En cabeza ajena

 In Rodolfo Morán Quiroz

Luis Rodolfo Morán Quiroz*

 

Renato Rosaldo (nacido en 1941) narra en su libro Culture & Truth: The Remaking of Social Analysis (1993), su reacción ante la muerte de su esposa Michelle en 1981 en un accidente al resbalar por una ladera. Pensó: “¡Cómo pudo ser tan tonta!” y estuvo enojado. Narró a uno de los reductores de cabezas que estudiaba en esas épocas su sentimiento y éste le respondió que esa tristeza y coraje podría resolverse cortando la cabeza de algún rival. He recordado este pasaje del libro de Rosaldo, que lo ubica en un contexto más amplio de la práctica antropológica, a raíz de la muerte de Carlos Ramírez Powell (1957-2025), genial hombre apasionado de la radio y de las relaciones internacionales. Su muerte se dio tras sufrir un accidente nocturno en bicicleta durante una tormenta tapatía, con agua que lo atacaba desde arriba, y caer en uno de los baches que contribuyó a fulminarlo desde abajo. Quienes tuvimos alguna vez diálogos con él, extrañaremos su genialidad; quienes no lo conocieron sabrán en algún momento que fue nieto de Margarito Ramírez e hijo de Carlos Ramírez Ladewig, políticos jaliscienses de mano dura. Ante la muerte de Carlos, quizá algunas personas reaccionaron como Rosaldo ante la muerte de Michelle: qué coraje que alguien muera por la conjugación de elementos tan simples.

¿De quién es la responsabilidad? ¿De quienes sufren, sin anticipar o sin conducirse en ese espacio y ese momento de una manera que les HUBIERA podido evitar lo sucedido? ¿De quiénes debían reparar los espacios y evitar que hubiera baches? ¿De quiénes DEBÍAN estar con esas personas en vez de permitirles caer? ¿De quiénes hacían ese azaroso recorrido? En su libro Naufrage (2023), el filósofo Vincent Delecroix (nacido en 1969) plantea, desde las reflexiones en primera persona de un personaje ficticio, los dilemas y las inquietudes de una guardacostas. Tras el naufragio de una frágil embarcación en que murieron casi treinta personas, se plantea que no fue ella quien les hizo tomar la decisión de emprender esa aventura y ahogarse en aguas francesas del Canal de la Mancha. ¿Por qué no es responsabilidad de los ingleses? ¿Por qué de Francia y sus autoridades y el personal que estaba de guardia esa noche? ¿Acaso no sabían que no sabían nadar? ¿Acaso no vieron la fragilidad de la embarcación?

El 6 y el 9 de agosto de 2025 se cumplieron 80 años de las bombas de Hiroshima y Nagasaki (En el 80 aniversario de Hiroshima y Nagasaki, ¿las pruebas nucleares amenazan el futuro? : IPS Agencia de Noticias). El próximo año se conmemorará el centenario del inicio de la guerra cristera, iniciada el 3 de agosto de 1926 y que se extendió hasta el 21 de junio de 1929. Cito tan solo dos ejemplos de los muchos conflictos en que la humanidad, sus ejércitos o sus combatientes (organizados o no) se han embarcado en conflictos armados. De tal modo, las preguntas que plantea el filósofo Delecroix a partir de un naufragio real (de entre otros muchos) acontecido en 2021, resultan aplicables a muchos otros episodios desafortunados. Cuando menos 123 millones de personas murieron en guerras en el siglo XX; mientras que puede calcularse que cerca de diez millones han muerto en guerras en lo que va del siglo XXI. Tan solo en la Guerra Cristera murieron cerca de un cuarto de millón de personas. Cerca de sesenta millones murieron en la Segunda Guerra Mundial. Cada una de esas personas fue conocida por otras. En muchos casos, sus comunidades fueron arrasadas de modo que hubo pocos sobrevivientes que pudieran conservar sus memorias, hablar de sus méritos, debilidades, logros y pecados, de sus historias y de sus proyectos. Hemos visto algunos relatos de esas vidas en épocas de guerra.

Hace unos años, murió mi prima María Elena Franco Quiroz, quien, entre otras cosas que hizo en la vida (además de sus guapos hijos charros), dedicó muchos años a montar caballo y a juzgar charrerías. De ese contexto me comunicó el significado de “Orizbayo jabonero” (un caballo güero, con espuma aparente en el pelaje). Carlos Ramírez Powell, la última vez que platicamos, en una toma de fotografías en la explanada Jenkins, me narró algunas relaciones de ese nombre con la tradición de los animes japoneses. Esos dos conocimientos e intereses tan específicos los incluyo aquí para señalar que cada uno de nosotros tiene experiencias que nos definen y nos ayudan a identificarnos. Como ya señalaba Jorge Luis Borges (1899-1986), al morir una persona se lleva consigo su historia y todo lo que sabe, además de sus potencialidades, y deja pendientes muchas de las tareas que planeaba para ese día, esa semana, los años que ya no vendrán.

Las cifras de muertes y de pérdidas en las guerras y en otras formas de morir no nos hablan de las decisiones que toman los líderes que mandan a otros a las guerras como carne de cañón, los cálculos de resolución con tan sólo la amenaza del uso de determinados ejércitos o armas, la cantidad de dinero y de trabajo que se invirtieron en afinar la idea de matar más rápido, a más gente, con mayor eficiencia, la cantidad de ingresos que eso implica para la industria armamentista en diferentes escalas y para los políticos que autorizan o promueven esos gastos. Son millones de historias personales truncas, no sólo de quienes mueren, sino de quienes les rodeamos. Por ello, el proyecto iniciado por Robert Irwin McKee (Humanizando la Deportación) insiste en que no se trata de cifras de deportados, sino de vidas humanas que son afectadas por esas “remociones”.

¿A quién se le ocurre incitar a una guerra? ¿Por qué alguien se subió a un avión, a una bicicleta? ¿Cómo se le ocurre a alguien hacer determinadas acciones que derivaron en su muerte? ¿Por qué alguien querría ser soldado o participar en una balacera? ¿Quién tiene ganancias de que no se tapen los baches, de que no se tomen en cuenta los riesgos para la salud y la vida de las personas? Parecería que no hemos aprendido en cabeza ajena las consecuencias de determinados actos y de determinados conflictos. Aunque, por otro lado, hay quienes han experimentado con nuevas formas de exterminar, de ignorar o de negar las vidas de muchas personas que a ellos les son desconocidas y sin importancia. Cada una de esas personas, a pesar de que hay quienes no quieran aprehenderlas, tenía historias, habilidades, proyectos, que pueden verse interrumpidos por lo que parecería “una tontería” como un bache, una balacera, una lucha por el poder, un conflicto por tierras o por recursos. Poco hemos aprendido para evitar las guerras, aunque hay quienes se han dedicado a aprender cómo vestir los pretextos y cómo iniciarlas o prolongarlas. Además de hacerse los desentendidos ante “un accidente más”, una epidemia más. ¿Qué lecciones nos han dejado las guerras y los conflictos armados, las amenazas o las violencias entre personas? Aparentemente, pocas y no muy explícitas. Tristemente, a los autores intelectuales de las guerras, de las condiciones precarias de las estructuras y de las vidas en común se les deja libres y hasta se les hacen homenajes o se les entregan premios “por sus aportaciones”. Cada quien recordará casos y épocas específicas.

 

*Doctor en Ciencias Sociales. Profesor del Departamento de Sociología de la Universidad de Guadalajara. rmoranq@gmail.com

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