En la escuela y en la vida no se aprende igual

 In Cuentos y relatos del magisterio, Videos

Jaime Navarro Saras*

En una de tantas visitas a Puerto Vallarta, y no tanto por placer, sino por trabajo, me acompañó la familia. Yo iba por la mañana a un hotel de Nuevo Vallarta a impartir un taller con maestros de la región; sucedió durante 3 días y era sólo por las mañanas; ya por la tarde regresaba con la familia para comer y lo aprovechábamos para ir a la alberca, a la playa o simplemente caminar por el malecón y por las calles de Vallarta. Nunca faltaba la compra de elotes cocidos, las nieves y demás antojitos que se pueden obtener con unos cuantos pesos y, claro, también aceptaban dólares americanos y canadienses.
El último día del taller no regresé hasta el hotel; nos quedamos de ver en un punto intermedio. Mi propuesta fue: —Los veo en la plaza donde está la estatua de Nepturno. Candy me corrigió y me dijo: Es Neptuno. —No, le dije, Nepturno. Total, que nos pusimos a discutir si era Nepturno o Neptuno. En síntesis y para acabar la discusión, le dije que apostaríamos la comida. Me trasladé al lugar de encuentro y me di cuenta de mi error; en la base de la estatua decía: Neptuno. Una vez que llegaron, vieron el nombre y yo callado; sabía que se iba a reír de mí y festejar su triunfo como cuando lo hacen los que le van a equipos como Chivas o América: con burla y carrilla.
Con el paso de los días y sin querer quedarme con la espina clavada de mi desengaño y error evidente, le di vueltas y vueltas al tema, pasaron muchos meses y en una ocasión que asistí a una conferencia, el ponente hablaba de los procesos de aprendizajes escolares antes de la intromisión en las aulas de autores como Jean Piaget, Lev Vygotski y David Ausubel, entre otros; señaló cómo se aprendía antaño con acciones como la memorización y la repetición y puso como ejemplo unos versos de una canción que escuchaba y cantaba para aprender las tablas de multiplicar. En eso vino a la mente la palabra NEPTURNO, ¡bingo! —Y mi conclusión fue que aprendí el nombre de los planetas de manera mecánica, más o menos así: Mercurio, Venus, La Tierra, Marte, Saturno, Urano… ¿Qué sigue? Si Saturno termina con turno, pues sigue Neptuno; así es como me expliqué dicho aprendizaje. Lo cierto es que en lo sucesivo el planeta se dejó de llamar Nepturno, y a mi diccionario llegó (corregida) una palabra nueva: Neptuno.
El asunto no terminó allí; a los años, tal vez 10 o más, no recuerdo. Le platiqué la anécdota a mi amiga Mayela y se burló como lo saben hacer algunas personas. Yo, como descarga de culpa, le dije que conocía un doctor en educación y catedrático de licenciatura y posgrado que, en lugar de decir policía, decía polecía; la risa no paró.
Unos meses después me la encontré y me comentó que se reunió con unas amigas y amigos para tener una sesión astronómica con un experto que llevó telescopios y lo que se requiere para identificar planetas, estrellas, constelaciones y cosas por el estilo; en eso tuvo la brillante idea para seguirse burlando de mí y les platicó al grupo de amigos, que conozco a algunos, la anécdota de NEPTURNO, y ¡Oh sorpresa!, la mitad del grupo aseguraba que la expresión estaba correcta y la otra mitad aseguraba que no; cabe señalar que las personas de ese grupo rondaban los 60 o más años, la mayoría estudiamos la educación primaria antes de la Reforma educativa de Luis Echeverría Álvarez (1970-1976) plasmada en los Acuerdos de Chetumal, Quintana Roo en 1974.
La situación es que si en ese grupo había discrepancias con respecto a una palabra, quiere decir que los entonces niños de primaria allá por la década de los 60 del siglo pasado y hoy adultos del siglo XXI que rebasan los 65 años, aprendieron un solo concepto de manera diferente. Por lo tanto, en las escuelas, cada quien aprende lo que quiere y como puede, independientemente de la práctica educativa y el tipo de reforma en que se sustenta.
Lo cierto es que lo relatado es una historia curiosa, ya que, por sí sola, engloba toda una idea de lo que realmente se aprende y cómo se aprende en las escuelas de educación básica, por lo cual, y sin que nadie lo pueda evitar, éstas se seguirán llenando de niños y niñas cuyos recuerdos, buenos o malos, de lo que vivieron en las aulas los acompañarán el resto de su vida, como lo hacen en mí.

*Editor de la Revista Educ@rnos. jaimenavs@hotmail.com

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