llegar a la comida formal, se tuvo que posponer la dichosa pedida. Aunque lo disimulara, alguna de nosotras se sintió feliz de haber logrado aplazar, por unas horas o unos días, la pérdida de la soltería de nuestro querido profesor.
El lunes siguiente, don Lupe, el chofer del transporte escolar, reportó haber encontrado unas llaves en su camión, que portaban un caballo de metal como llavero. La madre directora condenó lo sucedido y preguntó quién había escondido esas llaves, mientras formadas en filas aguardábamos la orden para entrar a clases. Al no conseguir la confesión de la responsable, nos impuso el castigo general de no salir a recreo. Quien yo me sé, inició una cadena de respuesta en voz baja entre las filas, que se convirtió en murmullo: ¡Todas a una!