El Instituto de Ciencias

 In Cuentos y relatos del magisterio, Viajes

Mayela Eugenia Villalpando Aguilar

-Son sólo cinco metros. Te tiras parada y no vas a sentir nada. —Ya está, ¡lánzate! —me decían mis amigos, muy seguros de que podría hacerlo. Yo caminaba sobre la plataforma de clavados y, al llegar al final, me regresaba. Siempre he tenido miedo a las alturas. Siento un vértigo que me paraliza. Varios de mis compañeros se habían tirado ya, como si nada; salían de la alberca con la ropa empapada y se sentaban un rato sobre el pasto, al sol de la tarde, para secarse y bromear entre cuates.
Festejo del último día de clases. Se terminaba el año escolar y nuestra generación concluía la preparatoria. Era un colegio de varones. Yo estudié en un colegio de hombres el último año del bachillerato. Al iniciar la década de los años setenta, Echeverría impulsó una serie de reformas para lograr legitimidad ante los jóvenes por la crisis política y social derivada del movimiento del 68. Entre ellas, la reforma educativa en el nivel medio superior implicó la extensión de cuatro a seis semestres de la preparatoria. Algunas compañeras que estudiábamos en el Colegio de las Damas del Sagrado Corazón aceptamos el reto de cursar el tercer año de prepa en el Ciencias, que tenía un gran prestigio en la formación de jóvenes. Lo que terminó por convencernos fue que su diseño curricular incluía la especialización de los últimos dos semestres, enfocada en la elección de carrera profesional. Se conformaron grupos de ingeniería, medicina, psicología, arquitectura, economía y derecho.
El Instituto de Ciencias era un ambiente completamente distinto al que había conocido de toda la vida en colegios de monjas. La educación jesuita resaltaba los valores de la inteligencia, el pensamiento crítico y autónomo, la expresión auténtica de ideas y emociones. La veintena de mujeres que ingresamos, en una población de quinientos estudiantes y treinta maestros varones, constituíamos una atrevida minoría. Las reglas de convivencia y organización de las actividades pedagógicas acordes al carácter varonil, muy distintas a la usanza en los colegios para señoritas, se vieron comprometidas. En mi grupo, de la especialidad de economía, éramos solamente cuatro jovencitas usurpando la entrada a la cueva de los cuarenta ladrones.
Mi amiga Beatriz y yo nos hicimos inseparables; hasta al baño íbamos juntas. Las primeras semanas podíamos usar el baño de las secretarias, en el área de control escolar. Más tarde, se acondicionó el que estaba junto a la biblioteca y quedó exclusivo para damas. Al final del semestre, ya habíamos hecho buena amistad con algunos compañeros del grupo. Salvador se volvió inseparable de Beatriz, y yo contaba con Luis y Alejandro para todo. Incluso, algunos fines de semana hacíamos paseos en bicicleta al bosque de Los Colomos.
Estoy en esta encrucijada: Ser o no ser. Saltar o no saltar. Alex, Luis y Salvador, mis amigos más cercanos, no me han dejado sola y están conmigo en la plataforma, esperando pacientemente a que me anime y después saltar ellos. Entre risas y bromas, saben que estoy asustada, pero me mantengo en la decisión de tirarme al agua de la alberca. Después de todo, es el último paso en este reto que valoro para mí misma.
Formo parte de la primera generación de mujeres estudiantes en el Ciencias, instituto cuyo lema “Viriliter Age” significa actúa con valor y fue convertido, hace siglos, en punta de lanza del catolicismo patriarcal. En el Salmo 27 del Antiguo Testamento dice textualmente: “Esforzaos y sed valientes. Jehová tu Dios va contigo, él no te abandonará”. Con esta misión espiritual como parte del modelo educativo del Ciencias, la transición dentro de las aulas no fue fácil. Aunque las mujeres nos sumamos con entusiasmo al trabajo de exigencia académica, para algunos maestros que mantenían la didáctica de enseñanza magisterial y disciplina al estilo antiguo, el cambio no fue fácil. Valoraban la supremacía del varón en la competencia por los resultados de éxito, con argumentos del modelo escolástico. La adaptación se logró poco a poco. Los padres jesuitas a cargo de la formación humana y religiosa lograron generar un ambiente cordial, de reconocimiento a la valía de cada estudiante, fuera hombre o mujer.
Tuve el privilegio de aprender de grandes personajes de la docencia. Cómo olvidar al Ingeniero Santoyo, profesor de álgebra, quien tenía una voz privilegiada, como de locutor de radio, e iba explicando el gran despliegue de figuras geométricas, símbolos y cifras en la gran pizarra verde, para demostrar la correlación entre el cálculo de las derivadas y la integral. Me sentía con la seguridad de preguntar, ya que el profesor Santoyo tenía la paciencia de un hombre sabio para resolver cada una de nuestras interrogantes. Lograba contagiarnos la pasión por el conocimiento científico a través del lenguaje de las matemáticas.
Y qué decir del doctor Carlos Vevia, recién llegado de España, quien hablaba la lengua castellana con la propiedad y erudición de un filósofo humanista. Sus clases eran conferencias magistrales y, cuando nos lanzaba preguntas, había que contestar con argumentos de autor y comprensión propia.
Ese año para mí fue inolvidable. Disfrutaba ir a clases. De mi casa al Instituto había una distancia de cuando menos diez kilómetros. Me gustaba ir en bicicleta o caminando. Recorría la Avenida Américas desde su cruce con Hidalgo hasta alcanzar la Avenida Ávila Camacho. Llegaba una hora antes de la entrada a clases, en horario vespertino. Me perdía un buen rato en la biblioteca para buscar los autores de los que nos hablaba el profesor Víctor Cuéllar en la clase de Literatura Mexicana. Era la época del boom latinoamericano, el realismo mágico y todo aquello que contradecía la realidad estática y universal. Recuerdo que el encargado de la biblioteca acondicionó un pequeño salón exclusivo para las alumnas y ahí podíamos permanecer leyendo o preparando trabajos escolares.
Ese espacio de lectura, en un lugar fresco y en penumbra, era un descanso para mí, después de la caminata de más de una hora. En ese saloncito, yo tenía siempre algunos libros prestados de la biblioteca. Ahí comencé a escribir, tomar notas en mis libretas, ideas que surgían de manera natural a propósito de los textos. Inicié la lectura de autores como Carlos Fuentes, Juan José Arreola, Julio Cortázar. Descubrí los poemas de Nezahualcóyotl y demás representantes excepcionales de la literatura. Ese año fue el punto de quiebre para que, con mis diecisiete años, experimentara el placer de leer. En un concurso de ensayo sobre la obra de Juan Rulfo, el maestro Cuéllar eligió dos trabajos como finalistas: el de Juan Palomar sobre Pedro Páramo y el mío, que versaba sobre los personajes femeninos de esa novela que empezaba a ser reconocida por su valor universal.
El día final de la despedida me sentía triste y a la vez ilusionada por iniciar la universidad. En la ceremonia de graduación recibí con cierta sorpresa el diploma que me entregó el padre Palomero, rector del Ciencias, enmarcado por el escudo de armas que contenía el citado lema Viriliter Age, y otorgaba el grado de bachiller al Sr., y en seguida mi nombre de mujer, dejando constancia de una época de transición que recién iniciaba el cambio.
Concluida la ceremonia, cuando mis amigos decidieron participar en la albercada, me pareció buena idea y los acompañé. Era un día caluroso, principios de junio. La enorme alberca del Instituto prometía una refrescante y divertida experiencia en grupo. Cruzamos las canchas de basket y, al llegar, alguien propuso la idea de subir a la plataforma de clavados y tirarnos desde allí. Sin pensarlo dije que sí, ya a media escalera.
¿Cómo fue que llegué aquí? ¿En qué momento creí que sería divertido? Pues no, no lo es, me digo a mí misma, sobre el trampolín de cinco metros. No puedo regresar y bajar por las escaleras. Sería una vergüenza que, al final, la mujercita se arrepienta. Envidio la forma de ser de mis compañeros, brusca, casi ruda. Me queda claro que ser varón es ir por el resultado. Recuerdo el sentido del espíritu Viriliter Age. Esfuerzo y valentía me inspiran. Me animo a mí misma, me digo que es solo un momento en el aire y estaré en el agua fresca, en un dos por tres.
Llego al filo de la plataforma y me entra el vértigo. Tendría que dar un paso al frente y doy dos hacia atrás. Ya está, respiro profundo, doy tres pasos y salto al vacío. Me siento liberada; al fin estoy suspendida en el aire, dentro de una burbuja. Mi peso específico es menor que la fuerza de atracción. Mantengo los ojos cerrados, me relajo y hasta me siento volar. De pronto, mi instinto me dice que ya ha pasado una eternidad y de nuevo estoy alerta. ¿Dónde quedó el agua de la alberca? ¿Cuánto falta para llegar? Me pregunto intrigada, abro los ojos y volteo hacia abajo.
El espejo azul de agua cristalina se rompe en mi cara. El golpe me corta la respiración. Recuperado mi peso específico, me sumerjo en un remolino de agua fría. Como puedo, lucho contra la conmoción que inunda mi cabeza y me impulso para salir a flote. Tras la bocanada de aire, siento la piel irritada en mi cara y pequeños cortes en mis ojos. Los abro y los vuelvo a cerrar; arden y duelen como espinas. No puedo dejar de llorar mientras salgo escurriendo agua por la escalerilla de la alberca. Mis amigos vienen en mi auxilio luego de presenciar la manera en que golpeé mi cara contra el agua. No saben si reír o llorar junto conmigo. Mis ojos permanecen con un derrame color sangre, por varias horas, al igual que mi satisfacción por haber logrado vencer mis miedos. Tal vez… ese rasgo de valentía en mi interior no es mera osadía varonil, sino parte de la naturaleza humana. Las lágrimas refrescan un poco el dolor. Es triste decir adiós.

Doctora en Educación. Docente jubilada e investigadora independiente. mayela.villalpando@cips.edu.mx

Comments
  • miguel bazdresch

    Excelente relato de una época pasada en sus formas y permanentes en su espíritu. Y valiosos recuerdos algunos aun vivos.

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